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Un acuerdo para un tranvía "no deseado"

Los vecinos y los comerciantes de las calles por las que discurrirá la continuación hacia el norte del metro de Málaga se oponen a la obra

Critican la posible paralización de los negocios y la dificultad de integrarlo en el trazado de las calles

“El alcalde nos engañó”, lamenta el presidente de la asociación de vecinos

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Cuando los representantes de la Junta de Andalucía, el Ayuntamiento y la concesionaria del metro de Málaga se levantaron de la mesa de reuniones el pasado lunes por la noche, se dieron un aplauso por el acuerdo al que habían llegado: habrá tranvía hasta el norte de la capital y el ayuntamiento compensará deudas con obras de movilidad sostenible. Y sin embargo, el paseo a pie por las calles que recorrerá el tren ligero desencanta al optimista más pintado. No hay ni pizca de alegría entre los vecinos y comerciantes. Ya sea porque a nadie le gusta una obra en casa, porque la ilusión era un metro soterrado, o porque existe una natural resistencia al cambio, el tranvía no es bienvenido.

Entre el comienzo de la calle Hilera y el entorno del Hospital Civil hay algo más de kilómetro y medio, tres minutos en coche y 19 andando. La ruta sugerida por Google Maps discurre por las calles Hilera, Santa Elena, Eugenio Gross y Blas de Lezo, y ese es el trayecto que seguirá el tranvía. Juan Romero, presidente de la Asociación de Vecinos Trinidad Centro, cree que esas calles no son lo suficientemente anchas: cada vía tendrá cuatro metros de ancho, al que hay que sumar otro metro de seguridad a cada lado y el margen para los postes laterales de la catenaria. “Luego quieren meter un carril de coches. Y la acera. Pues como no vayamos pegados a la pared…”, lamenta. La calle Santa Elena, en su tramo más estrecho, tiene unos 18 metros de anchura.

Los comerciantes de la zona señalan otros inconvenientes. El miedo de casi todos es acabar echando el cierre porque las obras paralicen el tráfico de coches y la posibilidad de estacionar en estas vías. “Si me levantan la calle tendré que cerrar, porque mis clientes no son del barrio”, lamenta Mari Carmen Tornay, dueña de Electrocasa (La boutique del cable), en la calle Santa Elena. Su tienda está en el tramo más angosto del recorrido y frente al último de los cuatro colegios de calle Hilera junto a los que discurrirá el tranvía. “¿Qué va a pasar a las 14.00, cuando lleguen los padres a recoger a los niños?”, se pregunta.

Apenas a cien metros tienen su negocio Jorge Márquez y Enrique Sánchez. El primero es el dueño de Todotren, una pequeña tienda de coches y aviones a escala, y el segundo, uno de los socios de Red Roses Tattoo, que tiene un año de existencia. Para el primero, el tranvía es “una pamplina”, que según el diccionario de la RAE, es algo con poco fundamento o utilidad. Para el segundo, “una putada”. “El autobús eléctrico hubiese sido más barato y ecológico”, completa Márquez. Los dos citan antecedentes: las obras de metro cerraron al tráfico la calle Callejones del Perchel durante cuatro años, y cerca de 30 comercios bajaron la persiana. “Conozco a comerciantes de otras zonas y han ido a la ruina. Dicen que la obra tarda un año, y luego son cinco”, completa María Burguillos, farmacéutica en la calle Eugenio Gross. Aquella experiencia y la sufrida por muchos establecimientos de la carretera de Cádiz han dejado huella en los pequeños comerciantes de la ciudad. También se recuerda el fracaso del tren ligero en Vélez-Málaga, que después de tres años de obras y cinco de uso, ahora circula por calles de Australia.

Pero por la misma razón que hay miedo a las excavadoras, existe acuerdo en que para evaluar el impacto de la obra será necesario comprobar por cuánto tiempo se alarga, porque de ello dependerá que los comercios aguanten. Miguel Ángel Díaz, del bar Rey Pelé, cree que la inversión en infraestructuras es beneficiosa a medio plazo y espera que la obra no dure más de un año. Otros, como Miguel Ruiz, del bar Los Compadres alertan de que en este caso se desviste un santo para vestir a otro: “¿A quién se le ocurre meter un tranvía por una calle de red básica? Imagina dónde van a llegar los coches. Será el caos…”.

Última parada, Blas de Lezo. A pocos metros del Hospital Civil, Jesús Cobo y Vicky Fernández tienen El Repunte, una tienda de artículos de pesca: “Es absurdo. Ya hay líneas de autobuses que hacen el mismo recorrido, y son suficientes. Si no hay dinero para metro, sería mejor esperar a que lo haya. Hay muchas cosas más necesarias”. La frase de Jesús Cobo apunta al discurso de austeridad y a una sensación extendida: muchos de los consultados perciben que hay prisa por realizar una infraestructura de transporte, con independencia de su necesidad o conveniencia. Incluso en medio de la euforia por el acuerdo, De la Torre deslizó una frase ambigua al término de la reunión con la Junta de Andalucía. “Habrá criterios que yo no acabo de conocer, de saber, por los cuales la Consejería [de Fomento] insiste en esa solución [el tranvía]”. Sin embargo, tampoco el alcalde sale bien parado entre los vecinos. “Nos ha engañado. Se reunió con nosotros el viernes y nos dijo que apoyaba el autobús, pero le han dado el dinero y le han hecho los ojos chiribitas. Después, nadie nos ha llamado”, se queja Romero.

Hasta hace poco más de diez años, peatones y coches, motos y hasta camiones convivían en calle Larios, y muchos protestaron por su peatonalización. En perspectiva, aquello parece otra época, otra ciudad. Tampoco es posible saber qué traerá el tranvía, pero hoy domina la sensación de que es la obra que se hace porque “algo hay que hacer” y que al barrio le han dado gato por liebre en el comedero de la crisis. En palabras de Juan Romero: “Un metro es un metro. Y si no hay dinero, se espera. No había tanta prisa, que llevamos muchos años sin él”.

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