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“Cosas de don Augusto”: sobre la relación de amor-odio de Santander con su científico más destacado

Familiares, científicos y autoridades se dieron cita en San Martín para rendir homenaje a Augusto González de Linares.

Javier Fernández Rubio

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El Ayuntamiento de Santander ha inaugurado este lunes el nuevo emplazamiento en San Martín del conjunto escultórico que rinde homenaje al naturalista Augusto González de Linares (Cabuérniga, 1845-Santander, 1904), uno de los librepensadores más destacados que ha dado el país y que en vida obtuvo más reconocimiento fuera de las fronteras españolas que dentro.

Al igual que su vida, su estatua ha tenido un recorrido agitado. Se compone de un busto del naturalista y de una figura femenina que representa la Fama. Ambos fueron retirados, almacenados, divididos y repartidos por varios emplazamientos de la ciudad a lo largo del último siglo hasta tener parada provisional en la Plaza de Italia lo que no le ha evitado ser objeto de vandalismo con la mutilación reiterada del brazo alzado de la alegoría femenina.

La inquina que merecía el recuerdo de González de Linares contrastaba con la admiración del mundo científico hasta bien entrado el siglo XX. Aunque no hay prueba fehaciente de que fuera masón, una logia en la capital cántabra llevó su nombre (En 1931 se creó el triángulo Augusto González de Linares, que se reunía en la calle de la Paz nº1 y posteriormente en el edificio de la Cuesta de las Ánimas conocido durante años como la 'casa-tapón').

A González de Linares nunca le perdonaron en vida, ni en muerte, su independencia intelectual, su rigor científico y su defensa de la libertad de cátedra hasta sus últimas consecuencias. Por la impartición del darwinismo en las aulas y por su innovador sentido pedagógico mereció invectivas e incomprensión. Sin embargo, desde 2015, los restos del biólogo fueron incorporados al Panteón de Hombres Ilustres, ya que la ciudad le concedió tal título, y reiteradamente le rinde homenaje, reconciliada ya con su legado.

Científico

Pionero de la investigación marina, destacado naturalista y estudioso de la paleontología y mineralogía, su monumento ha sido trasladado ahora a un emplazamiento de Gamazo-San Martín, a iniciativa de los responsables del Museo Marítimo y del Instituto Oceanográfico, ubicados en las inmediaciones, como reconocimiento a su legado.

De las muchas ubicaciones que ha tenido el monumento, caben destacar dos: la Alameda de Oviedo, en donde llegó a estar ubicada sola la cabeza; y el Parque de Mesones, en donde a la Fama le fue arrancado un brazo.

Según cuenta el libro 'Guía secreta de Santander' (1976), de José Ramón Saiz Viadero y Pedro Vallés, “el busto se encontraba en el Parque de Mesones hasta que fue deteriorado por el hijo de un Grande de España y se le arrinconó en las dependencias del Ayuntamiento; ahora anda, sin nomenclatura ni referencia de ningún tipo, escondido en la Alameda Segunda”.

Expulsado de su Cátedra

González de Linares tenía la libertad de cátedra por un principio innegociable y ya cuando impartía clase en Galicia, y enseñaba (1872) la teoría de la evolución de las especies de Charles Darwin, recibía anónimos como el que sigue:

“Muy señor nuestro. El cuerpo escolar está escandalizado de tus esplicaciones (sic) heréticas, de tus quijotadas y de tus pedantescas elucubraciones. Galicia cuna de tantos sabios, tierra clásica de hidalguía, no necesita que un pasiego, un montañés salido de la nada venga a echárselas de Padre grave y de un Sócrates (...). Odiamos las doctrinas y las ideas de V. que son heréticas y condenadas por la doctrina de Jesucristo”.

Krausista y fundado de la Institución Libre de Enseñanza, con 30 años ya había perdido su cátedra en Santiago por no aceptar subordinar las verdades científicas a las doctrina religiosa. En 1886 recaló en Santander para poner en pie la Estación de Biología Marina de España, que con el tiempo sería el Instituto Oceanográfico.

Sus pronunciamientos públicos acabaron siendo despachados con un “Cosas de don Augusto”. Se contaba en El Cantábrico así, coincidiendo con la inauguración del busto del biólogo en El Sardinero, a principios del siglo XX:

“Los que le admiramos en vida, acaso sin comprenderlo lo suficiente [...] hemos seguido cultivando en nuestro jardín interior una creencia, que se ha elevado a la categoría de dogma: aquella creencia era la de que Augusto González de Linares era un fruto humano inadaptable al clima moral contemporáneo. Su constitución espiritual tenía que sentir los ahogos de la asfixia en este medio social de farsa y de egoísmo en que se debate la sociedad contemporánea. Por eso, cuando Linares hacía o decía alguna cosa que estaba 'más allá' de nuestra altura espiritual, la necedad ambiente sentenciaba: 'cosas de don Augusto' y alguien menos piadoso insinuaba la sospecha de un desequilibrio mental”, comentaba a la sazón un gacetillero anónimo.

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