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Elche-Estambul en bici, del placer de viajar al compromiso con los refugiados

El joven Javier Espinosa pedalea más de 5.000 kilómetros en 8 meses, dos de los cuales los ha pasado en el campo de refugiados de Pikpa, en la isla griega de Lesbos, donde ha conocido de primera mano el drama de las personas que siguen atrapadas allí

Javier con su bici en Estambul

Javier con su bici en Estambul

Dicen que los 30 años marcan el paso de la juventud a la madurez. Javier Espinosa los celebró en una playa de Quíos con un alemán que, como él, había decidido dejarlo todo para pedalear. Era 15 de septiembre y hacía cinco meses que había salido de casa con algo de ropa de verano, una tienda de campaña, su bicicleta y la congoja de su familia, que lo había tachado de loco.

Ahora, ha vuelto a casa por Navidad, “ya ves, ha caído así”, dice. Llegó a Elche hace una semana, un día antes del Sorteo de la Lotería, aunque para fortuna, la suya. En algo más de 5.000 kilómetros, no ha tenido percances reseñables. “Ha ido todo genial, demasiado bien y a veces pienso que me he sentido demasiado afortunado”, relata.

¿Por qué marcharse? ¿Por qué en bici? “Siempre había tenido el gusanillo de viajar. En Sudamérica, donde pasé diez meses de mochilero, se te quitan los miedos y descubres que hay mucha gente que viaja de cualquier manera, andando, en tren, o en bici y me dije que como me gusta el deporte, tenía que probar a hacerlo”.

De hecho, en el “paseo” por Europa, convertido en “la mejor aventura” de su vida, ha descubierto a gente que lleva 15 o 20 años montados a la bicicleta pedaleando por lugares recónditos. “Al principio pareces un loco, un extraño cuando estás en tu mundo y con tu gente y luego resulta que el menos loco de todos eres tú”, suelta con sorna.

Y fruto de esa filosofía de viajar sin billete de vuelta, “que es lo más fantástico que hay”, acabó pasando 20 días en Eslovenia, por ejemplo, y luego se desvió hacia Atenas primero para desembarcar en Lesbos más tarde. En la isla griega, convertida en una cárcel para miles de refugiados, estuvo dos meses de voluntario en el campo de Pikpa.

En ese lugar, conocido por estar autogestionado por personas de diferentes nacionalidades y por acoger a personas altamente vulnerables, Javier se topó con un perfil habitual, el de mujeres que habían llegado solas con hijos. Así conoció a una joven de 25 años con un bebé. “Posiblemente la habían violado como a otra mujer de Angola que tenía tres hijos”.

O cómo olvidar a Mohamed, un hombre que vivía en Pipka con su madre. Los dos residían en Siria hasta que la guerra les expulsó. Señala Javier que Mohamed estaba muy implicado con los proyectos que allí desarrollaban organizaciones como Lesvos Solidarity y recuerda especialmente el día en el que rompió a llorar porque se acababa de marchar otro chico que llevaba año y medio con él en el campo. En ese momento, Mohamed se había convertido “en el más antiguo de allí”, un campo que este verano corrió el peligro de cerrar sus puertas al ser considerado "peligroso para la salud pública y el medio ambiente" en un informe de las autoridades de la Región del Egeo Septentrional. Dos años después, sigue atrapado en este enclave, “sin poder volver a su país y sin poder avanzar por las políticas europeas”, dice con resignación Javier.

Tras aportar su “granito de arena”, abrir “la mente y el alma” gracias a tantas personas que conoció de diferentes culturas, y confirmar “con enorme pena”, que somos una sociedad “que seremos estudiados en el día de mañana por haber dado la espalda a la mayor crisis humanitaria que ha habido”, este licenciado en Investigación y Técnicas de Mercado se volvió a subir a la bicicleta.

Y así llegó a su destino, Estambul. “No era un destino fijo, era un objetivo que me puse para avanzar, no para llegar y solo me apetecía entrar en Asia con la bicicleta tras recorrer Europa”. De hecho, su idea inicial era llegar a Irán o Azerbaiyán, pero Lesbos le tuvo ocupado más tiempo del que había imaginado y se le complicaba la intendencia al solo tener ropa de verano y morriña por volver a ver a sus amigos y familia.

En Elche, su ciudad, también le espera un nuevo trabajo que en este tiempo fuera le han ofrecido unos amigos. Javier se marchó en abril como trabajador autónomo especializado en el marketing online. Ahora quiere enfocarse en el sector de la cooperación y la comunicación.

¿Y cuándo volverás a coger la bici? “La volveré a coger, pero no será ésta”. No la quería facturar en el avión de vuelta y pensó en venderla en Estambul para sacar algo de dinero, pero si he aprendido algo en este viaje es a dar, siempre la gente me ha estado ayudando y una cosa que quiero soltar es lo que más he querido a nivel material, que es mi bici”.

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