Cualquiera
Lo malo de los efectos secundarios es que así, escondidos en un segundo escalón, acaban siendo principales sin que se les de importancia. Mentir en un currículo tiene la mentira como pecado principal, pero el valor del currículo como secundario porque el historial académico segrega, pretende dejar fuera a los que no lo tienen. El mensaje que nos trasmiten es: “Cualquiera” no debe poder acceder a determinados puestos, por eso miento. Mal principio para la democracia. Y revindico la palabra cualquiera. Cualquiera no puede ser jefe del estado, cualquiera no puede ser juez, eso está reservado para los poderosos. Y lo reivindican los propios jueces sin pudor alguno, disfrazados, reservando ese “privilegio” para ellos mismos y los suyos. Por cierto, una profesión con un uniforme innecesario que trata de marcar más distancias todavía. ¿Se imaginan a los diputados y diputadas uniformados?
En resumen, el mensaje torcido es doble. Se puede mentir, y el poder debe ser para los que se lo pueden permitir. Cualquiera ya no es un concepto democrático que nos iguala, ahora es un insulto: usted es un cualquiera. Y a mucha honra podríamos contestar. Me he ganado a pulso poder ser como los demás. Ni más, ni menos.
Y todavía se abre un frente añadido: quién expide los títulos. A ver si el primer mentiroso es el origen de todos los males. Cuando un derecho fundamental como la enseñanza se privatiza, crecen los fantasmas que contaminan el objetivo. La enseñanza privada aparece como sospechosa en el escaparate del fraude.
La solución para todos los males implica otro efecto secundario: Hace falta más control, y que alguien controle a los controladores; una idea mágica que multiplica la burocracia. Más control y más agilidad son dos conceptos antagónicos. Para protegernos de los pillos los procesos se complican “por nuestro bien”. Pero los pillos encuentran atajos mientras nosotros solo encontramos atascos. Soy un pez que se muerde la cola, un pez cualquiera. Los otros, los peces gordos, esos nunca tienen problemas, con un título amañado a mano, jamás se muerden la cola, devoran al pez chico y, naden en el océano que naden, siempre flotan.
La justicia llega tarde, dicen. Esto ya ha caducado. Lo que usted me cuenta forma parte del pasado. Pero ahora vemos que la propia justicia también obstaculiza a la justicia y evita investigaciones, retrasa trámites, anula pruebas que no le interesan al poder reaccionario. Todo para que los peces sigan siendo escurridizos, y engorden devorando el menú del bienestar colectivo.
No es pesimismo, no vayan a creer, es optimismo porque, contra viento, marea, y amaños varios, nos damos cuenta de todo. Sabemos lo que pasa y es nuestra responsabilidad difundirlo, separar la paja podrida de la mies alimenticia y explicar, allá donde estemos, que todos nos equivocamos sin duda, pero no todos reaccionamos igual. Los reaccionarios, mira por dónde, reaccionan tarde y moviendo teclas a su favor.
Cada uno de nosotros somos cualquiera, como muchos y muchas, no tenemos sangre azul sino roja, y nos gusta pertenecer al tejido social, sin privilegio alguno, pero con derechos comunes. Cuando nos dicen “usted no sabe con quién está hablando” podemos contestar, sí lo sé, con un presuntuoso, alguien que cree tener poder. O mejor, claro que lo sé, estoy hablando con usted, que es alguien cualquiera.
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