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Que ayuden ellos

  • Los análisis que se están haciendo de los países nórdicos desde fuera minusvaloran la situación dentro.
  • ¿Qué tal, por ejemplo, subir un 1% el IVA para sufragar los costes de una política más solidaria? 
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Suecia frenará a los refugiados con controles que inquietan a Copenhague y Berlín

La policía sueca monta una valla temporal para facilitar el control de fronteras, en la estación de tren Hyllie en el sur de Malmo. EFE

Ana Pastor escribía una interesante columna en El Periódico sobre el mal trato a los refugiados en países europeos modélicos. Mostraba lo que la periodista Berta G. de Vega acertadamente llamaba en Twitter “la cara B de la referencia danesa”, como la confiscación de los bienes de los refugiados que excedan los 1.340 euros. El artículo destacaba también las bochornosas medidas tomadas en Suecia, Holanda y Finlandia, que han anunciado deportaciones masivas de solicitantes de asilo. Iba acompañado de una foto de niños refugiados sirios durmiendo en la nevada intemperie, esperando a que sus familias fueran atendidas en una oficina de inmigración en las afueras de Estocolmo. Y concluía con la reflexión del eurodiputado de Iniciativa per Catalunya-Verds, Ernest Urtasun: “Si la Unión Europea quisiera entrar ahora en la Unión Europea no la dejaríamos”.

De forma parecida, para el director adjunto de El Periódico Albert Sáez, “ la crisis de los refugiados ha hecho añicos el espejo nórdico”. Las que veíamos como democracias “justas, eficientes y tolerantes”, hoy “cierran fronteras, requisan, deportan”. En eldiario.es, Michala Bendixen denunciaba la “ actitud egoísta de Dinamarca” y Ruth Toledano era aún más contundente: “Dinamarca (¡Dinamarca!), Suiza y Alemania desvalijando víctimas”, como resultado de que “las ultraderechas y las xenofobias han hecho su reaparición, alimentadas por la trampa de las políticas de austeridad”.

Sin querer particularizar en estos ejemplos, en cierto sentido los análisis que se están haciendo de los países nórdicos desde fuera minusvaloran la situación dentro. La crisis de los refugiados casi monopoliza la discusión política. Por ejemplo, en Suecia el debate presupuestario del último ejercicio ha girado en torno a cómo acomodar la humanitaria política de acogida a refugiados –que costará alrededor de  un 1% del PIB este año, casi el triple que la también generosa política alemana (0,35%)– a la permanente crisis de sostenibilidad del Estado de bienestar.

Hay que recordar que, además, Suecia destina aproximadamente un 1% de su PIB en ayuda oficial al desarrollo, que, entre otras metas, intenta paliar la situación de muchos refugiados en diferentes zonas conflictivas del planeta. En total, Suecia está a años luz de nuestra contribución presupuestaria. Aunque no de nuestra contribución declamatoria. En palabras, somos muy generosos y reivindicamos sin descanso una Europa “solidaria” que resuelva la crisis de los refugiados. Eso sí, si la UE no es capaz de dar respuesta, no tomamos la iniciativa por nuestra cuenta y riesgo. Nos escudamos en que es un problema “de todos los europeos”.

Refugees Welcome

Entrada del museo Världskulturmuseerna en Gotemburgo Foto: Victor Lapuente

Los responsables de los países que sí han dado un paso adelante están pagando un elevado coste político. Por poner un ejemplo anecdótico, un día de finales de 2015 los periódicos suecos abrían en portada con la noticia de que 7 de cada 10 escuelas de infancia carecían de profesorado suficiente y en la página siguiente se cifraba en 190.000 el número de refugiados que solicitarían asilo ese año (es decir, como si España esperara acoger más de 900.000).

La oposición de ultraderecha lo ha tenido fácil para explotar las conexiones entre unas prestaciones sanitarias y educativas sometidas a perennes ajustes, y la llegada de decenas de miles de asilados políticos. Han capitalizado también las tensiones entre las agencias públicas de acogida y unos servicios municipales frecuentemente desbordados. Si a ellos unimos una serie de incidentes similares a la celebración de Año Nuevo en Colonia, con sus consiguientes ataques xenófobos, tenemos como resultado un clima político muy favorable a la ultraderecha. Los Demócratas Suecos se han convertido ya en el segundo partido en intención de voto. A este paso, Alternativa Por Alemania podría experimentar un crecimiento similar.

Y es que los partidos de orientación socialdemócrata y democristiana en el norte de Europa están sufriendo un fuerte desgaste. La derecha sueca ya perdió en 2014 muchos votos y el gobierno por su política de “corazones abiertos” a los perseguidos del mundo. Merkel podría sufrir un destino parecido. Es lo que ocurre cuando uno está gobernado por políticos con principios: a veces los anteponen a las encuestas de opinión (mucho más escépticas a acoger refugiados).

Pero, claro, también hay una “cara A”. El resultado de una élite política comprometida con los derechos humanos es que miles de refugiados que huyen del terror reciben una ayuda que nadie está dispuesto a ofrecerles en nuestro continente. En realidad, la política sueca de acogida de refugiados es, tanto en términos absolutos como comparados con el resto del mundo, la antítesis de la foto de los niños refugiados durmiendo en la intemperie.

Los refugiados reciben un salario de integración de 650 euros mensuales, cursos de idioma y orientación profesional, además de decenas de miles de viviendas unifamiliares puestas a disposición por unos servicios públicos que han hecho lo posible y lo imposible para satisfacer unas demandas de asilo que rompieron todas las previsiones. Si alguno se atreve con el sueco, o simplemente quiere ver unas imágenes distintas a las del “egoísmo” nórdico que vemos estos días, aquí se describe la maquinaria sueca de acogida a refugiados, de un campo de refugiados somalíes hasta un pueblo sueco de 19,000 habitantes que acoge a 1.000 refugiados. El alcalde socialdemócrata del mismo se muestra contento de destinar una importante partida presupuestaria a los refugiados, a pesar de que el voto a la ultraderecha alcanzó el 30% en las últimas elecciones.

En conclusión, es muy legítimo criticar el cambio en la política de acogida a refugiados en la Europa del Norte. De una apertura casi total se ha pasado a una política más restrictiva, aunque con matices distintos en cada país y que, en general, sigue siendo mucho más generosa que la de otros miembros de la UE.

Pero, al mismo tiempo, la crisis de los refugiados sigue mostrando dos constantes europeas que conviene recordar. En primer lugar, que la UE es incapaz de resolver problemas redistributivos. Cuando toca rascarse el bolsillo –y someter a los votantes a disrupciones de algún tipo en su vida cotidiana– por una causa justa, cada uno tira por su interés. Sobre todo, si no hay subvenciones a la vista para “compensar”.

Y, en segundo lugar, que la diferencia en solidaridad política en Europa sigue sin medirse en términos ideológicos sino geográficos. Ningún gobierno de izquierdas, pensemos en Hollande o Renzi, han hecho un esfuerzo remotamente equiparable (ni tan siquiera si ajustamos en función de la renta per cápita) para ayudar a los refugiados como el llevado a cabo por Merkel y otros gobiernos de derecha del norte de Europa.

Mientras, los españoles, a lo nuestro. O sea, a la queja permanente contra la insolidaridad de la UE y la xenofobia de los otros. Pero cuando nos tocó votar en diciembre en medio de uno de los dramas humanitarios más terribles que ha vivido Europa, se nos olvidó preguntar a los partidos cuánto dinero público estaban dispuestos a invertir para ayudar a los refugiados. ¿Qué tal, por ejemplo, subir un 1% el IVA para sufragar los costes de una política más solidaria? Ah, no, eso no. Faltaría más, con lo que ya tenemos aquí.

Que ayuden ellos.

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