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Talleres para prevenir la adicción a las pantallas en colegios e institutos: “¿120 seguidores? ¡Una don nadie!”

Dos adolescentes consultan el móvil

Luís Pardo

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“Valentina Rocha y Aitana Rodríguez son dos niñas de 14 años. Valentina tiene dos millones de seguidores en redes sociales. Aitana, 120. ¿Cuál de las dos creéis que está a tratamiento psiquiátrico?”. La pregunta no queda flotando en el aire porque el aula de 1ºC del Instituto Rosalía de Castro está en ebullición. Casi la totalidad de la veintena de chavales y chavalas de 12 y 13 años tiene algo que decir sobre la cuestión que acaba de lanzar Ramón Molina, educador social al cargo de los talleres para prevenir la adicción a las pantallas que la Concellería de Xuventude de Santiago de Compostela impulsa en los centros educativos de la ciudad.

Las opiniones se solapan -todos quieren hablar a la vez, y aquí el volumen de ellos acaba por imponerse- como lo hicieron cuando Ramón presentó a las dos protagonistas. Si los dos millones de seguidores de Rocha se recibieron con expresiones de admiración, los exiguos 120 de Rodríguez fueron sentenciados con crudeza desde la última fila de pupitres: “¡Una don nadie!”. La cantidad, aquí, se vuelve calidad.

El alumnado difiere en quién de las dos ha sufrido problemas de salud mental, pero sí tiene claro que se debe al uso de las redes sociales. “Aitana, porque Valentina, con dos millones de seguidores, seguro que está más acostumbrada a los malos comentarios”, razona una niña. Un par de asientos más allá, otra expone su visión contraria. “Valentina, porque tiene que preocuparse más por sus redes, por su contenido, por conseguir más seguidores...”.

Ésta, como era de esperar, es la respuesta buena. Valentina Rocha, una influencer brasileña conocida como Nina Ríos existe realmente. Su madre -una doctora especializada en maternidad con más de 100.000 seguidores en Instagram- le borró las redes sociales en 2021 por el impacto negativo que esa sobreexposición estaba provocando en su salud mental.

El caso real de Valentina es una de las reflexiones que Ramón plantea a los estudiantes a lo largo de las dos horas de taller, donde hay tiempo para proyectar uno de los anuncios de la campaña #PiensaDecideControla del Ayuntamiento de Madrid. Un vídeo en el que una joven va reaccionando a los comentarios que le dejan a su baile en redes sociales y que va del optimismo inicial a la bajona tras varios mensajes negativos. Tanto, que la protagonista hasta deja de bailar, provocando el enfado de sus seguidores.

El riesgo de los perfiles abiertos

“Si te dicen una cosa mala y quince buenas, la mala te sienta peor”, asume el joven público. “Te fijas más en los malos comentarios y dejas de hacer lo que te gusta” o bien sigues haciéndolo por la presión social, porque te ves obligada, “y eso ya no es diversión”. Ellos mismos se contestan: si alguien dice que lo que hay que hacer es “dejarlo atrás”, otro responde al instante “pero no es fácil”.

“Cuando empezamos a construir contenido pensando en nuestros seguidores, tenemos que hacer lo que piden y dar respuesta a ese nivel de exigencia”, les explica Ramón. “Cuando la protagonista no da respuesta a la expectativa, pasa a recibir mensajes de odio”. Es el riesgo de la sobreexposición. “Si los profesionales de éxito o las estrellas del deporte no gestionan sus redes sociales porque afecta a su rendimiento y a su capacidad psicológica, ¿qué os puede pasar a los adolescentes?”, les inquiere.

Una rápida encuesta confirma que, de los veinte alumnos, sólo hay cuatro que no tienen móvil, pero incluso esos tienen redes sociales -un consenso adquirido una vez quedó claro que WhatsApp también es una red social-. Saben que los 14 años es la edad mínima para registrarse en una de ellas; sin embargo, la gran mayoría las usa desde mucho antes: “Yo con doce años jugaba, y todo el mundo”. Muchos tienen también varios perfiles en una misma red social: uno, el que su padres conocen y “controlan” y otro, en ocasiones, abierto.

Molina trata de explicarles que el riesgo a la sobreexposición aumenta “exponencialmente” con ese tipo de perfiles. Y no sólo porque se abran a recibir cualquier tipo de comentarios negativos de todo tipo de usuarios. “¿Jugáis en línea con personas que no conocéis?”. “Sí, pero no hablamos con ellos”, le responden.

El educador comparte con el aula las conclusiones del estudio realizado en 2022 por la Universidade de Santiago y la Fundación Barrié entre casi 10.000 estudiantes de secundaria. Cuatro de cada diez tienen un perfil abierto. Un 10,5% dedica más de cinco horas diarias a las redes sociales, una cifra que crece hasta rozar la cuarta parte del total durante los fines de semana.

Con el móvil en la cama, pero no en la mesa

Con estos datos en mente, Ramón selecciona a dos alumnos -chico y chica- para que elaboren un perfil de usuario de videojuegos sobre el que trabajarán en la siguiente sesión. Les insiste en que no tiene que ser basado en ellos mismos, pero es fácil encontrar las similitudes entre autor y personaje.

Él juega -sobre todo al FIFA- dos o tres horas cada día de lunes a viernes y 5 los fines de semana. Ella opta por Mario Bros dos o tres veces por semana, una media hora en los laborables que se puede duplicar sábado o domingo. Él juega en línea con desconocidos; ella, no. Él tiene el móvil mientras estudia; ella, no. Los dos lo llevan a la cama, pero sólo él lo usa más allá de la medianoche.

(El estudio de la USC y la Barrié dice que dos de cada tres adolescentes duermen con el móvil en la habitación y que casi el 30% lo usa cada noche de madrugada. Como consecuencia, uno de cada diez duerme cinco horas o menos y un 14,3% tiene dificultades para mantenerse despierto por las mañanas. No es necesario extenderse en cómo esto afecta a su descanso, su crecimiento y su rendimiento escolar).

Ninguno de los dos perfiles sufre restricciones de horario para usar su teléfono, pero tampoco lo llevan en la mesa y ambos han hablado alguna vez con sus padres sobre las consecuencias de las pantallas. Él dice que no está pendiente del móvil cuando está con sus amigos; ella, sí. Los dos hacen varias horas de deporte a la semana pero ninguno practica actividades culturales o artísticas. A él los comentarios negativos no le preocupan -o eso dice-; ella se muestra “muy preocupada” por los mensajes que pueda recibir cuando sube contenidos a redes sociales.

(Con una muestra de sólo dos individuos, resulta casi temerario encontrar aquí un sesgo de género, así que, al finalizar, le pregunto a Ramón qué le dice su experiencia. Me recuerda algo que también explicó a los chavales: el impacto negativo de Instagram, “una red tan proyectada en la imagen”, en el autoconcepto, sobre todo, de las mujeres. “Pienso que sí existe ese sesgo porque existe socialmente una mayor presión hacia las adolescentes, lo que se espera de ellas, su estética...”. Que la protagonista del spot de Piensa, Decide, Controla sea una chica tampoco debe de ser casual)

Antes de finalizar la sesión, Ramón pregunta a la clase por los beneficios de los videojuegos. Uno de los niños asegura: “Quitan estrés, cuando estoy jugando estoy mucho más tranquilo”, pese a que desde la última fila le gritan “¡Mentira!”. El educador le pregunta qué pasa si le obligan a dejar de jugar. Entonces, no hay ni rastro de esa “supuesta” tranquilidad. “Si, cuando eso pasa, me genera irritabilidad, estamos ante una situación problemática”.

Todavía hay tiempo para una última cuestión: cómo afectan los videojuegos a la capacidad de aprendizaje. “Si te dicen que hasta las seis de la tarde no vas a poder jugar, estás todo el rato pensando 'quiero jugar, quiero jugar' y no haces lo que debes”, interpreta una alumna. La pregunta va más allá de esa ansia puntual y Ramón les explica cómo la combinación de luz, sonido y movimiento afecta al área prefrontal del cerebro que, a su edad, aún está en fase de maduración y desarrollo. “Cuanto más juguemos a los videojuegos, más dificultad tendremos para atender a una explicación y mantener la concentración”.

Mientras pronuncia esta última frase, suena el timbre que anuncia la hora de la salida y, en el aula, se desata la avalancha. Hasta los nativos digitales siguen respondiendo a la llamada analógica de la libertad.

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