Y no quedó ninguno
Abraham no se fiaba. Y hacía bien. Cuando Dios iba a fulminar Sodoma y Gomorra, el patriarca empezó una extraña negociación con él, con quien hablaba como con un amigo. “Señor, perdona mi atrevimiento, pero me parece un poco fuerte que mates a justos e injustos mezclados: si encontraras cincuenta justos en la ciudad, ¿aun así te la cargarías?”. “No, qué va, para nada: si hubiera cincuenta justos, no la destruiría”, le contestó Dios. “Increíble, genial, muchas gracias”, dijo Abraham. Silencio incómodo. “Me atrevo de nuevo a interrumpir tus pensamientos, yo que soy polvo y ceniza. Y, si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?”. Así, mercadeando mercadeando, Abraham llegó al tope divino: a diez.
Todo eso se cuenta en Génesis 18 (aunque el capítulo 19 también tiene su miga). La escena se sitúa tras la creación, evidentemente, y tras el diluvio y la torre de Babel. Quiero decir con esto que los comienzos fueron duros. Aunque a Abraham no le iba mal: Dios le había prometido que sus hijos serían numerosos como las estrellas del cielo y las arenas de la playa. Pero al hombre le daba cargo de conciencia el celo destructor de su señor. Así que le sacó el compromiso de ahorrarles el apocalipsis a los sodomitas, con condiciones. La cosa es que Abraham no se fiaba, y hacía bien, de encontrar ni cincuenta ni treinta ni veinte justos. El relato se detiene en diez: de ahí ya no se baja. Leerlo resulta un poco irritante, porque no se sabe si ha valido la pena negociar con todo un Dios para rapiñarle una cifra ridículamente baja de hombres justos en una ciudad poblada, grande. Pero Abraham sabía; sabía que no, que probablemente ni diez.
El relato bíblico hace una elipsis y en el siguiente capítulo ya vemos a los enviados de la UCO, quiero decir a los tres ángeles, haciendo una inspección por las calles de Sodoma
El relato bíblico hace una elipsis y en el siguiente capítulo ya vemos a los enviados de la UCO, quiero decir a los tres ángeles, haciendo una inspección por las calles de Sodoma. Se encuentran a un infiltrado divino, a Lot, que trata de evitar que los sodomitas abusen de los ángeles: estos parecen irresistibles para la turba. Lot intenta frenar el desaguisado, decía, y ofrece incluso a sus hijas vírgenes a cambio, pero no hay manera de parar el estallido de violencia. Entonces Dios dice hasta aquí, avisa a Lot para que escape con su familia y procede a destruir las ciudades de Sodoma y Gomorra.
El filósofo Javier Gomá ha escrito abundantemente sobre el concepto de ejemplaridad pública; la necesidad que tenemos desde que el mundo es mundo de ajustarnos a modelos positivos que nos eleven del fango. Y sin embargo. De la poca o mucha vergüenza que cada uno sienta estas últimas semanas no quiero opinar. Pero tal vez lo que peor llevo es la gesticulación, las exhortaciones exageradas (“¡La izquierda no es corrupta y no roba!”). Wat. Quiero decir, que ver a Susana Díaz rasgándose las vestiduras en la tele o al Partido Popular haciendo aspavientos como si cierto ordenador no hubiera sido destruido a martillazos me remite ciertamente a ese señor, a Abraham, negociando a la baja. Nunca ha habido tanta pureza en la esfera pública, y no sé si en la privada, como para relajar los mecanismos de control, como para ensanchar los márgenes de las concesiones de urgencia. O de los nombramientos arbitrarios. Si lo mejorcito que había en Sodoma era Lot, por favor.
[El hecho de que, en la huida, la mujer de Lot se girase y se convirtiese después en estatua de sal no añade ni quita nada a esta historia. Pero Christina Rosenvinge aventuró en un concierto la hipótesis de que Lot fuera un plasta y su mujer volviese la cara para buscar otra silueta querida, en algún terrado, mientras caían fuego y azufre del cielo.]
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