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Lo que Einstein le contó a su cocinero y otros cuentos

Pedro Sánchez, Nadia Calviño y Yolanda Díaz en el Congreso.

Javier Aroca

25 de junio de 2023 21:15 h

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Me declaro devoto de la maestría vital de Manuel Vicent pero aquel día me acabé rindiendo; decía Manuel que aspiraba en los tiempos de descanso a estar debajo de un parral con amigos o vecinos, beber, dejar pasar el tiempo, sucumbir a no hacer nada y no hablar ni de política ni de enfermedades. Lo tengo como modelo.

Pero es difícil, tengo unos jóvenes amigos de 50 años con los que esperaba sestear, hablar liviano; fue imposible, los tiempos están revueltos. Todo empezó con un tú que hablas en las tertulias. Lo entiendo, me ven poco. Mis amigos, que son de izquierda, empezaron fuerte: la izquierda convencional es cagona. Con la mujer y contra la violencia de género hay que ser firmes, hasta la radicalidad, se lo debemos.

Llevamos siglos viviendo e instalados en la comodidad, nos avergüenza ver que la dominación sobre la mujer es un hecho persistente; pocas han tenido tanta valentía como en estos tiempos difíciles por la resistencia del machismo. Hay que apoyarlas, ser valientes –decían subiendo el tono–, no se puede comprar el discurso de la extrema derecha, es preciso apoyar a las más osadas. Contra el machismo, los violentos, incluida la violencia simbólica, contra los que amparan las estructuras patriarcales del poder que mechan todas las instituciones, señaladamente la justicia. El chaparrón fue tal que temí la granizada.

Estaban indignados e incómodos mis amigos cincuentones con la actitud de España; el último escándalo en aguas de responsabilidad española en Canarias no tiene cabida en un país democrático, además, gobernado por la izquierda

Venían frecuentes cortitas fresquitas pero no amainaba el temporal, habría venido a pelo un fondo musical de El Cojo de Huelva: “Temporal, temporal, qué será de Puerto Rico cuando venga el temporal”, pero sonaba Radio Sevilla y me tuve que conformar con Toldos Quitasol del maestro Araujo. Y vino la inmigración.

Estaban indignados e incómodos mis amigos cincuentones con la actitud de España; el último escándalo en aguas de responsabilidad española en Canarias no tiene cabida en un país democrático, además, gobernado por la izquierda. Y encima, para más vergüenza cívica –zaherían–, lo del submarino del Titanic, una frivolidad en tiempos tan convulsos. El parral de Vicent protege del sol pero no está pensado para este chaparrón inclemente de los cincuentones de izquierda.

Y luego, otra cervecita, chochos penitentes y tela de granizo. Hemos dejado tirados a nuestros compatriotas y familiares saharauis –algunos llevan décadas acogiendo niños en verano que ahora, ya mayorcitos, están en el Frente–. Jorge Dezcallar tiene razón –decían–; además, ese señor fue embajador en Marruecos y jefe del CNI, conoce el paño. Estamos a merced del sátrapa de Rabat, perdiendo posiciones y reputación en nuestra zona natural histórica del Mediterráneo sur. Recordaban que España es un estado bicontinental, es decir, también africano, tenemos intereses. Un matiz que muy frecuentemente se olvida.

Los amigos, más si tienen tanta experiencia después de décadas luchando y votando siempre, se desahogan y hay que escucharlos; ya no militan ni se reúnen orgánicamente, han acabado en la aburrición, pero en esto quieren que hable por ellos

Y venga matraca –quillo que soy tertuliante raso, no activista, no llego ni a mayeto, me defendía mientras me encimaban–. Pero es que los amigos, más si tienen tanta experiencia después de décadas luchando y votando siempre, se desahogan y hay que escucharlos; ya no militan ni se reúnen orgánicamente, han acabado en la aburrición, pero en esto quieren que hable por ellos. Como ellos, mi capital es mi voto, nada que hacer en las escaletas de las tertulias. Lo saben pero me utilizan como muro de sus lamentaciones.

Al final, se compadecieron de mí y de mi corto asueto: pedimos un papelón de adobo y rábanos y hablamos de otras cosas, aunque tuve que aguantar un último arreón con lo del racismo de parte de Florentino Pérez; todo porque hablé un día en El Larguero y piensan, no sé si infundadamente, que en la Gran Vía todos somos madridistas y eso que saben que soy bético desde que me llevaba mi padre a Heliópolis en el tranvía.

Fue un anochecer agradable con esas calores hispalenses que, como el ministro Pedro de la Borbolla, no estoy dispuesto a perderme. No faltó la cerveza ni las estatinas. Cuando llegué a casa me acordé de un libro que leí hace años y aún conservo: Lo que Einstein le contó a su cocinero. La ciencia cuenta muchas cosas, según el libro, pero no sé si Einstein tenía cocinero ni si le habló de verdad o todo es fruto de la imaginación, pero amigos de 50 años quién no tiene unos pocos con ganas de largar fiesta.

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