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La medicina alternativa: quién, cómo y por qué

Dos tercios de la población residente en España no ha recurrido a ningún tratamiento o práctica de medicina no convencional

Los más habituales son el masaje terapéutico, las plantas medicinales y el yoga

Ser mujer, mayores ingresos y mayor nivel educativo aumentan la probabilidad de recurrir a estos tratamientos no convencionales

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Cada vez con más frecuencia aparecen en los medios noticias relacionadas con el uso de la homeopatía o, más genéricamente, de las terapias (llamadas) alternativas a la medicina tradicional; y al hilo de tales noticias suele desatarse un acalorado debate sobre la fiabilidad y posibles consecuencias no deseadas de las mismas. Sin embargo, más allá de los casos concretos que saltan a los medios, disponemos generalmente de muy poca información sobre el grado de implantación que dichas prácticas, terapias o tratamientos tienen en la sociedad española, y sobre cuál es el perfil de las personas que recurren a ellos. Ambos elementos nos parecen clave a la hora de entender quién y por qué se acude a dichas prácticas. En concreto, resulta relevante saber qué tratamientos, terapias o prácticas son las más habituales y cuáles las minoritarias, y quién recurre a ellas; y también si lo hacen en concurrencia con la medicina convencional o como alternativa a la misma.

El CIS publicó el mes pasado su barómetro de Febrero, en el que se incluía toda una batería de preguntas sobre el conocimiento y uso que los españoles hacen de tratamientos y prácticas no integradas en la medicina convencional. En concreto, el cuestionario preguntaba acerca de 20 tipos de tratamientos o prácticas diferentes: Acupuntura, Medicina tradicional china, Homeopatía, Ayurveda, Naturopatía, Hipnoterapia, Sanación espiritual, Meditación, Yoga, Musicoterapia, Plantas medicinales (fitoterapia), Terapia nutricional, Quiropráctica, Osteopatía, Masaje terapéutico, Reflexología, Reiki, Terapia floral, Qi-gong (o Chi-kung), Imanes terapéuticos y Otro (en este orden). Sin duda, no todas estas prácticas y tratamientos resultan completamente asimilables entre sí pues no sólo responden a supuestos distintos sino que, además, requieren diferente grado de implicación por parte del sujeto que recurre a ellas. En unos casos implica la ingesta de sustancias, en otros no; en unos casos requiere esfuerzo físico y/o mental del sujeto, en otros no, etc. De hecho, es probable que al leer la lista muchos de ustedes se hayan sorprendido al ver que el masaje terapéutico aparece, por ejemplo, en la misma lista que la musicoterapia. No entraremos aquí en muchas disquisiciones sobre cómo corresponde agruparlas y distinguirlas. Sin embargo, en algunos análisis hemos decidido excluir el masaje terapéutico, la quiropráctica y la osteopatía, de la lista porque mucha gente es probable que los entienda como variantes de la fisioterapia y, por tanto, como parte de la medicina convencional. Esta decisión no esconde ningún juicio de valor sobre la eficacia de unas prácticas y otras, sino que trata simplemente de reproducir lo que puede ser una percepción bastante generalizada entre la población.

El primer dato que arroja la encuesta es que dos tercios de la población residente en España no ha recurrido a ningún tratamiento o práctica de los enumerados anteriormente en los últimos doce meses. Del tercio que sí lo habían hecho, la mitad solo había usado una de ellas; y en la mayoría de los casos se trataba o del masaje terapéutico (30 por ciento) o de las plantas medicinales (21 por ciento), seguidos a distancia por el yoga (9 por ciento) (Gráfico 1). El resto de la población (17 por ciento) declaró haber usado dos o más de estas prácticas y tratamientos, con combinaciones de muy distinta índole.

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También se preguntó a los entrevistados por qué motivos creían que la gente hace uso de estos tratamientos y prácticas no convencionales. Las respuestas dividen el sentir general entre los que tienen un juicio negativo o de reproche (aproximadamente un tercio del total) hacia quienes hacen uso de estos tratamientos, y opinan que la gente o confía en ellos sin un motivo concreto (20 por ciento), o porque cree que la medicina convencional a veces es perjudicial para la salud (11 por ciento); y los que tienden a evaluar de forma menos negativa esas las razones (aproximadamente dos tercios), y opinan que la gente lo hace porque curan enfermedades y dolencias para los que la medicina tradicional no funciona, o porque ayuda a prevenirlas, o porque ayudan a llevar una visa sana o porque alivian los efectos secundarios de tratamientos convencionales (Gráfico 2).

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Resulta llamativo que en una simple comparación de porcentajes no se aprecia diferencia en el uso de estas prácticas entre quienes declararon haber ido al médico de cabecera o especialista durante el año de referencia, y quienes no lo habían hecho. En otras palabras, da la impresión de que el uso de estos tratamientos y prácticas no es necesariamente más frecuente entre quienes no hacen uso de la medicina convencional (Gráfico 3).

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Sin embargo, afirmar esto de forma definitiva requiere un análisis estadístico algo más sofisticado que la simple comparación de porcentajes. Por ello, hemos tratado de estimar la probabilidad de que una persona recurra a alguno de estos tratamientos o prácticas en función de algunas de características como su edad, sexo, nivel educativo, nivel de ingresos, estado de salud (auto-evaluado), estado de ánimo, uso de la medicina convencional (si ha acudido al médico de cabecera o especialista en esos meses), y su opinión sobre motivos por los que la gente acude a estas  prácticas y tratamientos.

Cuando no distinguimos por el tipo de prácticas o tratamientos, los resultados sugieren que ser mujer, mayores ingresos y mayor nivel educativo aumentan la probabilidad de recurrir a estos tratamientos no convencionales. En otras palabras, en general, no son una cosa de ignorantes (como a menudo se escucha en los debates poco informados) sino más bien de quien se lo puede permitir. Es más, como muestra el gráfico 4, el nivel de ingresos es especialmente importante entre las mujeres, y no tanto para los hombres.

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Igualmente, estas prácticas son también mucho más probables entre quienes se sienten solos, deprimidos e inquietos, y entre quienes han ido al médico en alguna ocasión en el último año, incluso después de tener en cuenta el estado de salud de la persona. Tener más de 70 años y una opinión negativa de los motivos por los que la gente acude a estos tratamientos hace, como era de esperar, menos probable su uso.

De todos modos, como mencionábamos al principio, parece probable que el masaje terapéutico y sus allegados (quiropráctica y osteopatía), no sean percibidos ‘tan’ no convencionales como otras. Por ello hemos estimado los mismos modelos sin ellos, y los resultados son interesantes. Los ingresos y haber ido antes al médico, dejan de ser relevantes; y el efecto de la educación permanece pero solo para lo niveles más altos. Y si además de los masajes y allegados, eliminamos también el yoga, el nivel educativo, los ingresos y ser mujer deja de importar. Dicho de otro modo, el uso de prácticas y tratamientos no convencionales y que no incluyen ni los masajes y similares ni el yoga, está más asociado a los estados de ánimo (depresión, tristeza e inquietud frecuente) y a la mayor edad de la persona, que a ningún otro factor. Y a la inversa, los masajes parecen cosa de ‘pudientes’ y el yoga cosas de mujeres.

Por último, cuando analizamos los masajes y similares, el yoga, la meditación y otras terapias y prácticas por separado, se detectan perfiles de usuarios distintos. La diferencia de género solo desaparece para las prácticas relacionadas con los masajes; en el resto, las mujeres siempre son más proclives al uso de las opciones no convencionales que los hombres. El yoga es más habitual entre gente que evalúa positivamente su estado de salud. Las personas que reportaron sufrir depresión, tristeza, soledad y ansiedad, es más probable que practiquen la meditación que el resto de tratamientos. El nivel de ingresos resulta más relevante para explicar el recurso al masaje terapéutico o la acupuntura que el resto. Y por último, tener una opinión negativa de las razones por las que la gente recurre a lo no convencional, parece que genera más rechazo del yoga que de otras prácticas de la lista, a pesar de que el yoga el la práctica que genera mayor nivel de satisfacción entre sus usuarios según la encuesta.

Estas diferencias revelan una heterogeneidad importante en las motivaciones por las que la gente recurre a prácticas o tratamientos no convencionales, y también importantes diferencias en el perfil socio-económico de unos usuarios y otros. Todo ello merecería ser tenido en cuenta en los debates sobre la denominada medicina alternativa, en especial por quienes quieran evitar fraudes y abusos, pero también por quienes abogan por la combinación de alguna de ellas como complemento a tratamientos convencionales.

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