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Un armario lleno de ratas

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Estos días siguen los coletazos de las elecciones. Analistas de toda clase y condición dicen la suya sobre los resultados, sobre las causas de que esos resultados hayan sido los que han sido y no otros diferentes. Las tertulias televisivas y radiofónicas siguen comiendo de las elecciones. Las elecciones son en verdad un rasgo de la democracia pero también un negocio. Que se lo pregunten si no a las empresas que se dedican a vender encuestas que después fallan estrepitosamente. No sé si tendrían que pagar daños y perjuicios. A lo mejor sí. Pero en este país no paga nadie, salvo la pequeña gente que se equivoca en cien euros en la declaración de hacienda o quien roba una bicicleta municipal. En ese caso, a los dos infractores les caerá el peso de la ley con toda la gravedad que la justicia exige.

Los resultados electorales no los acertó nadie. Ni quienes ganaron ni quienes perdieron. Los que ganaron. Los que perdieron. El mercado electoral se cierra de esa manera: ganó el PP de Rajoy. Perdieron el PSOE y las izquierdas reunidas en Unidos Podemos. A Albert Rivera se le está poniendo cara de Rosa Díez. Así de simples son las reflexiones sobre los resultados electorales. Digo simples no por insultar a nadie, faltaría más. Lo digo porque hay un fondo de armario electoral del que casi nadie habla. Y que para mí se resume en una frase lo mismo de simple: las elecciones del 26J las ganó el PP y las perdió la democracia.

El fondo de armario de esta democracia está lleno de memoria confiscada, de vidas hinchadas de miseria como las tripas de los ahogados, de casas vacías porque sus dueños tienen otra docena de casas donde vivir, de gente que se muere en la calle porque el único techo que la protege es esa ridícula metáfora del cielo y las estrellas, de gentuza que se llena el buche de mentiras para convertirlas en verdad a base de repetirlas un millón de veces, de esa misma gentuza que convierte su irresponsabilidad institucional y posiblemente delictiva en una despreciable operación de victimismo patriótico.

Ha ganado las elecciones el PP porque viene de las cercanas lejanías de un orden autoritario y este país, aunque nos duela reconocerlo después de tantos años de morirse Franco, sigue siendo un país educado de ese orden, del miedo a lo diferente, de la vocación gregaria que llama a obedecer ciegamente a quienes mandan como en los tiempos antiguos. El orden ha de imperar sobre el desorden. Por eso se necesitan una ley y un gobierno que amordacen ese desorden provocado por los desarrapados, que le tapen la boca al descontento social, que conviertan la protesta ciudadana -con la colaboración de sus medios de comunicación- en un acto de vandalismo antidemocrático, que destripen la democracia para ofrecer sus vísceras en sacrificio a las campañas electorales.

Una democracia que permite las palabras marrulleras -insisto en que seguramente delictivas- del ministro del Interior, Fernández Díaz, no es una democracia. A lo mejor es otra cosa, pero no es una democracia. Como tampoco lo es una democracia que mantiene en la calle a Miguel Blesa y excarcela a los pocos meses a Carlos Fabra y Mario Conde mientras hace unas semanas salía en este diario un preso que lleva casi toda vida en la cárcel por cantidad de robos menores y sobre todo porque había permisos en los que se tomaba más días libres de los que ese permiso consentía. Como tampoco es una democracia ese nido de amor donde se juntan con total impunidad (como atestiguan las grabaciones a ese ministro del Interior) políticos y medios de comunicación que sólo defienden sus bastardos intereses y que luego salen en las televisiones dándonos cínicas  lecciones de dignidad. Como tampoco es una democracia ese territorio que en los últimos meses (hasta el mismo día de las elecciones) ha sido copado por el terror a que las izquierdas pudieran gobernar. Como tampoco es una democracia dejar sin futuro (y sin presente) a quienes no tienen nada porque entre cuatro familias lo tienen casi todo. Y además esas cuatro familias tienen su dinero en paraísos fiscales y se acogen a las vergonzosas amnistías fiscales ofrecidas por el gobierno amigo.

El fondo de armario de esta democracia está lleno de ratas que se pasan el tiempo mordiendo sus entrañas. Eso supone la victoria de Mariano Rajoy y su partido: la mordedura persistente a las raíces de una sociedad que cada vez está más aislada de una democracia de verdad. Y siempre que miro en ese fondo de armario me acuerdo de toda esa gente que luchó toda su vida por otra democracia tan distinta y tan igualitaria, que se dejó la piel en la clandestinidad antifranquista, en las cárceles, en los paredones de los cementerios, en el silencio asfixiante de sus casas, en esa caterva de olvidos en que se ha convertido -ya desde el principio de aquella transición de compraventa- esto que tan pomposamente llamamos democracia.

Sé que esta última reflexión es una reflexión postelectoral tonta, tal vez anacrónica, simple y seguro que rematadamente insuficiente. Pero cada uno tiene su armario donde mirar. Y en el mío es eso lo que encuentro siempre que este país se pregunta qué le está pasando y no tiene en cuenta para nada su memoria.

PD.- Una cosa sí que ha cambiado con el hecho de que Unidos Podemos no haya ganado las elecciones: si queremos saber a partir de ahora qué pasa en Venezuela tendremos que buscar la información fuera de nuestras fronteras porque aquí -una vez conseguidos sus objetivos las derechas- eso ya no le interesa a nadie.

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