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Visibilizar y pagar cuidados

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Se suponía que el desarrollo crearía bienestar para todas y todos en el planeta, sin embargo, la realidad, a nivel global, nos indica una cosa bien diferente. Para la mayoría de las regiones y de las personas, el modelo de desarrollo económico propuesto por el capitalismo - y sus esfuerzos desesperados por mantenerlo plenamente vigente - ha generado degradación ambiental, pobreza y profundas desigualdades. Y esto es especialmente cierto para las mujeres de todo el mundo, tanto de los países accidentales como de los llamados en vías de “desarrollo”. ¿En qué se equivocó el paradigma de desarrollo capitalista?

En primer lugar, creyó que el modelo de progreso de las economías industrializadas occidentales, entendido como la acumulación de capital y la comercialización de la economía para generar un excedente y beneficios, era exportable a todo el planeta. Esto requirió, por un lado, la permanente ocupación de las colonias para obtener los recursos naturales imprescindibles para garantizar el crecimiento y, por el otro, la consecuente destrucción de lo que podríamos denominar, economía natural local o economía de autosubsistencia -aquellas que satisfacen las necesidades básicas a través de mecanismo de autoaprovisionamiento- que se vieron despojadas de esos mismos recursos bien por privación, al ser desviados hacia la producción intensiva de mercancías, bien por deterioro, al provocar, su extracción e intervención, residuos y degradación del entorno.

Directamente relacionado con lo anterior, y, en segundo lugar, el hecho de medir el crecimiento económico, exclusivamente, en términos de PNB. Sólo se considera riqueza la dimensión del proceso de producción que es creadora de valor monetario. En consecuencia, se ignoran los costes biofísicos de la producción y los trabajos que, al margen del proceso económico, sostienen la vida humana, es decir, las labores de cuidado responsables de la regeneración de la fuerza del trabajo en el ámbito privado, tradicionalmente en manos de las mujeres. Los costes de la destrucción de recursos se revienten fuera y se reparten de manera desigualdad entre los distintos grupos económicos de la sociedad, si bien, recaen en su mayor parte sobre las mujeres.

Estas conclusiones encajan, a la perfección, con la dicotomía característica del pensamiento patriarcal y que antepone cultura a naturaleza y hombre a mujer. Desde esa perspectiva, los mercados, los espacios públicos y racionales están gobernados por el “homo económicus” y se consideran independientes del ámbito doméstico reservado a las mujeres. Pero la vida, y la actividad económica, como subsistema de aquella, no es posible sin los bienes y servicios que proporciona el planeta y sin los trabajos de las mujeres, a las que se delega la responsabilidad de reproducción social.

La propia construcción de la identidad política y pública de las mujeres, teledirigida desde el patriarcado, pasó por replicar el modelo de los hombres, sin que estos asuman, equitativamente su parte en los trabajos de cuidado. Se crea entonces una cadena en la que mujeres inmigrantes asumen como empleo estos trabajos para que otras mujeres puedan incorporarse al mercado, al tiempo que dejan en descubierto el que realizan en sus lugares de origen, que a su vez es realizado por otras mujeres que lo asumen.
   
La crisis económica del 2008, cuyas causas y efectos no sólo no han desparecido sino que, por el contrario, parecen refortalecidos, las posteriores reformas laborales acometidas por los gobiernos de PSOE y PP y la consiguiente disminución de ingresos y de servicios públicos, no han hecho más que intensificar la carga sobre las mujeres ya que ellas van a compensar las deficiencias del Estado.

Es decir, la misma viabilidad del sistema económico actual depende de estas labores de cuidado y regeneración de la fuerza de trabajo que realizan las mujeres. Labores por las que, no sólo no son recompensadas, sino que son desterradas a la precariedad de un futuro sin protección social al ser desplazadas del mercado laboral para poder atenderlas.

Visibilizarlas es vital pero nunca será suficiente. Es preciso que se instauren con celeridad medidas eficientes de corresponsabilidad así como sistemas alternativos al económico imperante que permitan que estos trabajos de cuidado obtenga contraprestaciones justas y sobre todo, reconocimiento social.  

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