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Grandes caseros, huelgas de inquilinos, desahucios y peticiones de topar los alquileres: todo esto ya pasó hace siglos

Casas de la zona de Santa María de la Cabeza, en Madrid

Luis de la Cruz

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Francisco Ruiz Castellanos, alias Frasquito, ha pasado a la historia –es un decir– como el que pasó a garrote a los obreros anarquistas Juan Oliva Moncasi y Francisco Otero González, ajusticiados por atentar contra Alfonso XII; y los siete condenados a muerte por el montaje conocido como La Mano Negra en Jerez.

Pero el verdugo madrileño fue un personaje muy conocido en las calles de Madrid a finales del siglo XIX. Además de ser uno de los protagonistas de crímenes mediáticos de la época, como el de La Guindalera (la ejecución congregó a 10.000 personas) muy comentadas fueron sus andanzas nocturnas y pendencias en las calles y tabernas del extrarradio madrileño.

Las andanzas de Ruiz Castellanos llegaron a su fin el 7 de noviembre de 1893. Se dirigió a la casa de Joaquín Bartolesi, zapatero de la calle Hernani (Cuatro Caminos) para cobrarle el alquiler. El zapatero le dijo que volviera en unos días, ya que en ese momento no disponía del dinero, a lo que el cobrador a sueldo del propietario respondió sacando “una faca descomunal”. El inquilino, que huyó hacia el interior de la casa, volvió con una pistola y le descerrajó un disparo en el abdomen.

La violencia de la escena nos sitúa en un escenario en el que los cobros de los alquileres en los barrios humildes se convertían en constante fuente de desgracias. El alquiler se pagaba mensualmente y los administradores –matones contratados por la propiedad en realidad– eran una figura habitual. El no cobro de alguna cuota era ya causa de que apareciera una orden de desahucio con el sello de las Audiencia Territorial de Madrid.

El problema de la vivienda es indisoluble del desarrollo de la ciudad de Madrid, siempre en crecimiento y dependiente de oligarquías urbanas que han fiado a las rentas del ladrillo su bienestar. Ya Jovellanos había expresado en el siglo XVIII su indignación por la subida de los alquileres.

En Vivir de las rentas: el negocio del inquilinato en el Madrid de la Restauración, Isabel R. Chumillas detectó un grupo de 107 personas –“grandes propietarios”, que no tenedores, los llama– que administraban en la década de los setenta del siglo XIX 1500 edificios, el 18% de los inmuebles que entonces tenía Madrid (una cuarta parte del valor inmobiliario de la ciudad).

Según la autora, la renta percibida por el peor de sus edificios era tres o cuatro veces mayor que el salario medio un trabajador de la época. El número de desahucios debió acercarse a 4.000 en los ochenta, a 5.000 en la siguiente década y aún se aceleraría en el tránsito al 1900.

Ya en el siglo XX, las élites de la ciudad habían comenzado a desplazarse hacia el ensanche de la ciudad. La gente bien vivía en el eje Prado-Recoletos, aunque la Puerta del Sol seguía siendo el barrio más caro de la ciudad, y Madrid se segregó cada vez más. En los barrios del extrarradio o del ensanche sur se concentraron las viviendas de peor calidad, aquellas con alquileres inferiores a las 25 pesetas mensuales.

Francisco Hernández Mir publicó en 1919 La vida cara, el problema de los alquileres, que era en realidad una recopilación de artículos sobre el tema que el periodista había escrito en El Liberal. La frase “la vida cara” se había hecho popular para denunciar la inflación en España durante los años de la Primera Guerra Mundial, cuando la neutralidad española permitió al país convertirse en exportador. Paradójicamente, mientras que unos cuantos se enriquecieron, las subsistencias, que salían de nuestras fronteras con alegría, empezaron a escasear para la gente corriente, lo que hizo que los precios subieran escandalosamente.

El problema endémico del inquilinato corrió a la par que el de los productos de primera necesidad, entrando a formar parte de este epígrafe, aunque obviamente las casas no se exportaran. Según anota el historiador Francisco Sánchez Pérez en su tesis doctoral, los alquileres habían subido entre un 50 y un 70 % en Madrid durante la década de los diez. El Liberal escribía bajo epígrafe “mala vida” en febrero de 1923:

“La carestía de la vivienda reviste proporciones alarmantes. Viven las familias hacinadas en pequeñas habitaciones que rentan hoy cuatro a cinco veces más de lo que rentaban en 1914. Las casas de nueva construcción, construidas frecuentemente con materiales viejos, so pretexto de la carestía de los materiales (¡ !) elevan tan extraordinariamente la renta de sus pisos, que se hace preciso presupuestar para ocuparlos mayor cantidad de la que por término medio gana un empleado. La ley de la oferta y de la demanda permite al casero subastar la habitación desocupada, y hay muchas de ellas que han llegado a producir rentas fabulosas por este procedimiento”.

En este contexto, surgió con fuerza la demanda de la tasa de los alquileres, es decir, el establecimiento de un control político sobre los precios, defendida entre otros por el propio Hernández Mir.

El 19 de enero de 1919 se había fundado la Asociación de Vecinos de Madrid, cuyos impulsores tenían un perfil de clase media (periodistas o abogados) por lo que incidieron, además de en la carestía, en la indefensión contractual de los arrendatarios y en topar los precios máximos. En aquel momento, el propietario era dueño de rescindir el contrato cuando quisiera y prácticamente no había más legislación que el acuerdo entre las partes.

El 11 de abril de 1920 una manifestación en Madrid, en la que los socialistas acompañaron a los liberales, congregó a varios miles de personas. En el desborde de la protesta participaron también las clases bajas, como muestra que unos días antes, el 5 de abril, las inquilinas de las casas de los números 102, 104 y 106 de la Calle de Embajadores, se presentaran frente al Ministerio de la Gobernación (en la Puerta del Sol) para protestar porque la propietaria de sus casas había subido el alquiler hasta tres veces en un solo año. Agitando a los niños entre los brazos, consiguieron entrevistarse con el ministro.

El mes de junio Gabinc Bugallal, ministro de Gracia y Justicia, promulgaba un decreto que prorrogaba automáticamente los contratos de arrendamiento en las ciudades mayores de 20.000 habitantes a la espera de una ley que abordase el tema del inquilinato. La medida se extendió en los años sucesivos, consiguiendo rebajar el número de lanzamientos y la asociación, como otras similares en el resto de España, se estabilizó como grupo de presión que defendía a las clases medias de la proletarización, pero que no llegaba a los que ya eran proletarios.

La respuesta del Estado al problema del inquilinato fue promulgar sucesivas leyes de Casas Baratas, que daban facilidades a los promotores para construir viviendas económicas para los obreros bajo los parámetros del higienismo. Un esfuerzo legislativo insuficiente que no solucionó el problema de la vivienda y del inquilinato, ni consiguió frenar la acción colectiva, que en Madrid no tuvo sus manifestaciones más virulentas.

En otros puntos la lucha sería a campo abierto. En Baracaldo y Sestao ya en 1905 se había paralizado la actividad del Gran Bilbao durante casi un mes por los alquileres. En Barcelona, comenzará en 1930 una huelga de alquileres en el barrio de la Barceloneta que, con el impulso de la CNT, se extenderá también a otros barrios, llegando a su punto álgido en 1931. En todos los casos, el movimiento por el inquilinato tuvo en las mujeres su principal puntal. No faltaron, tampoco en Madrid, ejemplos de resistencia a la puerta de las casas de los vecinos que iban a ser desahuciados, similares a lo que muchos años después ensayaran la PAH o los sindicatos de vivienda.

La guerra y la posguerra no mejorarían las cosas para las clases populares, precisamente y, aunque no entraremos hoy en ello, el franquismo encontrará más tarde una herramienta de pacificación social en cambiar la estructura residencial del país, potenciando la vivienda en propiedad.

Mirar hacia atrás y encontrar conflictos por los precios de los alquileres, crisis de desahucios, denuncias hacia los rentistas, sindicatos de inquilinos, huelgas o peticiones de regular los precios de los alquileres no reconforta. Simplemente, nos dice que no estamos solos en la historia.

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