Desde el río hasta el mar
Pocos disparates definen mejor el ardor guerrero que se palpa en el ambiente que la reciente visita de Cayetana Álvarez de Toledo al acto de aniversario del Tercio ‘Duque de Alba’ de la Legión. Para evitar que la ausencia de la cabra desluciera el evento, la XV marquesa de Casa Fuerte aprovechó la escasa capacidad crítica de los presentes para preguntarse, allí y vía X: “¿Estamos los europeos dispuestos a matar y morir por la libertad?”. En su caso, la respuesta es un rotundo ‘no’. Su valentía se resume en que no le temblaría el pulso si tuviera que mandar a otros a morir para, al primer disparo, aprovechar su doble nacionalidad y huir a Argentina. Si necesario, a nado.
Otra que tiene claro que, si hay que morir por la libertad, se muere, pero que con ella no cuenten, es la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Bastante hace ya cobrando 10.000 euros al mes por nosotros, como para irse al frente, naranjero al hombro, a dar barrigazos. Es de las que, cuando hay que cavar un agujero, a uno le da la pala y a otro, la carretilla. Y a fumarse un piti. Ahora se ha propuesto que nos saquemos de la chistera 800.000 millones de euros para sostener la guerra en Ucrania. Si se trata de enseñar los dientes para conseguir que Europa esté en la mesa de negociación de la que EEUU y Rusia nos quieren echar, tiene un pase; pero si es para mantener los combates, la idea habría que pulirla.
Esos 800.000 millones, no hace falta ser muy listo para olérselo, serían los primeros, y el resultado, incierto: prolongar una guerra de desgaste en Ucrania no es garantía de nada. De victoria, por lo menos. De más muertos y más negocio, eso sí. Pero la paz no saldrá del frente, sino de la diplomacia, y será una paz en la que Rusia se quede con parte de los territorios invadidos. No es que me guste, pero creo que es lo que va a pasar.
Una de las maravillas de la política internacional es su sencillez. Una vez eliminas de la ecuación a la morralla —los seres humanos, que no hacen más que molestar—, todo se ve más claro. Nosotros siempre tenemos razón y los demás no. Nuestros fines son siempre nobles, no como los de nuestros taimados enemigos. Ya lo cantaban Los Nikis: “Si vas a otros sitios, verás que son peores. Son las ventajas de ser de aquí”. El problema empieza cuando, como está ocurriendo, ya no se sabe quiénes somos nosotros y quiénes son ellos. De eso se ha encargado Trump, pero es un clásico: Noriega o Husein son dos que un día se acostaron siendo nosotros y se levantaron al siguiente siendo ellos. Ya sabemos cómo acabó la cosa.
Putin es un dictador y que invadió Ucrania en una clara violación del derecho internacional. Es sencillo. Pero de ahí a que cualquiera que ose contradecir la narrativa oficial —el mandatario ruso se levantó un día con picor de huevos y decidió atacar— sea tachado inmediatamente de proKremlin, hay un trecho. Pero ya se sabe lo que dice la navaja de Ockham: la explicación más sencilla suele ser la correcta. Lo de expandir la OTAN hacia el este o ir abandonando tratado tras tratado sobre misiles intercontinentales o armas nucleares -Jeffrey Sachs lo explica mejor que yo-, no tiene nada que ver. Circulen.
Ucrania es tan víctima de Rusia como de Estados Unidos y sus palmeros, nosotros los europeos. El país ha sido una pieza en el tablero internacional. Pero una vez entraron los tanques rusos para una operación quirúrgica de diez días que se prolonga ya tres años —aunque nos podemos remontar a la invasión de Crimea—, no nos queda más remedio que estar ahí. Los podríamos haber traicionado, siguiendo la costumbre, pero su situación geoestratégica nos obliga a defenderlos. La dignidad moral, más aún, aunque eso últimamente no cotiza.
Putin es un déspota, un carnicero, un corrupto, un dictador y más cosas. Es lo de menos. Desgraciadamente, pero es lo de menos. Eso lo sitúa a la altura de algunos de nuestros buenos amigos, como los reyes de Arabia Saudí o Marruecos, todos varios escalones por debajo de Netanyahu. No hay en el planeta —y somos cerca de 8.000 millones— mayor saco de estiércol que él y su gobierno sionista. Juega en la liga de Hitler y Pol Pot, lo que no es óbice para que algunos de los que señalan a Putin como el nuevo Fu Manchú se pongan de perfil (o directamente a su lado) cuando del presidente de Israel se trata.
El pasado 24 de febrero, no hace tanto, se reunió el Consejo de Asociación UE-Israel para revisar los acuerdos preferentes en materia comercial. Por supuesto, desaprovechamos la ocasión para usar la principal arma de la UE para presionar a la democracia más cojonuda de Oriente Medio. Y no saldría caro. Europa es el mayor socio de Israel: cerca del 30% de su comercio es con la UE (unos 17.000 millones de euros), pero lo que les vendemos apenas alcanza el 1% de la factura de la Unión. Económicamente, es como tenerlos por los huevos, pero con tenazas.
El aquelarre fue consecuencia de la propuesta de Irlanda y España de denunciar el tratado. Eso nos sitúa entre los países menos indignos, aunque, tal y como está el baremo, no es decir mucho. De hecho, hemos seguido enviando armamento (60.000 piezas desde 2024) y nuestro torture friendly ministro Marlaska infiltró a una agente de la policía nacional para espiar al movimiento por Palestina en Cataluña. Es la cara B de nuestro compromiso.
El acuerdo comercial tiene 85 artículos, aunque basta el segundo para entender hasta qué punto somos culpables del genocidio palestino: “Las relaciones entre las Partes, así como todas las disposiciones del propio Acuerdo, se basarán en el respeto a los derechos humanos y a los principios democráticos, que orientan su política interna e internacional y constituyen un elemento esencial de este Acuerdo”. De momento, y ya lo dije, no hemos tenido ni el valor de expulsarlos de Eurovisión. ¿Eso es ser mejor que Putin?
Las conclusiones de la citada reunión son que hay que seguir financiando el genocidio. Eso sí, a regañadientes. Con desgana. Sobrepasando los límites del humor, riéndose en la puta cara de los casi 50.000 palestinos asesinados desde el 7O, el documento final dice que la UE “deplora profundamente la inaceptable cifra de civiles, especialmente mujeres y niños, que han perdido sus vidas, y la catastrófica situación humanitaria, especialmente causada por la entrada insuficiente de ayuda en Gaza”. A eso siguieron varios golpes en la mesa: los 27 se oponen “con firmeza a todas las acciones que debilitan la solución de los dos Estados”, “reitera su dura oposición a la política de asentamientos de Israel”, y “exigen a Israel que pare la continuada expansión de los asentamientos”.
Pese a la firmeza del Consejo de Asociación UE-Israel, no parece que Netanyahu quedara muy impresionado. Tel Aviv anunciaba a los pocos días que, amén de haber incumplido el alto el fuego todas las veces que ha querido, paralizaba los envíos de ayuda humanitaria as Gaza, mientras en Cisjordania decretaba barra libre para los colonos.
En un mundo normal, los firmantes de ese documento estarían en la cárcel; en un mundo mejor, colgados de un pino por los pies. Pero aun asumiendo que los palestinos son seres humanos y que, por tanto, no pintan nada —o que las fotos de perros arrastrando cadáveres de niños por Gaza no son para tanto si miras hacia otro lado—, la UE tenía todas las papeletas para suspender el acuerdo. Y ninguna tenía que ver con los derechos humanos, la democracia o la decencia. Triste, pero es así.
Tan valientes con Rusia y tan cobardes con Israel y EEUU, valga la redundancia. La estrategia de Trump es declararle la guerra a todo el mundo; y la de todo el mundo, esperar a que venga y negociar con él, sabiendo que del ladrido al hecho hay un gran trecho (como demuestran los casos de Canadá y México). Cortarle las alitas comerciales a Israel hubiera sido tomar la iniciativa. Y, desde luego, no nos iba a costar 800.000 millones de euros. En lugar de jugar nuestras cartas, entregamos la baraja.
Suspender el tratado hubiera sido abrirle un frente a Trump que no esperaba e introducir un nuevo elemento en la negociación. Europa ha preferido bajarse los pantalones y dar alas al genocidio que viene, que no es más que acabar con el genocidio que vino. Para añadir insulto a la herida de la cobardía europea, hasta los países árabes se han unido (tarde y mal), pero se han unido, para proponer una solución. La última vez que tantos árabes se unieron por un fin común fue con Ali Babá.
¿Hay que estar con Ucrania? Sin duda. Pero que no nos digan que somos mejores que Putin mientras dejamos a Europa convertirse en cómplice del genocidio palestino. Lo bueno es que cuando nuestro nietos nos pregunten que hicimos para pararlo, la respuesta será simple: nada.
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