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Los animales tienen quien les escriba

El ensayista, poeta y profesor de filosofía moral Jorge Riechmann publica En defensa de los animales (Los Libros de la Catarata), una antología de textos breves que recoge testimonios de ensayistas, filósofos y escritores sobre nuestra relación con los otros animales a lo largo de los últimos tres milenios

El libro, cuyo prólogo publico a continuación, se presentará el próximo 9 de mayo en la librería Rafael Alberti de Madrid

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En defensa de los animales. Jorge Riechmann

'En defensa de los animales', Jorge Riechmann (Los Libros de la Catarata)

La historia de los no humanos se ha escrito como la de todos los oprimidos: a pesar de quienes han pretendido silenciar sus voces o –como es necesariamente su caso– la de quienes las representan, borrar sus figuras del retrato, apartarlas del foco, sacar a los personajes del relato. La voz de los animales –de quienes han hablado por ellos– en la historia humana ha sido intencionadamente amordazada, como lo fue la de las mujeres o la de los negros o la de los esclavos. Peor: como la de las esclavas negras, parias entre las parias, animales hembra al servicio de un amo. Ni eso.

Si bien, en su defensa de los animales,  Jorge Riechmann no tiene capacidad para restituir sus derechos, básicos, a la vida, la libertad y la dignidad física y emocional, con este libro restituye algo, fundamental, que en justicia les corresponde: el derecho a que sea visible una historia que los contempla, que los tiene en cuenta, que los considera sujetos de atención, de reflexión y de preocupación.

Una historia que ni es reciente ni es un invento oportunista de nuestra época, como interesada y falazmente quieren hacer creer quienes acusan de urbanitas alejados de la naturaleza a las personas que defendemos a los compañeros de vida de otra especie. Muy al contrario, la voz de los animales –de quienes los representan– se remonta a la India de los Vedas y llega hasta la "revolución copernicana", antiespecista, que supone en nuestros días la consideración moral de los animales: no solo han sido muchos los filósofos y escritores que se han referido, en uno u otro sentido, al trato que dispensamos a los otros animales, sino que son los más relevantes en la historia del pensamiento y de la creación humanos.

A través de un recorrido por el progreso moral de la humanidad en relación con los no humanos –que pasa por la tradición primigenia de los Salmos, el Génesis y el Esclesiastés, las enseñanzas taoísta y budista, las máximas pitagóricas, plutarquianas y aristotélicas, la radical fraternidad franciscana, la política de la amistad que se sugirió en la Modernidad, el darwinismo, el marxismo, la ecología integral, la crítica de género, el señalamiento y crítica del especismo o las encíclicas del actual papa–, Riechmann ha quitado esa mordaza histórica.

Lo ha hecho sobre el rastro que ha ido dejando en sus obras nuestra relación con los otros animales y ha compuesto la narración que les corresponde vinculando las voces que han ido formando conciencia humana sobre el trato con ellos, ya sea viéndolos como medios para nuestras presuntas necesidades, caprichos y perversidades, ya sea para su defensa y protección. Y lo ha hecho con la honestidad intelectual de incluir no solo la diversidad de voces que los han tenido en cuenta para bien (religiosas, jurídicas, ambientalistas, ecologistas, feministas, bienestaristas o antiespecistas), sino añadiendo también el contrapunto de aquellas que –coránicas, judeocristianas, cartesianas, capitalistas– se han declarado, en ocasiones con llamativa grosería, contrarias a la compasión, a la consideración, al reconocimiento de los derechos animales.

Aquellas también que, pervirtiendo la maravilla del logos, han convertirlo el lenguaje humano en avieso muro, en alambre de cuchillas que nos separa de los otros animales, hermanos nuestros, y lo esgrimen como mísera excusa para impedir que nos acerquemos a ellos o, cuando menos, los respetemos. Nosotros, narcisistas que no sabemos piar, ni sabemos chillar los significados de un delfín, ni cantamos como las ballenas, ni somos capaces de ecolocalizarnos como si fuéramos murciélagos.

"Cómo puedes comparar a un animal con una persona", nos preguntan también muchos con frecuencia, bípedos incapaces de volar pero visiblemente ofendidos si los asemejas a un ave. Más allá de la obviedad de que los humanos también somos animales, o del círculo sobre el concepto de persona en el que se envician y se enredan filósofos y juristas, podríamos simplemente responder que tal equiparación ha hacerse con humildad y generosidad, con gratitud, en vez de con soberbia y egoísmo. Pero resulta de gran utilidad disponer de una antología de textos que demuestra que esa comparación ha sido hecha por los más grandes filósofos y escritores de la historia, incluidos los que sentaron las bases de las nuevas izquierdas y de una democracia desarrollada. Con nazis y psicópatas llegan los sabios a comparan a los explotadores, opresores, maltratadores y exterminadores de animales. No podía ser de otro modo, pues solo en esa comparación, en esa capacidad de ponerse en la piel del otro, puede activarse el proceso de una empatía que dé cuenta de la aterradora realidad, intolerable, en la que se desarrollan las vidas de los otros animales.

Aquí [en la antología En defensa de los animales] están las voces que han anticipado la revolución que está en curso, a la que ha llegado su tiempo y es interseccional. La revolución que, como señala el propio Riechmann, es la de una "conciencia moral emancipatoria" que sin el movimiento en defensa de los animales no podría ya concebirse completa. Son las voces que, junto a la humana, han de componer una gran sinfonía cósmica, la que desde el principio de los tiempos conocidos en el hogar compartido que es este planeta habría de ser sobrecogedora en su bellísima diversidad y lo ha sido, sin embargo, por la horrenda disonancia que el eco de su sufrimiento produce en la partitura común.

Hay autores de los textos de esta antología que se remiten al amor, a la admiración, a la sorpresa; otros, a la imbecilidad, al infantilismo, a la "mujeril misericordia"... Queda a nuestra elección, tras su lectura, en qué términos preferimos expresarnos, cuáles nos convencen más, con cuáles queremos identificarnos y si estamos dispuestos a ceder a sus resistencias. Porque en la defensa que Riechmann hace de los animales estamos incluidos los humanos.

Esta antología es una respuesta al Androceno, un coro que se suma a la última llamada, una restitución en la crónica de la historia y una herramienta indispensable para quienes se sientan perdidos en el caos, sistemáticamente fomentado por el antropocentrismo, de referencias en las que apoyar los argumentos en defensa de los otros animales. No somos huérfanos de padres y madres ideológicos, solo había que ordenar el legado que nos dejaron y desenredar el cordón umbilical al que vamos unidos.

Como el propio autor sugiere, ha de considerarse este libro como una propuesta abierta que podría ampliarse considerablemente (a mí me vienen a la cabeza lúcidos textos de Angela Davis, Carol J. Adams o Paul B. Preciado), aunque es cierto que un esfuerzo recolector como este ha de poner punto final en alguna parte. Intercalando textos de clásicos y contemporáneos, haciéndonos esa biblioteca que hemos necesitado y deseado, Riechmann ha extraído de la mina de la historia los diamantes de la ética y ha enhebrado el hilo que ha conducido la compasión y la justicia a lo largo de los siglos para seguir tejiendo la gran república del futuro con la que soñó Salt.

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