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Una gran oportunidad

Los hoteles de Benidorm comienzan abril con el mejor dato desde 2002

Joan Coscubiela

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Me van a permitir que, en medio de tanta incertidumbre, comparta un súbito, que no irreflexivo, ataque de optimismo.

En el gris horizonte me parece vislumbrar una oportunidad para avanzar, aunque sea lenta y parcialmente, en el tan deseado cambio de modelo productivo, ese mantra que perseguimos desde los años 80 del siglo pasado.

Hasta ahora todos los proyectos se han quedado en brindis al sol, derrotados por la fuerza de unos incentivos económicos que nos han arrastrado en dirección contraria. España ha construido una de las patas de su desarrollo económico aprovechando sus peculiares reservas de “oro negro” que en algunos momentos se han convertido en lo que el economista venezolano Juan Pablo Pérez Alfonzo llamó los “excrementos del diablo”.

Disponemos en abundancia de sol y suelo – sobre todo a partir de las políticas liberalizadoras puestas en marcha durante los gobiernos Aznar por Álvarez Cascos. De los mercados globales nos llega abundante capital, buscando y obteniendo elevadas rentabilidades. Completa el círculo un mercado global de trabajo que aporta contingentes importantes de mano de obra con un bajo coste laboral- a pesar de ser personas que en muchos casos disponen de buena formación.

Esta peculiar combinación ha sido nuestro particular “mal holandés”, es una de las claves de la orientación sectorial de nuestro tejido productivo. La inversión turística y la inmobiliaria que le acompaña han captado y atraído gran parte de las inversiones cuya elevada rentabilidad ha desincentivado cualquier cambio de modelo productivo. Es cierto que el sector ha sabido promover una diversificación de la oferta con la promoción de turismo cultural, de naturaleza, científico o de negocios lo que ha aumentado la calidad del sector pero también su peso en nuestra economía.

El retorno económico de las inversiones en el sector turístico y muy especialmente en el anexo inmobiliario – muchos proyectos han tenido como gran impulsor la especulación- han superado de largo los de cualquier otra inversión, especialmente las industriales. Además, es un sector que combina grandes proyectos globales con microinversiones de autónomos que han propiciado un tejido empresarial de microempresas muy frágiles. Se trata de un proceso en el que han confluido algunos de los puntos débiles de nuestra economía: desequilibrada estructura sectorial, monocultivos territoriales y microempresa. Y que explica muchas cosas, entre ellas, la fuerte precariedad del trabajo.

No formulo ninguna crítica de matriz judeo-cristiana a la maldad de nadie, simplemente quiero constatar que durante muchas décadas la abundancia de sol, suelo, capital global y ejército de reserva de mano de obra mundial han configurado un cóctel perfecto de incentivos económicos, mucho más poderosos que cualquier programa de gobierno, con resultados no siempre deseables.

La historia esta llena de este tipo de episodios que explican algunos de nuestros trances históricos. Lo explica Gonzalo Pontón, en su libro La lucha por la desigualdad citando a Jordi Nadal que, al referirse a los diferentes procesos de industrialización en Europa, dejó escrito: “a comienzos del siglo XVIII la industria española presentaba un gran atraso técnico y organizativo y ofrecía una competitividad escasa; el capital comercial no invertía en ella porque contaba con salidas más rentables en el tráfico de Indias”.

Aún es pronto para saber hacia dónde se van a mover las disrupciones provocadas por la crisis del coronavirus, pero me parece entrever que una de sus consecuencias puede ser que se resquebrajen algunos de estos incentivos perversos. De momento, hay indicios de que los cambios en los hábitos sociales forzados por esta pandemia pueden incidir tanto en la cantidad como en el tipo de servicios turísticos demandados. Por supuesto se trata de un sector económico que va a continuar siendo clave para España pero quizás con un volumen de actividad menor.

Una mala noticia para muchas personas y muchos territorios que viven de este sector y que nos sitúa como país ante una encrucijada de caminos. Reconstruir lo que teníamos, agarrándose a lo conocido, es siempre una tentación muy grande, pero que no parece tener viabilidad. Por eso quizás valga la pena aprovechar la confluencia de factores no previstos para promover un reequilibrio de nuestro modelo productivo. A favor nuestro tenemos no solo el cambio de la demanda turística, sino la pérdida de peso de algunos de los componentes de nuestro peculiar “oro negro”.

De los cuatro incentivos, uno de ello se mantiene intacto, el sol – por simplificar-; otro, el suelo, puede ser modulado por políticas públicas sobre todo si se reduce la rentabilidad obtenida por los capitales globales. No será una opción pacífica como comprobamos por las propuestas formuladas ya por las derechas para aumentar la disponibilidad de suelo urbanizable y el consumo de territorio.

Un viento de cola propicio a estos cambios puede ser la menor presión que ejerza el mercado de trabajo en los próximos años. De un lado, las previsiones demográficas apuntan a una reducción significativa de las cohortes de nativos en edad de incorporarse al empleo. De otro, los flujos migratorios también pueden reducirse como consecuencia de la pandemia y la crisis económica que le sigue. No olvidemos que el verdadero efecto llamada de la inmigración no es el de la ley, sino el de las necesidades de una parte de la población mundial y las de la economía del país receptor.

En resumen, menos oportunidades de inversión para el capital global, una menor incorporación de jóvenes al mercado de trabajo y de la inmigración nos ofrece un escenario que da un mayor margen a la política para incentivar una reconducción de las inversiones hacia otro modelo turístico y otros sectores productivos.

Todo esto puede sonar al cuento de la lechera, pero no deberíamos despreciar esta oportunidad. Recuerden que durante la gran recesión España aumentó su capacidad exportadora, tanto en número de empresas, como en volumen y calidad de bienes exportados, hasta el punto de mantener e incluso aumentar nuestra participación en los flujos exportadores globales.

Marcando todas las distancias, debemos afrontar este proceso con la misma lógica, la de aprovechar la crisis derivada de la COVID-19 para promover cambios en nuestra estructura productiva.

Soy consciente de que el papel –también el digital- lo aguanta todo y la vida es un poco más compleja. No va a ser fácil porque estas transiciones tienen costes muy importantes que además se distribuyen de manera injusta en términos sociales y territoriales. Mientras, el capital global buscará y encontrará otros yacimientos de inversión. Las personas, especialmente si tienen carencias formativas, pueden sufrir mucho y los territorios, que no pueden moverse como el capital, también.

Una de las principales responsabilidades de los poderes públicos es acompañar este cambio con recursos para gobernar de manera justa esta transición, especialmente en relación a aquellos territorios con una elevada dependencia del sector turístico. Sabemos que no es fácil, como puso de manifiesto la reconversión industrial de los años 80, en la que se consiguió proteger a las personas que perdieron su empleo, pero la transición fue más complicada en relación a su impacto en algunos territorios, como saben muy bien en Asturias.

Aceptando la complejidad del proceso creo que disponemos de una ventana de oportunidad para promover algunas discontinuidades de nuestro modelo productivo y tenemos la obligación de intentar aprovecharla. Esta, creo, debiera ser una de las prioridades de cualquier proyecto de reconstrucción socio-económica del país y de los pactos sociales que lo hagan viable.

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