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REGIÓN DE MURCIA

“Nunca recuperé la pasión con que leía terror a los catorce años, pero acabé siendo un experto”

Rafael Llopis, el gran crítico español de la literatura de terror, rompe su silencio con la reedición de su Historia natural de los cuentos de miedo

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Rafael Llopis rompió su silencio casi treinta años después

Rafael Llopis rompió su silencio casi treinta años después

Esta es una entrevista extensa, porque se trata de repasar una vida y una obra enteras. Rafael Llopis (Madrid, 1933) es una figura legendaria para los amantes de la literatura de terror. No sólo estamos ante el gran divulgador de Lovecraft en España (lo introdujo en nuestro país en 1969 junto con el traductor Francisco Torres Oliver con Los Mitos de Cthulhu), sino que es responsable de la fundamental Antología de Cuentos de Terror (Alianza, 1981) que, en tres volúmenes, recoge la evolución entera del género desde Daniel de Foe, pasando por Poe, Dickens, M.R. James y Machen hasta Lovecraft.

La reciente reedición de otra de sus obras clave, la Historia natural de los cuentos de miedo (originalmente publicada en 1974), se ha convertido en la excusa perfecta para que Llopis rompa un larguísimo silencio, producto de un no menos largo retiro. La Historia natural de los cuentos de miedo es el único intento riguroso jamás realizado en nuestro país por compendiar de forma crítica la narrativa de terror. Cuarenta años después, el libro ha sido revisado por el propio Llopis y actualizado con nuevos apéndices del escritor y crítico José Luis Fernández Arellano.

Este libro encarna lo que la figura de Llopis supone dentro de la literatura española: el único estudioso de entidad que hemos tenido en el campo del terror. El único que se tomó en serio el género durante décadas. Desde lo más profundo del franquismo, en una España gris y pacata donde los libros de terror simplemente no llegaban, él amó y trabajó por los géneros más libres y creativos. Su apasionamiento llegó hasta el punto de que, siendo adolescente, aprendió inglés sólo para leer a Sheridan Le Fanu.

Ahora, a sus ochenta años, este psiquiatra que ejerció hasta su jubilación en 1998, recoge el fruto de su intensa y valiosa labor crítica: su prólogo a Los Mitos de Cthulhu sigue considerándose canónico cuarenta y cinco años después, sus libros se reeditan, sus trabajos llegan a las universidades, se ha convertido en una figura reivindicada. España ya no es para el terror el erial que fue durante décadas. Ha habido una explosión de escritores y lectores. Y pocos de ellos no han leído sus Mitos de Cthulhu.

Rafael Llopis, consciente de lo que sucede y de la reivindicación de la que su obra es objeto, afirma con sencillez: “Yo sabía que algún día iba a pasar” y bromea con la posibilidad de “vestirme de gótico para salir del armario” en el próximo acto al que lo inviten.

Durante nuestro encuentro, este hombre de mirada honesta y voz cautivadora conversa con humor y sencillez. Con espiritualidad y sin vanidad alguna. Se desvela como un profundo pozo de sabiduría. Pero hay también en él un vocacional contador de historias. Un amante de lo increíble y lo sobrenatural que sale a relucir cada vez que salpica la entrevista con anécdotas de su pasado, leyendas fantásticas o con las historias de miedo que más placer le han causado. En el apasionamiento con que relata todas estas cosas reside la energía que movió al un día joven Llopis a convertirse, sin pretenderlo, en la gran figura del terror español en el siglo XX.

Usted me lo pide, pero me cuesta tutearle.

Escucha una cosa: los árabes dicen que la tercera persona es el pronombre de la ausencia, y la segunda el de la presencia, así que tutéame.

De acuerdo, lo intentaré: a tus ochenta años, ¿sigue interesándote la literatura de terror?

Sí, claro. Lo que pasa es que nunca he logrado recuperar la pasión con que empecé a leerla a los catorce años. Aquellos dos años en que leí tanto. Pero resulta que acabé siendo un experto en la materia.

¿Qué le aportaron los cuentos de miedo al joven Rafael Llopis?

En aquel momento se convirtieron en mi manera de acercarme a, podemos decir, lo espiritual. Algo hacia lo que siempre he sentido una gran atracción.

Creciste en la España de los cuarenta, en plena posguerra. Imagino que entonces no sería fácil acceder a la literatura de terror.

Claro. No había nada de nada. El terror estaba completamente desterrado de la mentalidad de la gente. Lo poco que había lo agoté enseguida.

¿Cómo descubriste el terror?

Fue con Poe. De niño él era para mí el símbolo del terror. Porque mi padre tenía un libro suyo de cuentos y yo no podía ni abrirlo: me producía un miedo espantoso. En concreto había una lámina de Los crímenes de la calle Morgue en la que aparecía un ser peludo que pretendía ser un mono y que me daba un miedo horrible. Luego, ya con quince años, fui con mis padres de vacaciones a un pueblo de Guadalajara. Para leer me llevé un maletín entero con libros de Doc Savage y La sombra, unos clásicos del pulp que entonces publicaba aquí la editorial El Molino. Pero leí tan rápido que el pasto literario se me acabó enseguida, y aún quedaba verano por delante. Entonces fui a la biblioteca del pueblo y saqué un libro de Poe. Y descubrí que ya podía leerlo. Y así empezó mi pasión por el terror: con Poe.

Una vez descubierto Poe, ¿con qué libros te iniciaste?

Con lo que había en la biblioteca de mi abuelo, con los cuentos de fantasmas de M.R. James, con Drácula y con los relatos de Sheridan Le Fanu. De hecho aprendí inglés leyendo a Le Fanu con la ayuda de un diccionario. Luego, el día en que terminé el Bachillerato, con diecisiete años, me fui a La Casa del Libro y me compré una antología en inglés, muy gorda, que se llamaba Cuentos de terror y de lo sobrenatural. Esta antología tuvo una gran influencia en mí. Ese mismo verano de 1950 me puse a traducir como un loco todo el terror en inglés y francés que tenía.

¿La literatura macabra ya te atraía de niño?

Más bien me producía un terror insoportable. De pequeño tenía un tebeo con un personaje de cara cadavérica en la portada. Y me daba tanto miedo que lo tenía metido debajo de un montón de tebeos, detrás de la puerta, para no verlo.

¿Entonces cómo nació tu pasión por el miedo?

Pues nació de manera misteriosa (se ríe): fue por un sueño.

¿Un sueño?

Sí, un sueño me abrió las puertas de esto. Resulta que yo había veraneado con mi familia un par de veces en la Dehesa de la Villa. Allí había un pinar con trincheras de la Guerra Civil. Los niños jugábamos por ahí. Después de cenar, los mayores sacaban sillas y se ponían a charlar bajo un farol. Los pequeños nos contábamos historias de miedo. De hecho habíamos visto, o imaginado ver, no sé, un fantasma por ahí. Y nos daba un miedo terrible. Un par de años después soñé que estaba en ese lugar, de noche. Yo estaba ante una zanja de la trinchera, pero a la vez era como una tumba abierta. Me asomaba y dentro había un cadáver horroroso. Al verlo empecé a gritar para despertarme. Pero no funcionó. Entonces aparecieron en el sueño mi padre y mi abuelo. Me cogieron cada uno de un brazo, me acercaron a la zanja y me dijeron: “Mira, tienes que acostumbrarte a esto”. Entonces me dieron una bandeja como las de los vendedores ambulantes y me pusieron el cadáver ahí. Pero para entonces el cadáver era una especie de arlequín de madera y yo lo llevaba. Y me encontraba a mis hermanas y les decía: “¡Si es muy gracioso!”. (Risas)

¿Quizás ese sueño tiene que ver con que tu padre fuera psiquiatra y te empujara a la profesión?

No me empujó. Me obligó a ser psiquiatra.

¿No te interesaba la psiquiatría?

Nada. Después me he alegrado mucho de ser psiquiatra. Pero entonces yo estaba desesperado.

Es curioso que un apasionado del terror sobrenatural haya consagrado su vida a una ciencia con una visión tan materialista del ser humano.

Sí, sí. Es así. La psiquiatría es materialista. Existen el cerebro, un sistema metabólico y punto. Como decía un MIR al que conocí, la psiquiatría es medicación, un par de consejos y palmaditas en la espalda.

Lovecraft afirmaba que los escritores materialistas son los verdaderamente capacitados para describir lo sobrenatural porque, al no creer en ello, lo ven como una atroz violación de la realidad. Y pone como ejemplo a Sheridan Le Fanu.

Le Fanu era medio místico, y seguidor de Swedenborg, una especie de visionario sueco. Lovecraft sí era ateo.

Volvamos a tu juventud. Hablemos de tu padre.

Él tuvo un cargo en el ejército republicano. Médico, pero de cierta importancia. Fue director de un hospital. Y claro, después de la guerra fue ninguneado. No lo persiguieron, pero lo echaron de su trabajo. Por rojo. En aquella época vivimos muy mal. Recuerdo a mi madre llorando. Diciendo que no llegábamos a fin de mes. Pero entonces mi padre entró a trabajar en correos. Y allí, paradojas de la vida, en vez de ser el rojo de turno se convirtió en alguien respetable, porque resulta que un hermano suyo telegrafista, miembro de la Falange, había sido asesinado por unos anarquistas en Alicante. Así que, lo que son las cosas, en la medicina mi padre era un rojo y en correos el hermano de un héroe.

De médico de prestigio a empleado de correos.

Es que resulta que mi abuelo obligó a sus ocho hijos varones a hacer oposiciones a telégrafos. Y después que hicieran lo que quisieran. Así que mi padre se sacó la plaza y luego estudió psiquiatría, que era lo que realmente le interesaba. Por eso pudo entrar en correos.

Y quiso que su hijo viviera la misma pasión que él.

Él era un teórico. Le interesaba muchísimo la conciencia. A mí también. Pero por otros motivos. La pasión de mi padre por la psiquiatría le venía de la adolescencia, cuando aprendió a hipnotizar con un libro de mi abuelo, que también era psiquiatra. Entonces, con catorce años, queriendo hacer una broma, mi padre hipnotizó a la criada. Y luego se asustó muchísimo porque no sabía cómo despertarla. Esa experiencia le causó tanto efecto que estudió medicina por eso: porque le interesaba la hipnosis. Y durante la carrera se hizo famoso entre los estudiantes porque se le daba muy bien y se dedicaba a hipnotizar a la gente.

En 1963 publicaste la primera de tus antologías: Cuentos de terror, en la que abarcas toda la historia de la literatura de miedo. ¿Cómo nació?

Nació por rabia. Me explico: López Ibor sacó una antología de terror que era horrorosa. Un auténtico fraude. Ni siquiera se molestó en hacer la selección de los cuentos. De eso se encargaron los de la editorial. Él se limitó a escribir un prólogo en el que lo único que hacía era demostrar que no tenía ni idea. López Ibor era mi jefe entonces, en el hospital psiquiátrico en el que yo hacía prácticas. Él se había portado mal con mi padre, así que yo le tenía una inquina especial. Por eso, en parte por tocarle las narices y en parte por hacer una buena antología, cogí todos los materiales que tenía yo traducidos y con ellos compuse el libro.

¿Te refieres a las traducciones que hiciste con apenas diecisiete años?

Sí. Lo tenía todo guardado en un cajón y, después de diez años, lo saqué. Me puse en contacto con un par de editoriales y a Taurus le interesó.

En 1981, dos décadas después, esta antología se reeditó con Alianza. Y hoy sigue vigente. ¿Qué aportó la nueva edición?

Retiré el prólogo y el epílogo. El epílogo era un cuento de Bradbury en el que hablaba que un mundo en el que la literatura fantástica ya no le interesaba a nadie. En el momento en que lo reedité esto no era así, de modo que opté por quitar ese relato, que daba un toque pesimista con el que ya no estaba de acuerdo. También añadí un cuento estupendo que, no sé por qué, no había incluido en la primera versión: La mujer alta, de Pedro Antonio de Alarcón.

En 1969, junto al traductor Francisco Torres Oliver, publicaste Los Mitos de Cthulhu, el libro que introdujo a Lovecraft en España. Hoy esta antología se considera canónica y se reedita continuamente. Varias generaciones de lectores han conocido el horror cósmico gracias a ella. ¿Cómo descubriste a este autor clave?

Yo había leído algunos cuentos suyos de joven. Cosas dispersas. Pero de él no sabía nada. Sólo su nombre, que me resultaba tan pintoresco: Lovecraft, como “técnica amatoria”, ¿no? Y desde luego su escritura tenía algo fascinante. Ya después, en los años sesenta, trabajando como traductor de la OMS en Ginebra, yo solía ir a las librerías de allí. O a las de París, adonde iba en el tren nocturno. Y en cuanto veía un libro de terror me lo compraba. Ya era un técnico en la materia. Fue allí donde me encontré con cantidad de cuentos de Lovecraft y de su círculo. Y llegó un punto en que me di cuenta de que con todo ese material podía hacerse una antología fenomenal.

No me explico por qué tienen tanto éxito los zombis hoy en día; a veces me pregunto si no será porque algunos jóvenes se identifican con ellos

Menudo tesoro: todas esas historias esperando a ser traducidas al español…

Sí, pero no me apetecía nada traducir. Porque en Ginebra ya me pasaba el día enfrascado con unos textos horrorosos: “El delegado de Mali pide la palabra y anuncia que no sé qué, no sé cuántos…” Todo en ese plan. Una cosa horrible. Así que un día, estando en casa de Paco (Francisco Torres Oliver), se me ocurrió proponerle que se encargase él de la traducción y yo de la selección y el prólogo y le pareció buena idea. De hecho esa fue su primera traducción. Luego se convirtió en un traductor muy importante y premiado.

¿En esa época Lovecraft era ya un autor reconocido a nivel internacional?

En Estados Unidos sí. En Europa algo, pero tampoco mucho.

Entonces fue una apuesta arriesgada. ¿Tenías fe en que Lovecraft funcionaría en España?

No pensé en el éxito. Sólo pensaba en que quería publicar en español ese material tan bueno, como un regalo a la sociedad. Y funcionó. Yo creo que el prólogo es la clave de la trascendencia que tuvo el libro, porque dejaba claro que aquello no era pulp. Eso movió a muchos intelectuales a interesarse por Lovecraft.

Y la antología se convirtió en un éxito.

No fue un éxito inmediato. Fue poco a poco. De pronto, ya en los setenta, empecé a cruzarme con jóvenes que iban con el libro por ahí. Aquello me sorprendía mucho. Y ahora ha habido un rebrote de interés por los mitos. De hecho sigo cobrando derechos todos los años.

En aquel tiempo lo fantástico no tendría mucho prestigio en la literatura española, donde primaba lo realista.

Así lo dije una vez en un artículo en ABC: que nuestra literatura era demasiado seria. Y eso me mereció algunas críticas.

Pero lo cierto es que si uno intenta rastrear lo fantástico en la literatura española de finales del XIX y del XX lo va a tener difícil.

No se encuentra nada. Pío Baroja tiene algún cuento que está bien. Luego Emilio Carrere. Pero poca cosa más. El terror estaba desterrado y mal visto en España. Hay incluso una novelita corta de Don Juan Valera, La buena fama, en la que se deshace en disculpas al lector por hablar de fantasmas.

Debías de sentirte un poco solo siendo el único experto en literatura de terror de todo el país.

En realidad, después de sacar la antología de 1963, dejé el terror completamente. Ya no me interesaba. Creía haber dicho lo que tenía que decir. Que eso era todo y adiós. Pero entonces, en 1969, apareció Lovecraft. Y se me volvió a despertar el deseo de mostrar a la gente algo que me gustaba mucho.

Tu siguiente libro, Historia natural de los cuentos de miedo (1974), se convierte en otro gran hito: es el primer estudio crítico de la historia de la literatura de terror escrito en nuestro país.

Pues todo empezó porque el laboratorio Ibys (Instituto de Biología y Sueroterapia), que publicaba un boletín mensual, le propuso a mi padre que escribiera una serie de artículos sobre fisiognómica. Él dijo que no, que estaba en otras cosas, pero que tenía un hijo al que le gustaban esas cosas raras. Y entonces me lo propusieron a mí. Y mis artículos tuvieron mucho éxito. Estuve doce años publicándolos. Claro, al final estaba muy agotado el tema. Los propios lectores me decían que a ver si escribía sobre otras cosas. Así que cambié y empecé nuevas series: sobre la magia, sobre los naipes, la historia de los naipes. Y después se me ocurrió hacer una historia de los cuentos de terror. Y la estuve escribiendo de 1966 a 1972.

Y en 1974 todos los artículos se compendiaron como libro en la Historia natural de los cuentos de miedo.

Sí. Con la editorial Júcar. Y de hecho en el prólogo dije que no estaba de acuerdo con gran parte de las cosas que yo mismo afirmaba en el libro. Habían pasado ocho años. Ciertas experiencias habían cambiado mi punto de vista sobre algunos asuntos, entre ellos la literatura de terror. Pero aun así me pareció interesante publicarlo, porque contenía mucho material e información. En la nueva edición de Fuentetaja (2013) sí he corregido y revisado todo lo que no me gustaba.

El libro es de lectura obligatoria para los amantes del terror. Arrojas luz sobre puntos que suelen permanecer a oscuras en la historia de la literatura española, como cuando explicas por qué los cuentos fantásticos y de miedo triunfaron durante el XIX en toda Europa menos aquí. Las dificultades de escribir terror en España.

En efecto. Esos son temas sobre los que no ha escrito nadie. Sobre los que no se ha dicho nada. La Inquisición y las autoridades españolas hicieron todo lo posible para que las ideas del Romanticismo no entrasen aquí. Así que el gusto por lo macabro y lo sobrenatural sólo nos llegó de manera marginal y edulcorada, y con el componente de la moralina, como sucede por ejemplo en Don Juan Tenorio.

Con la Iglesia hemos topado.

Es que, aquí en España, que los escritores entraran en cosas de fantasmas, de espíritus y del Más Allá la Iglesia no lo iba a permitir, porque ese era su coto. No iban a dejar que les tocasen su territorio exclusivo.

El subdesarrollo de España en cuanto a literatura de terror se extiende también a la crítica y a los estudios académicos.

Bueno, por lo visto hoy en día ya no es como entonces. Parece que hay más especialistas. Que se hacen estudios. Que el terror ha entrado en la universidad.

Pero tú fuiste el único que se tomó en serio el género durante décadas en este país. El único estudioso de entidad que hemos tenido.

Si te digo la verdad, llegué a esto por accidente.

Entonces, cuando empezaste a escribir los artículos que compondrían la Historia natural de los cuentos de miedo, ¿no estabas pensando en llenar un vacío académico?

No. En realidad el libro nació más o menos cínicamente. Del decirme: “A ver qué puedo escribir yo para Ibys y que me sigan pagando 1.500 pesetas al mes”, que en esa época se notaban. Y simplemente pensé: “Pues escribiré sobre esto, ya que sé del tema. Voy a verterlo y así que la gente se entere”.

Pues tu historia del terror no podía reeditarse en mejor momento: ahora en España, por fin, se publica muchísimo género. Hay interés en el tema. Y gran cantidad de lectores y escritores, la mayoría muy jóvenes. Es una explosión. El miedo gusta.

Efectivamente. Quién iba a decirme a mí que lo gótico iba a convertirse en una moda del vestir.

Y los zombis.

Lo de los zombis… Bueno… No me explico por qué tienen tanto éxito. A veces me pregunto si no será porque algunos jóvenes se identifican con ellos. Son zombis que proceden de la película esta de Romero, ¿no? Pero esos no son los zombis de verdad. Se parecen más bien a los gules, que son unos seres que viven en los cementerios y que nunca se alejan de sus tumbas. Y si se te ocurre pasar por ahí, se te comen.

Uno de los éxitos del fenómeno zombi es Orgullo y prejuicio y zombis. Y también hay versiones zombis del Quijote o del Lazarillo de Tormes.

¡Qué espanto!

¿Cómo son los auténticos zombis?

Son los del Caribe: Haití, República Dominicana… Que no comen carne, sino basura, como los cerdos. Lo que dice la tradición es que, cuando muere una persona, los familiares hacen guardia durante días delante de la tumba para asegurarse de que no venga el houngan, que es una especie de brujo. Porque el mago este saca el cadáver, le hace unos ritos que le dan una fuerza sobrenatural y entonces el muerto sale de la fosa y obedece ciegamente.

¿Y qué hace el hougan con él?

Lo pone a cortar caña de azúcar.

Eso lo cuentas en tu única obra de ficción: El novísimo Algazife o Libro de las postrimerías.

Sí. Ese libro empezó como una serie de artículos sobre los personajes de la literatura de terror, también para el boletín de Ibys. Pero al final se me fue de las manos y se convirtió en El novísimo Algazife. En esa época estaban ocurriendo en mi vida unas cosas tremendas. Y claro, se reflejaron en esos escritos. Entonces yo estaba estudiando árabe. De hecho “Algazife” viene de una palabra árabe que significa “aullido del desierto” y se refiere a un viento que transporta las voces de los Yinn. De los genios. Y que sabiendo escucharla bien puedes enterarte de cosas…

¿Qué piensas del gore?

A mí eso no me parece terror, sino asco. Esas películas explotan el miedo a morir y al dolor físico, y no el miedo a lo sobrenatural.

¿Y de la infantilización y banalización del terror que vivimos últimamente? Las Monster High, los vampiros adolescentes…

Ah, sí, sí… Es curioso, ¿no? Que el monstruo de Frankenstein haya terminado anunciando galletitas. Y creo que también había un polo que se llamaba Drácula, ¿no?

Sí, pobres vampiros…

En verdad el vampiro no tiene nada de guapo. Es un ser momificado, un demonio, que sobrevive, o mejor dicho, sobremuere, alimentándose de la sangre de los otros. Y no son condes exóticos, sino campesinos.

¿Qué es lo mejor que se ha escrito sobre ellos?

La primera mitad de Drácula, Carmilla de Le Fanu y un cuento de Robert Erwin Howard que se llama Palomas del infierno… y que se desarrolla en el Oeste.

¿Sigues leyendo ficción?

Poca. De noche leo novelas policíacas.

¿El concepto de terror ha cambiado mucho desde que nació como género literario hace apenas dos siglos y pico?

El cuento de terror empieza por el cadáver. Con el fantasma que va por el castillo haciendo ruido de cadenas. Esa es la parafernalia gótica. Después, en la era victoriana, el relato se hace realista y de breve extensión. La ghost story. Le Fanu, M.R. James y toda esta gente eran completamente realistas. Sus cuentos iban de un señor normal, que iba a su club, y de repente le empezaban a pasar cosas raras. Y después de una época larga en que hay mucha gente que escribe según este estilo, aparecen los que yo llamo en la Historia natural de los cuentos de miedo los “mutantes”, que son sobre todo Arthur Machen y Algernon Blackwood, unos señores que acaban con la parafernalia gótica. Allí ya no hay ni castillos, ni noches de tormenta, ni fantasmas, ni nada de eso, sino que todo se produce muchas veces a pleno sol y lo sobrenatural toma la forma de espíritus y dioses paganos que están allí y que no son tan benévolos como parecen.

¿Lovecraft da el último paso?

Sí, porque él ya nos habla directamente de dioses. Ahí no hay fantasmas ni demonios.

¿Qué te parece el terror de las últimas décadas?

Lo último que he leído que me ha parecido muy bueno es Stephen King, pero su producción anterior a It. Cosas como El cementerio de animales o La zona muerta.

Stephen King encarna el regreso del terror a la novela tras un periodo larguísimo en que había primado el cuento.

Sí, pero eso es por una razón material más que otra cosa: los cuentos no son rentables para los escritores, y las novelas sí. Pero es curioso que el terror empezó siendo novela, con la narrativa gótica de principios del XIX, luego se volvió cuento realista en la época victoriana y ahora vuelve a ser novela.

¿Y por qué tardó tanto en nacer como género?

Es cierto que tardó. Aunque hay cosas sueltas antes en Plinio, Lope de Vega o Shakespeare. La primera novela de terror es El castillo de Otranto, que la escribió Horace Walpole en 1764. Así que, curiosamente, el terror surge como género en pleno auge del racionalismo. Y esto tiene una explicación: el racionalismo desacredita lo sobrenatural. Considera pura superchería creencias que hasta entonces habían formado parte de la vida cotidiana. Eso va a permitir que la gente se acerque al miedo, pero ya como algo lúdico. Entonces nace la literatura de terror.

¿Cómo son estos primeros pasos del género?

Pues surgen, en sintonía con el Romanticismo, lo que yo he llamado raíz blanca y raíz negra del terror. La raíz blanca viene de Alemania. Son cuentos más fantásticos que terroríficos, protagonizados por hadas y por seres de la tradición germánica. La raíz negra es la macabra. La del cadáver, el fantasma, el castillo en ruinas, los aullidos… De hecho, en el siglo XIX a la novela gótica se la conocía también como novela negra. Los alemanes empezaron cultivando el terror de raíz negra, pero se pasaron enseguida a la blanca. Y al final fueron los ingleses los que mejor literatura macabra hicieron. En esa famosa velada en Ginebra en la que Polidori y P.B. y Mary Shelley apostaron a ver quién escribía la mejor historia de terror y de ahí surgió Frankenstein, la idea se les ocurrió después de leer unos cuentos de fantasmas alemanes. Es como si ese encuentro simbolizase el paso de la raíz negra de Alemania a Inglaterra.

¿La fascinación del fantasma es algo superado o siempre va a ser fuente de historias de miedo?

Yo creo que sigue dando miedo. Una vez lo escribí medio en broma en un artículo: los fantasmas son aquella gente del Más Allá que está más cerca de nosotros, porque han sido humanos. Son los primeros que aparecen cuando uno empieza a meterse por el mundo este. Pero luego hay otra serie de cosas no humanas que van saliendo después. Por ejemplo, en los cuentos de Arthur Machen o Algernon Blackwood los fantasmas dejan paso a otras entidades y espíritus de la naturaleza como el Wendigo.

En 1985 publicaste el ensayo El cuento de terror y el instinto de la muerte, ahora reeditado dentro de la Historia natural de los cuentos de miedo. Es tal vez tu obra más personal, en la que, aunando literatura, filosofía y psiquiatría, analizas la raíz última de la necesidad humana de pasar miedo con historias y la defines como el instinto de la muerte. ¿Qué es este instinto de la muerte?

El que habla del instinto de la muerte es Roberto Noboa Santos, un médico español contemporáneo de Freud. Fue muy conocido en su época. Yo todavía lo estudié en la carrera. Pues este hombre tenía un librito que se llamaba El instinto de la muerte en el que dice que éste es una nostalgia, un deseo de morir, que puede darse en personas que ya han vivido demasiado y que se manifiesta en la forma de un éxtasis parecido al de los enamorados. Freud habla también de instinto de la muerte, pero él se refiere a un deseo de destruir producto de la represión sexual. No tiene nada que ver. Entonces, de lo que yo hablo en el ensayo es del instinto del Más Allá, algo que he sentido toda mi vida. Una atracción que se manifestó al principio con las historias de fantasmas y después por otras vías que podemos definir como espirituales.

 

A Rafael Llopis le divierte que, al terminar la entrevista, queramos hacernos fotos con él. Al parecer no es la primera vez que esto le sucede en los últimos tiempos. “¡Hasta me han pedido autógrafos!”, comenta.

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