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Historias de migraciones en la frontera sur: “¿Por qué los mandan de vuelta? Van a volver a venir”

Jóvenes de origen magrebí son trasladados en una furgoneta de la Policía de Fronteras desde el polideportivo Andrés Mateo de Algeciras.

Paula Álvarez

Son las cuatro de la tarde de un caluroso lunes de julio. Fatima y Sukeina (nombres ficticios) están sentadas a las puertas del polideportivo Andrés Mateo del algecireño barrio del Saladillo. Llegaron a las 9 de la mañana y no se han movido de aquí, ni siquiera para comer. Llevan desde el sábado en un periplo interminable entre Barbate y Algeciras, de los puertos a las comisarías, del CIE al polideportivo en busca de su hermano Ahmed (nombre ficticio) que fue rescatado en aguas del Estrecho el pasado sábado mientras intentaba arribar a las costas gaditanas a bordo de una patera.

Ahmed, es una de las más de 600 personas que han sido rescatadas por Salvamento Marítimo a lo largo del fin de semana pasado en las costas de la provincia de Cádiz. Las comisarías de la comarca del Campo de Gibraltar y de los municipios aledaños están desbordadas por lo que el ayuntamiento de Algeciras decidió habilitar desde el sábado este polideportivo como Centro Temporal de Identificación de Inmigrantes de la Policía Nacional.

“Un gran calabozo”

Durante toda la tarde van llegando varios medios que intentan, con gran dificultad, obtener algo de información. Nadie puede entrar ni salir, sólo policías, Protección Civil, abogados y abogadas de oficio e intérpretes. “Como ves, funciona como un gran calabozo”, afirma Andrés de la Peña, delegado de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía en el Campo de Gibraltar. “Este pabellón no es como el de Jerez que está gestionado por Cruz Roja, donde los inmigrantes entran y salen sin ningún tipo de problema”.

El polideportivo Kiko Narváez de Jerez ha sido habilitado en varias ocasiones en las últimas semanas como centro de acogida temporal de Cruz Roja para atender a los migrantes que ya han sido identificados en las dependencias policiales y no han recibido orden de expulsión. Sin embargo, el pabellón de Algeciras, al igual que el de Motril, se está utilizando como una gran comisaría, en el que, según ha denunciado la APDHA de Granada, se están vulnerando derechos fundamentales como “el derecho al respeto a la vida, la integridad física y a la salud”, al privar de libertad a estas personas utilizando instalaciones que no están legalmente destinadas a tal fin.

El domingo por la mañana, un día después de la apertura del pabellón del Saladillo, el grupo de voluntariado que apoyó a las personas migrantes que llegaban al polideportivo de Tarifa unos días antes, se organizaba para hacer lo mismo en el de Algeciras. Pero su ayuda duró poco, y no por falta de compromiso y solidaridad. Según cuentan algunas de las personas que llevaron ropa, comida y hasta algún microondas, hubo cierta tensión con los cuerpos de seguridad cuando se iban a repartir las colchonetas, que eran bastante escasas, y sobre las 8 de la tarde acabaron echándolos a todos.

Familias sin respuestas

A las puertas del pabellón de Algeciras no hay ninguna persona que atienda a las familias y a los medios, sólo los agentes que están en la puerta, que facilitan información muy escasa y difusa. “La policía me ha dicho que tienen ducha, comida, ropa, médico, abogados. Que están bien. Pero no me dicen si mi hermano está ahí dentro o está en otro sitio”, se queja Sukeina.

Ambas hermanas nos cuentan que a lo largo de la mañana han pasado por aquí muchas personas buscando a sus familiares y han acabado yéndose, probablemente a buscar mejor suerte en otro lugar en el que la información sea algo más transparente. Pero ellas se resisten a abandonar el lugar hasta que averigüen si su hermano se encuentra entre las más de 300 personas que fueron trasladadas a este polideportivo la noche del sábado desde el puerto de Barbate. “Lo vimos montarse en el autobús en Barbate, él también nos vio, pero no sabemos a dónde se lo han llevado”.

El pasado viernes, medio centenar de personas pasaron la noche en el puerto de Barbate. Algunas tuvieron que dormir en un módulo en el suelo y otras a la intemperie en la cubierta de una embarcación de Salvamento Marítimo, hecho “insólito” e “indignante” que ha sido también denunciado por la APDHA que convocó una manifestación para exigir “la dotación inmediata de medios para la acogida digna por parte del Gobierno central” y el establecimiento de vías legales y seguras para las personas que deciden migrar a Europa.

A lo largo del día del sábado, las embarcaciones de Salvamento Marítimo y de la Guardia Civil rescataban a mas de 200 migrantes en el Estrecho. En alguna de aquellas pateras iba el hermano de Fatima y Sukeina. Horas más tarde, fue trasladado a Algeciras junto con muchos otros migrantes que desembarcaron en el puerto de Barbate.

Redes de solidaridad

En la tarde del lunes continuaron llegando algunos familiares procedentes de diferentes puntos del Estado. Omar ha venido desde Barcelona buscando a su cuñada. Es de Larache y llegó a España a bordo de una embarcación de goma a motor hace 18 años. “Entré como mercancía de carne humana”, comenta riendo. Su historia es uno de los miles de relatos de migrantes que han atravesado las aguas del Estrecho de Gibraltar para intentar mejorar sus condiciones de vida. Un relato que muestra las redes de solidaridad entre las personas que deciden migrar arriesgando su vida al cruzar la inmensa fosa común que es el mar Mediterráneo.

La patera de Omar desembarcó en alguna playa de la costa gaditana, de allí, cuenta, se lanzaron hacia el interior sin rumbo fijo hasta que se toparon con la pequeña localidad de Benalup-Casas Viejas, a unos 30 kilómetros de la costa. Al llegar, contactó con un paisano de su pueblo que se trasladó hasta Casas Viejas desde Tarragona para ayudarle a iniciar una nueva vida en España, junto con su hermana y su madre que residían desde hace años en Catalunya. 18 años después, la historia se repite en la familia de Omar y esta vez es él el que atraviesa el territorio de norte a sur para encontrar a su cuñada y acompañarla en su nuevo viaje. Pero la tarea no parece nada fácil y se va encontrando con un muro tras otro. “He estado en Cádiz, en Barbate, y ahora aquí en Algeciras, y nadie me dice nada.”

Busselham, un joven marroquí de Larache que ha venido en autobús desde Almería buscando a su hermano Aziz, de 32 años, se une al grupo. Ha pasado por Barbate y por la comisaría y el CIE de Algeciras. Aziz le llamó desde el móvil de una de las personas que viajaban con él el sábado a las 10 de la noche desde Barbate. “Me dijo que no sabe a dónde lo llevan. `Tranquilo, no tengas miedo´, le dije”. Busselham, al igual que su hermano, también llegó a España en patera, hace ya 13 años.

Unas horas más tarde, otra familia de origen marroquí se presenta en el pabellón Andrés Mateo. Aisha y Karim vienen desde Tarragona buscando a Mohammed, el hermano de Aisha, de tan solo 17 años. Han recorrido más de 1000 kilómetros doce días después de que Aisha diera a luz a su bebé, que también les acompaña en este intenso y largo viaje. Aisha llegó hace tres meses a España y no habla español ni francés, nos comunicamos a duras penas por gestos. Karim, sin embargo, nació en Catalunya. “Mis padres llegaron en 1985, con su pasaporte. Antes sólo se lo daban a los que tenían dinero. Hoy se lo dan a todo el mundo pero no te sirve para nada”. Andrés de la APDHA, sentado junto a él, recuerda, “la primera patera con víctimas de la que hay constancia fue hace 30 años.”

Sucedió el 1 de noviembre de 1988 en la playa de Los Lances, en la localidad gaditana de Tarifa. En la patera viajaban 23 marroquíes. Sólo cinco de ellos sobrevivieron. El mar fue devolviendo poco a poco los cuerpos de las otras 18 personas que murieron ahogadas. 30 años después, miles de personas siguen intentando, año tras año, atravesar el Mediterráneo a bordo de embarcaciones de todo tipo repletas de gente de diferentes partes del mundo.

Muchas de ellas mueren en la travesía ahogadas por la ferocidad del mar, por la violencia de los cuerpos de seguridad como ocurrió en la playa del Tarajal hace 4 años o como ocurre en las aguas cercanas a la costa de Libia; otras son “rescatadas” por la Marina marroquí, y abandonadas en el país, sin recursos ni ayuda de ningún tipo, o torturadas, explotadas y violadas en Libia; algunas consiguen llegar pero son expulsadas a sus países de origen o explotadas sexual o laboralmente en Europa; y unas pocas logran establecerse en este norte depredador sobreviviendo, la mayoría, con trabajos precarios, pero que les permiten mejorar sus condiciones de vida y las de sus familias.

El acuerdo con Marruecos

El grupo está abatido y desorientado. Han empezado a llegar autobuses de diferentes organizaciones para trasladar a muchas de las personas que están retenidas en el pabellón a diferentes centros de acogida. Alrededor de una veintena de mujeres con algunos bebés se montan en un minibús destino a Sevilla.

Un grupo numeroso de hombres va llenando un autobús que se dirige a Granada. Otros viajan a Cádiz y Jerez. Pero entre todas estas personas no hay ninguna magrebí. Todas son de origen subsahariano. Dor furgonetas de la Policía de Fronteras entran en el recinto del pabellón. A ellas se suben varios jóvenes de origen magrebí. Sukeina, Fatima, Omar, Aisha, Karim y Busselham buscan entre ellos a sus familiares, pero no están. Andrés, ya hace un rato que les explicó lo que suele ocurrir con las personas de origen marroquí, “a la mayoría los devuelven a Marruecos. Por el acuerdo entre Marruecos y España”.

El grupo manifiesta su indignación ante esta realidad: “la gente está sufriendo, pagan 1000 o 2000 euros por una patera y luego los devuelven. En un minuto pueden morir 30 o 40 personas”, lamenta Busselham. “¿Por qué los mandan de vuelta? Van a volver a venir”, sentencia Fátima. “Mi hermano viene a buscar una vida mejor, no a hacer nada malo”, argumenta Sukeina. “Nos tienen que dar algo de información, si lo van a mandar de vuelta a Marruecos que lo digan. Estamos aquí atrapados” se queja Omar. Finalmente Karim toma la iniciativa y decide ir a la comisaría de la Policía Nacional. El resto del grupo, cansado de tantas horas de angustiosa espera y desinformación, coge el coche y sigue a Aisha y a Karim que ya conocen el camino.

El desenlace

Son casi las 10 de la noche. Omar, Karim, Aisha y Busselham llegan primero. En la comisaría tampoco les dicen nada. Pero gracias a su insistencia en la búsqueda, consiguen hablar con una abogada de oficio que ven salir del edificio de la Policía Nacional y que ha estado en el proceso de identificación de las personas migrantes que están detenidas en el interior. Le piden por favor que compruebe si están allí sus familiares. Los tres están dentro. Si la Policía los retiene más de 72 horas estarían incumpliendo la ley y se verían obligados a ponerlos en libertad. La abogada les da su tarjeta y les ofrece asistencia jurídica. Cuando llegan Fátima y Sukeina, la abogada ya se ha marchado y no pueden comprobar si su hermano también se encuentra entre las personas detenidas.

Al día siguiente, se plantan de nuevo en la puerta de la comisaría del barrio del Rincocillo. Pasadas las dos de la tarde, tras una intensa espera bajo un sol ardiente, empiezan a salir poco a poco unas 30 o 40 personas. Están libres, y entre ellas se encuentran la cuñada de Omar, el hermano de Aisha, el de Busselham, y el de Fatima y Sukeina. “Por la mañana buscamos a la abogada y nos dijo, mira no es seguro que los devuelvan, como ha pasado el tiempo de las 72 horas, puede que se quede aquí en España” cuenta Fatima emocionada. “La gente estaba en la puerta llorando y todas las familias corriendo”.

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