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El desafío diario de ser niño en Aida

2014 fue el año de la última gran ofensiva militar en la franja de Gaza en la que fallecieron violentamente 2214 palestinos de los cuales más de 500 eran menores

“Salió de la escuela a mediodía y volvió a casa. Pidió permiso a su madre para jugar con sus amigos y pocos minutos después nos avisaron de que estaba herido"

Aida, situado en la ciudad palestina de Belén, a escasos 8 km de Jerusalén, ha quedado al pie del muro de separación que Israel ha construido a lo largo de Cisjordania y en torno a Jerusalén. 

Shadi Obeidallah, padre de Abdulrahman Shadi

Shadi Obeidallah, padre de Abdulrahman Shadi Beatriz Lecumberri / Campamento de refugiados de Aida, Palestina

A la entrada del campo de refugiados palestinos de Aida hay una pared negra con decenas de nombres escritos en blanco. Son los niños muertos a manos de Israel en 2014, año de la última gran ofensiva militar en la franja de Gaza en la que fallecieron violentamente 2214 palestinos de los cuales más de 500 eran menores.

Abdulrahman Shadi murió al pie de esta triste lista, exactamente al lado de la bandera de Naciones Unidas que ondea en la oficina de la UNRWA situada a la entrada del campo. Fue alcanzado en el corazón por el disparo de un soldado israelí hace casi tres años.

“El 5 de octubre de 2015”, precisa su padre, Shadi Obeidallah, un hombretón de 42 años nacido en Aida y que trabaja actualmente como recadista para UNRWA.

“Salió de la escuela a mediodía y volvió a casa. Pidió permiso a su madre para jugar con sus amigos y pocos minutos después nos avisaron de que estaba herido. Cuando llegamos al hospital, vi a mi hijo en una camilla echando sangre por la boca. Estaba muerto pero nadie se atrevía a decírmelo”, recuerda Shadi, haciendo esfuerzos para contener las lágrimas. “No le dio tiempo ni a comerse las galletas que su madre le había dado”, piensa, en voz alta.

El punto donde Abdulrahman cayó muerto es escenario frecuente de enfrentamientos entre habitantes del campo y soldados israelíes. Aida, situado en la ciudad palestina de Belén, a escasos 8 km de Jerusalén, ha quedado al pie del muro de separación que Israel ha construido a lo largo de Cisjordania y en torno a Jerusalén. La presencia militar israelí se siente ininterrumpidamente en el campo, debido a las torres de vigilancia repartidas a lo largo de ese impresionante muro de hormigón que cerca Aida y aumenta la sensación de asfixia y aislamiento de sus más de 5.500 habitantes.

Shadi Obeidallah, padre de Abdulrahman Shadi, en frente del mural en memoria de su hijo.

Shadi Obeidallah, padre de Abdulrahman Shadi, en frente del mural en memoria de su hijo. Beatriz Lecumberri / Campamento de refugiados de Aida, Palestina

Abdulrahman no estaba tirando piedras a los soldados israelíes cuando recibió el disparo fatal. Sus amigos explican que mientras jugaban se desplomó de repente.  El ejército israelí se limitó a explicar que fue alcanzado “por error”.

“Lo único que yo sé es que perdí a mi hijo. Esa es la única verdad”, repite en voz baja Shadi.

La muerte de Abdulrahman ha trastornado para siempre la vida de sus padres y sus cuatro hermanos, les ha llenado de miedo y de tristeza. A Shadi, un hombre sencillo y trabajador, le cuesta mostrar su pena y hablar de las heridas del alma: “Hay momentos en casa en que todos terminamos llorando pensando en él. Vengo a trabajar, hablo con la gente y pareciera que mi vida es normal pero no lo es. A veces  me encierro en una habitación, solo y en silencio, para recordar momentos vividos con mi hijo. Tengo miedo de que se me olviden”.

La familia de Shadi es refugiada de Al Qabu, un pueblo situado cerca de Jerusalén. Shadi y todos sus hijos han nacido en Aida. Cuando murió, Abdulrahman, al igual que la mayoría de sus amigos, no conocía otra cosa que el campo de refugiados y soñaba con atravesar el muro e ir a Jerusalén, pero para ello se necesita un permiso del ejército israelí que la familia nunca consiguió. Pese a estar tan cerca de la ciudad, Shadi no pone un pie en Jerusalén desde hace más de 18 años.

“La vida en un campo como Aida es complicada. Nuestro día a día son los gases lacrimógenos y las redadas de los soldados israelíes, que pueden irrumpir en el campo o en casa en cualquier momento. Siento terror ante la idea de que a otro hijo le pase algo. Y ellos también tienen miedo a salir a la calle muchas veces”, admite.

Hulud Musa, orientadora psicosocial de menores en UNRWA, se esfuerza por contener las lágrimas escuchando las palabras de Shadi. “No hay un solo niño en Aida sin problemas vinculados a la ocupación o la presencia militar israelí permanente”, zanja.

Hulud recibe cada día a niños y niñas con pesadillas, incontinencia, bajo rendimiento escolar, aislamiento o hiperactividad. Ayudarlos a expresarse y remontar los traumas, hacerlos más fuertes e inyectarles esperanza es una tarea complicada. “Podemos estar en mitad de una clase de música y los enfrentamientos y los gases lacrimógenos nos obligan a suspenderla. Es difícil que un niño progrese en este contexto. En Aida no hay tregua, la violencia es permanente”, cita.

El comisionado general de la UNRWA, Pierre Krähenbülh, ha considerado que los palestinos de Aida están “más expuestos a los gases lacrimógenos que cualquier otra población que haya sido estudiada en el mundo”.

En 2015, año en que Abdulrahman perdió la vida, 30 niños palestinos de Cisjordania murieron violentamente y 2200 resultaron heridos, ha calculado la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA, según sus siglas en inglés). En 2016, se llegó a 32 menores muertos y en 2017, se contabilizaron 13.

Los orientadores psicosociales como Hulud trabajan con los niños, sus familias y sus profesores. Juegos, artes plásticas, música y otras actividades de grupo intentan reconstruir emocionalmente a los menores traumatizados, hacerles pensar en otra cosa e incrementar su confianza en ellos mismos.  

“Es difícil hablar de futuro en Aida o estimular a los niños para que sigan estudiando”, estima Hulud. “Pero como padres y educadores no podemos permitirnos de ninguna manera el lujo de claudicar y dejar de transmitir ilusión a los más pequeños”, concluye.

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