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Sobre este blog

Contrapoder es una iniciativa que agrupa activistas, juristas críticos y especialistas de varias disciplinas comprometidos con los derechos humanos y la democracia radical. Escriben Gonzalo Boye (editor), Isabel Elbal y Sebastián Martín entre otros.

Los que se van de Omelas

  • El autor utiliza un relato de Ursula K. Le Guin (incluido en su colección de relatos "Las doce moradas del viento") como metáfora literaria de lo sucedido tras las elecciones europeas para plantear diferentes escenarios de futuro en la izquierda.

Al final del relato así titulado de Ursula K. Le Guin, nadie sabe dónde van las personas que, tras contemplar la miseria y el sufrimiento del niño encerrado en un sótano que garantiza la resplandeciente felicidad de Omelas, abandonan la ciudad. Pero todos los que se van de Omelas parecen saber muy bien hacia dónde van.

Sirva esta serena huida como metáfora literaria de los resultados electorales del 25 de mayo. Me dirán que el bipartidismo no es la Fiesta del Verano de Omelas y que un niño desnutrido y preso es un exceso de patetismo para las miserias del sistema político español. Puede que sea cierto, pero la validez de las imágenes no radica en su literalidad, sino en su capacidad de mediar nuestra propia confusión.

Entre las banalidades y los exabruptos que dijo Felipe González contra Podemos esta semana (precisamente en la presentación de un libro que se llama Democracia sin política y respaldado por el logo de La Caixa) hay algo que es cierto. Los movimientos sociales no tienen un proyecto estructurado, coherente y plenamente definido, como quizá (y sólo quizá) lo fueron las grandes ideologías del siglo XX. Como los que abandonan Omelas, parece decirnos Felipe González, los que apostaron por fuerzas abiertas a la influencia del 15M no saben dónde van.

También es cierto que un proyecto de este tipo no lo tiene nadie hoy en día. El bipartidismo finge tener un proyecto que alternativamente apoya una mayoría relativa, pero ya hemos comprobado todos que el margen de decisión que los imperativos sistémicos del poder y la ganancia le deja es cada vez más estrecho. Los partidos de gobierno no van a ninguna parte. Simplemente se quedan en Omelas.

No queda más remedio que elegir. O se confrontan esos imperativos sistémicos en busca de mayores espacios de decisión, asumiendo la incertidumbre del cambio, o se aceptan los imperativos. No es una cuestión de voluntarismo, sino la propia dinámica de la realidad. Cuando has visto al niño preso y desnutrido sabes que no hay margen de negociación con los imperativos. Hollande fue con esa intención a Europa. Ahora tiene un 3% de respaldo popular y al fascismo festejando. Mateo Renzi ha ido con la misma cantinela, y ha vuelto con palmaditas en la espalda.

La política ha retornado a su expresión más íntima, esa que nos enfrenta con la radicalidad de elegir: o se justifica la realidad; o se confronta para transformarla. Para irse de Omelas no hace falta saber exactamente dónde se va. Basta con saber lo que resulta inaceptable.

Pero al tiempo que la política ha vuelto a su radicalidad, el escenario ha cambiado. Las elaboraciones políticas sobre los problemas colectivos ya no se producen de forma exclusiva y concentrada en los partidos, sino que los hace la propia sociedad de forma -claro está- fragmentada y diversa. Cada vez existe menos “mayoría silenciosa”, ese ciudadano que confía en la simplificación de la realidad que le hacen los partidos políticos, porque cuando llegan los partidos, ya se la ha simplificado la tele, la industria cultural, un tuit o la columna de sus amores, pero también porque el activismo que requieren los movimientos sociales de sus voluntarios está sustituyendo a la pasividad que exige la maquinaria partidista de sus militantes como forma de involucrarse con la realidad.

La apertura de los partidos a la sociedad no es algo que esté en discusión. Hace ya tiempo que los partidos elaboran sus plataformas electorales mediante la agregación de demandas y propuestas de lobbies de muy variado cariz que no son susceptibles de una auténtica articulación coherente y sistemática. Lo que los ciudadanos han puesto en discusión el 25 de mayo ha sido cómo se abren los partidos a la sociedad y a qué tipo de elaboraciones deben abrirse. No hay Democracia sin política, sino más bien un modo y un lugar distinto de la política que nos mostró, de manera rotunda, el 15M. Otra ciudad por construir fuera de Omelas.

Los partidos que se han abierto a la influencia y las enseñanzas del 15M tienen, a este respecto, una ventaja objetiva sobre el sistema político tradicional. Tienen un diagnóstico: existe una mayoría social, que no política, de cambio en España. Y tienen un método para convocarla y articularla. Este es el temor del bipartidismo. Porque ellos erraron el diagnóstico y en ambos partidos se está cuestionando el método. La desventaja -claro está- sigue siendo la división.

Los que se van de Omelas, apenas pasan la última casa iluminada de la ciudad se sumergen en las tinieblas de los campos. A todos los movimientos de cambio nos espera una etapa dolorosa de reconstrucción y confluencia. Es la prueba de nuestra madurez y generosidad que muchos están esperando. Un diagnóstico y un método no hacen un proyecto, pero los determinan en mayor medida de lo que pudiera parecer, porque si el método es la participación amplia e inclusiva, la propia práctica del método genera sus condiciones de posibilidad y de eficacia. Un excesivo afán de posicionarse de forma diferenciada dentro de la voluntad de cambio, creo que es un error. La centralidad del proyecto hoy la debe ocupar el método.

La confluencia es posible porque existe una base material de práctica común. Buena parte de los militantes activos de las fuerzas emergentes de cambio se conocen, discuten, transigen y llegan a acuerdos todos los días en Juventud sin Futuro, en Ecologistas en Acción, en la PAH, en las mareas, en la RSP, etc. Aunque parezca contradictorio, la porosidad de las organizaciones políticas hacia los movimientos sociales no creo que sea hoy una fuente de conflicto, sino una condición de confluencia. Las palabras de orden hoy deberían ser “articular”, en vez de “estructurar”, y “reconocer” antes que “definir”.

Es posible también porque no hay contradicción entre las fuerzas, sino más bien complementariedad. El objetivo no son los votos de la izquierda, sino los votos del cambio y esos votos no hablan un único lenguaje político. Ursula K. Le Guin no nos dice porqué se van los que se van de Omelas. Nos dice que permanecen silenciosos uno o dos días, y luego abandonan su hogar.

Podemos ha conseguido un lenguaje capaz de canalizar el descontento y resultados espectaculares en plazas tradicionales del PSOE. Eso ha provocado que las miradas se vuelvan a IU y se cuestione porqué le cuesta tanto interiorizar el método que nos mostró el 15M. Estamos tan acostumbrados a crecer moderadamente que ni nosotros mismos creemos poder liderar un proceso de cambio. Y claro que el cabeza de lista aparece en las fotos del Mundo Obrero desde que yo era niño. Y por supuesto que la lista se elaboró teniendo más en cuenta los equilibrios de poder que las urgencias del momento, que la estética es cutre y que muchas veces la imaginación queda sepultada por el aparato. Pero IU es la formación que ha hecho un esfuerzo mayor de convergencia en la izquierda española. Está claro que no ha sido suficiente. Lo que nadie sabe es cuánto puede dejar IU de parecerse a sí misma sin dejar de convocar a los que siempre estuvieron fuera de Omelas. Podemos casi siempre hizo de la necesidad virtud, pero ahora tiene que estructurarse en órganos que publicitarán las discrepancias y atender los fatigosos equilibrios internos para los que ni la tele ni las redes sociales son un remedio. Ojalá el riquísimo patrimonio de errores de IU en este terreno les sirva de referencia.

Nuestra autora nos dice que los que se van de Omelas lo hacen siempre solos y que cada uno de ellos va hacia el oeste o hacia el norte. Esta vez, no puede ser el caso.

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Publicado el
6 de junio de 2014 - 07:51 h

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