CV Opinión cintillo

València generosa

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Siempre me llama la atención que atribuyamos a la ciudad virtudes que suelen referirse a los seres vivos. No sé si la ciudad puede ser generosa o no, si acaso puede favorecer la generosidad, no hacerla imposible, facilitar su desarrollo. Pero la generosidad es más propia de la ciudadanía que la habita y, en eso, si me lo permiten, València es la capital de la generosidad, sin duda.

Porque todo el reconocimiento colectivo que está teniendo ahora nuestra ciudad hasta ponerla en la cúspide de la convivencia, no solo se debe a la aplicación de políticas adecuadas, que sin duda también, sino sobre todo a sus habitantes.

El viejo lecho del Turia, cuando perdió su condición de río, estaba destinado a ser una autopista moderna para llegar al puerto. Eso, en un momento en el que la ecología era un valor minoritario y las infraestructuras viarias símbolo de progreso.

El poder lo tenía así proyectado, con orgullo y satisfacción. Pero la ciudadanía dijo no, precisamente en una situación política en el que eso era arriesgado.

Es fácil contarlo ahora, muchas veces se ha explicado, pero nadie habla de la trastienda, porque entonces supuso un enorme esfuerzo. Supuso invertir trabajo, tiempo, incluso dinero para defender esa idea. Supuso una generosidad a raudales difícil de imaginar. Y se consiguió. Hoy, los Jardines del Turia son el eje articulador de la ciudad, el ejemplo asombroso de una infraestructura verde única. Todo porque los davides de la convicción vencieron al goliat del falso progreso. Y nadie rentabilizó personalmente el éxito, nadie se colgó la medalla. Fue la ciudadanía. Pura generosidad.

Y no fue casual. Ya había sucedido antes en el Saler. El poder pensaba en urbanizar y la ciudadanía soñaba con las dunas, los pinos, los valores del litoral. El trabajo colectivo salvó el paisaje, salvó el hábitat de muchas especies, salvó los espacios naturales. Lo público se puso por delante del negocio y la generosidad marcó un camino lleno de reuniones, asambleas, manifestaciones, esfuerzos. Nada fue gratis.

No se asombren, porque volvió a ocurrir. En el maldito plan parcial 13, las playas de Levante y Malvarrosa estaban condenadas por otra autopista. Qué obsesión. Parece una pesadilla pero era así. Sin embargo se libraron de semejante amenaza y llegó el paseo marítimo, ese que disfrutamos ustedes y yo. Y ¿saben?, fue la movilización ciudadana otra vez, la rebeldía anónima del sentido común.

Y hay más, sucedió en el Cabanyal donde la humilde ciudadanía tuvo que explicar al altivo poder lo que es el patrimonio arquitectónico habitado, lo que es un barrio con historia, lo que es la vida urbana. Una campaña ejemplar de años con gente generosa detrás salvó a un barrio que es fundamental para entender la ciudad. Como ocurrió con el Botànic que hoy estaría a la sombra de un moderno hotel con vistas, y sin embargo descansa tranquilo dando cobijo a quien se acerca, sean personas o sean animales.

Todo ello son ejemplos de hitos fundamentales que a lo largo de décadas han puesto a València en el mapa que queremos estar. No en el del despilfarro, no en el de las trampas y los abusos, sino en de la convivencia, el diseño, la ecología, la alimentación sana. En definitiva en el de la generosidad.

Ahora les propongo un juego. Cerremos los ojos e imaginemos cómo sería la otra València. Con su urbanización en el sur y sin el Parque Natural de L’Albufera. Con una flamante autopista porel viejo cauce sin paseo alguno, sin vegetación, sin fiestas de cumpleaños. Con otra autopista por las playas del norte, sin paseo marítimo, sin noches a la fresca. Con un Cabanyal partido en dos perdiendo su identidad de poblado marítimo.

Abrimos los ojos, sonreímos, solo ha sido un juego, qué alivio. Y los volvemos a cerrar para soñar con una ciudadanía convencida que sigue. Y pone límites a un puerto depredador que destruye el litoral, lo altera, lo desprecia. Una ciudadanía que reivindica la recuperación del Nuevo Cauce para que deje de ser una cicatriz mal curada y se convierta en un nuevo espacio que protege a la ciudad, claro, pero se acerca a ella ofreciéndole posibilidades, conexiones, vida. Y más cosas que podemos soñar porque, desde el presente, miramos al futuro.

Y no, no abran los ojos todavía, sigan soñando con la gente de esta ciudad que trabaja para todos y todas sin pedir nada a cambio, solo vida digna. Y ya que soñamos, reivindiquemos un monumento a esa gente, y no lo digo en sentido figurado. Me refiero a un lugar donde nos reconozcamos como protagonistas que somos, como agentes activos de la realidad ciudadana, que suponga un reconocimiento material al activismo urbano anónimo que cambió nuestra ciudad para siempre y que quiere seguir cambiándola. Un activismo solidario, constante, que nos ha regalado esta València que tenemos. Una ciudad capital de muchas cosas merecidas pero que, sobre todo, es capital de la generosidad.

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