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Todos los pájaros son iguales
Si no les prestan atención, las aves que nos sobrevuelan, son manchurrones que pasan por encima de nuestras cabezas, y cuyos cantos, a veces agradables, a veces chirriantes, solo son sonidos, lenguaje de pájaros sin más. No los rechazas, pero no te maravillas. Pero eso es solo si no le prestas atención, en cuanto te animas a indagar un poco cobran personalidad.
Observar como un águila perdicera se mece entre corrientes de aire, buscando la que le es favorable para enfilarse al camino donde corretea una lagartija. Atisbar un águila pescadora remontando el vuelo satisfecha, con un potente batir de las alas, llevando en sus garras el ansiado pececillo. Distinguir entre las nubes a un milano negro, gracias a su cola en punta de flecha. Reconocer los diferentes tipos de garzas y garcetas de las marismas de Doñana. Presenciar como un grupo de moritos avisados por una alarma imperceptible alzan sincronizados el vuelo desde un arrozal, contoneándose al viento como un papel de seda transparente mientras desaparecen en la lejanía, son regalos, milagros, misterios, chispas inesperadas de emoción que se convierten en fuegos artificiales.
Una compañera de Zaragoza me habla con una pasión de la Alondra Ricotí, que da envidia, se entusiasma al contarte sus particularidades, sus movimientos, la crianza, y se le saltan las lágrimas al contar los esfuerzos que se hacen en su zona por recuperarla. Tengo conocidos que recorren cientos de kilómetros para ver una especie singular, para pasar horas apostados con los prismáticos en la mano y la cámara fotográfica colgada, junto al termo del café, sintiendo el frío en la nariz y esperando expectantes en un incómodo banco plegable. Una aventura sin igual para ellos.
Esta ignorancia hacia los pájaros, la ceguera ante lo que maravilla a muchos, hace pensar que otras sutilezas no estamos perdiendo, por no pararnos, por no fijarnos. Es una duda razonable cuestionarnos qué nos estamos dejando atrás, que manjares de la vida no estamos saboreando y en los que no hemos reparamos, si hemos obviado algo tan delicado y potente a nuestro alrededor, como el vuelo de una rapaz que se nos cruza en la carretera o el canto del pájaro que nos despierta cada mañana. La extensión inabarcable de la gran ciudad y los horarios apretados, no nos da margen de desviarnos hacia estos regalos, pensamos que están más lejos y que son más inaccesibles de lo que en realidad están. Planeamos todo, salidas con amigos, mañanas de compras, de encargos, consultas médicas varias. Pero no nos planteamos deleitarnos, contemplar. Lo sutil, gratuito, y sencillo pero altamente disfrutable se nos escapa. Hay que esforzarse en tejer una tela de araña en la que se queden atrapadas estas sensaciones, hay que poner la intención en retenerlas, en querer experimentarlas, en mantener la mente abierta y no creernos torpes afirmaciones como la de “todos los pájaros son iguales” .
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