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Ningún ser humano es ilegal

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La campaña electoral lo ocupa todo. Es difícil encontrar un hueco para otra cosa que no tenga que ver directamente con el espectáculo de mítines y televisiones que protagonizan los partidos. Por eso me gusta escarbar en esa realidad que apenas tiene presencia en los programas políticos y en los medios de comunicación. Hace tiempo que mucha gente clama por el cierre de los CIE. Su nombre es un vergonzoso eufemismo: Centro de Internamiento de Extranjeros. La verdad no es ésa. Se trata de cárceles que encierran personas inmigrantes detenidas arbitrariamente, con la cínica excusa de que son ilegales.

En Valencia hay un CIE. En la calle Zapadores. Los antiguos cuarteles del ejército. En esas cárceles clandestinas esas personas esperan intranquilamente a ser deportadas a sus países de origen. No son delincuentes pero el trato que reciben es como si lo fueran. El secretismo que rodea su funcionamiento es total. Imposible acceder a sus instalaciones. Hace unos días el Ayuntamiento de Valencia quiso entrar en esas instalaciones para ver en qué estado se encontraban y cómo funcionaban en los distintos apartados de salubridad, higiene y otras exigencias que tienen que ver con los derechos de la población reclusa. Pero la policía no se lo permitió. Hay que aclarar que el Ayuntamiento tiene competencias en los edificios que pertenecen a su área municipal. Pues ni eso sirvió para que pudiera ejercer aquellas competencias. Los muros que encierran lo que allí se cuece son inviolables. Nadie sabe nada de lo que pasa dentro de esos muros. Pero hay testimonios que lo dicen bien claro. Las condiciones de vida son miserables. Los derechos no existen. Cuentan esos testimonios que se tortura con absoluta impunidad. Y más crónicas de los horrores encierra esa clandestinidad carcelaria que sólo sale en los medios de comunicación cuando hay alguna muerte entre los presos.

Desde hace mucho tiempo la campaña CIEs No grita muy alto que ya está bien de mantener esos auténticos guantánamos urbanos. Pero ni caso. Ahí siguen, como si le hicieran falta a esta democracia nuestra tan frágil, tan injusta, tan empeñada en acallar cada vez más las voces que la ponen en entredicho. La campaña CIEs No lo ha dicho sin parar, ha denunciado que en esas prisiones disimuladas se tortura, hay falta de atención médica y se producen abusos sexuales. Son palabras suyas tristemente basadas, como se diría en algunas películas, “en historias reales”. Y mientras todo eso sucede, es como si a nadie le importara esa aberración de lo humano que tenemos aquí mismo, a nuestro lado, muy cerca de esa Fonteta de Sant Lluís donde juegan a baloncesto y se celebran mítines electorales. Aquí al lado, ya ven ustedes si tenemos cerca ese territorio maldito donde se amontonan como desechos de vida personas cuyo único delito es haber buscado fuera de sus países un mundo que no sea una mierda. Este país nuestro fue y sigue siendo tierra de exilios y migraciones económicas. Sin embargo ahora no queremos acordarnos de aquellos tiempos, de las colas republicanas cruzando la frontera francesa, de los almacenes donde dormíamos con las ratas cuando acabábamos las inagotables jornadas de trabajo en las campañas de los pueblos franceses del sur, de lo jodido que es tener que abandonar tu casa sin saber lo que hay más allá de un horizonte al que apenas pueden llegar los ojos cansados de la pobreza.

Para la política decente es una vergüenza la existencia de los CIE. No sé qué dirán los partidos después del 20D. Pero algo tienen que decir. Mirar a otro lado no sirve. Son ya demasiados años de impunidad policial y enmarañamiento político entre los muros de esa obscena y violenta clandestinidad. Bien claro lo dice la campaña CIEs No en estos días centrados sólo en los mítines electorales: “Por los derechos de las personas migrantes. Ningún ser humano es ilegal”. Pues eso.

 

 

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