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ANÁLISIS

El Pacto del Botánico, un éxito del que nadie quiere desmarcarse

La estabilidad que ha demostrado el gobierno valenciano del cambio político esta legislatura es un capital que condiciona a los tres socios del acuerdo, PSPV-PSOE, Compromís y Podemos, de cara a las próximas elecciones

Los dirigentes de PSPV, Compromís y Podemos firman la última renovación del Pacto del Botánico

Los dirigentes de PSPV, Compromís y Podemos firman la renovación del Pacto del Botánico.

No hay nada que demuestre tan palmariamente el éxito que ha tenido el acuerdo político que se suscribió el 11 de  junio de 2015 en el Jardín Botánico de Valencia como el hecho de que, más de tres años después y a la vista de otras elecciones autonómicas y locales, ninguno de sus tres firmantes quiere romperlo. Es una evidencia que rebate el argumento central usado por la derecha, desde entonces en la oposición, de que las fuerzas de izquierda son incapaces de sacar adelante un gobierno y de que el Consell en sus manos es un desastre.

La estabilidad del Consell del Pacto del Botánico ha sido mayor, como recalca a menudo el presidente de la Generalitat, el socialista Ximo Puig, que la de muchos otros gabinetes valencianos monocolores con mayoría absoluta del PP. Y eso, en buena medida, ha sido gracias a que él y la vicepresidenta Mónica Oltra, como líderes del PSPV-PSOE y de Compromís, respectivamente, se conjuraron desde un principio a que el "mestizaje", en lugar de un problema, fuera una oportunidad de demostrar a la opinión pública que la nueva escena pluripartidista puede gestionarse con un grado de eficiencia homologable al de cualquier otra coyuntura.

Puede decirse que la cosa era muy simple, que se reducía a hacer de la necesidad virtud. Pero se trata de una virtud clave, una condición sine qua non, para hacer política tras el hundimiento del bipartidismo. Un ejemplo del que tomar nota, además, desde otras instancias, singularmente el Congreso de los Diputados y el Gobierno de España, de cara al futuro inmediato.

No es de extrañar, por tanto, que el amago de Puig de estar barajando una convocatoria anticipada de elecciones carezca de verosimilitud. ¿Con qué programa se presentarían los socialistas si hicieran eso a espaldas de sus socios? ¿Con la responsabilidad de haber roto el pacto? ¿Para cambiar de socios en el futuro? ¿Para gobernar sin socios o con Ciudadanos? Una apuesta, en todo caso, para la que no parece el PSPV-PSOE suficientemente poderoso, ni siquiera en expectativas electorales.

Tampoco es de extrañar que la discrepancia evidenciada por Oltra ante la decisión de Puig de votar en el Consejo de Política Fiscal y Financiera a favor del Gobierno que preside Pedro Sánchez, que ha abierto la crisis más importante del pacto en la legislatura, haya demostrado no tener más intención que defender la autonomía de Compromís, su capacidad de presionar en Madrid para que se reforme el sistema de financiación autonómica, uno de los caballos de batalla centrales de la política valenciana por motivos más que fundados.

Y menos hay que extrañar la actitud de Antonio Estañ, el líder valenciano de Podemos, una formación que parecía el año pasado más decidida a poner en jaque los presupuestos de la Generalitat (todos aprobados hasta ahora "en tiempo y forma", como ha resaltado Puig reiteraradamente) que a inicios de este curso. ¿Cómo podría Podemos romper el Pacto del Botánico a unos meses de unas elecciones en las que su mejor opción, además de pactar con Esquerra Unida para que no se pierdan sus votos, es presentarse como la fuerza que ha mantenido, desde el apoyo parlamentario, el contacto de la Generalitat con las inquietudes de la ciudadanía?

No, no ha habido catástrofe alguna esta legislatura, ni se ha hundido el Titánic (la broma preferida de la dirigente del PP, Isabel Bonig, jugando con la palabra Botànic). Como es lógico, resulta discutible el bagaje del Consell de Puig y Oltra, según el punto de vista que se tenga, pero hay argumentos suficientes para sostener que ha dado un viraje importante a la política de la Generalitat en lo que se refiere al impacto social, el control económico, la reversión de algunos recortes y la prevención de la corrupción.

Universalizar la sanidad, desbloquear la gestión de las ayudas a la dependencia, suprimir copagos, recuperar la gestión del hospital de Alzira, volver a abrir una radiotelevisión autonómica (aunque À Punt haya llegado bastante tarde), crear un sistema de gratuidad de libros de texto (Xarxa Llibres), apostar por la educación pública y por un nuevo modelo de enseñanza en valenciano (con la oposición frontal de la derecha y de la sala correspondiente del TSJ) o diseñar un sistema moderno de servicios sociales son algunas de las cosas que pueden apuntarse al bagaje del Pacto del Botánico, actualizado a iniciativa de Podemos en diciembre de 2017.

Precisamente Podemos, cuya decisión de no entrar en el gobierno de coalición al inicio de la legislatura ha pesado negativamente sobre su trayectoria, es la formación que ha pedido la reunión extraordinaria del Pacto del Botánico convocada este jueves en la sede de los socialistas con el argumento de abordar la crisis abierta entre Puig y Oltra. Visualizar el pacto le conviene a la formación morada más que a nadie. Sobre todo si puede presentarse como una especie de árbitro o moderador de conflictos entre los otros dos socios. Ninguno de los tres está dispuesto a renunciar al capital acumulado gracias a aquel acuerdo que oficializó en 2015 el cambio político después de dos décadas de hegemonía de la derecha. Nadie quiere desmarcarse del Botánico.

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