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¿Por qué los animales pueden pasar la valla y nosotros no?

Un vídeo editado por Iru, el nieto del Olentzero que lleva mensajes a familias de personas que han tenido que abandonar su país, muestra una escena frente a la valla de Melilla, en la que Abdul y 'Txampion', de apenas 12 años imaginan que son pájaros y pueden pasar al otro lado para ver a sus amigos que permanecen atrapados en el monte Gurugú.

Un joven muestra un dibujo de la valla de Melilla. / FOTO: Olentzero munduan

Un joven muestra un dibujo de la valla de Melilla. / FOTO: Olentzero munduan

Al fondo la valla de Melilla. Frente a la cámara Abdul y 'Txampion', dos niños de apenas 12 años, que se imaginan que son pájaros y pueden cruzar la valla que separa Melilla de Marruecos para ver a sus amigos, casi sus "hermanos", que permanecen en el monte Gurugú a la espera de poder cruzar la frontera hacia un futuro mejor.

El autor del vídeo es Iñigo Iraultza, o como es más conocido: Iru, el nieto del Olentzero, un joven de Bilbao embarcado en un proyecto que ya relató a eldiarionorte.es y en el que viaja por el mundo para poner en contacto a personas que han tenido que abandonar su país, con sus familias. A su vuelta, Iru ha querido compartir a través de este vídeo y su relato, una experiencia que le ha marcado y que muestra las condiciones en la que subsisten cientos de jóvenes atrapados entre dos países.

Durante las dos semanas que permaneció al pie de la frontera entre España y Marruecos, este 'Papá Noel vasco' que no entiende de fechas, intentó cruzar dos veces para llevar a término el encargo de 'Txampion': entregar a su amigo, con el que viajó desde su Camerún natal hasta la valla, una carta para que sepa que está bien, y que logró pasar al otro lado escondido en un container.

Pero este no era su único encargo, porque muchos chicos que permanecen en el Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes (CETI) de Melilla, tenían algo que querían hacer llegar a sus compañeros que subsisten en condiciones infrahumanas al otro lado de la valla, en el monte Gurugú, donde muchos de ellos han pasado hasta años. "Si tienen dos jerseis, te dan uno para su amigo. También me pedían que entregara amuletos...", explica Iru, que todavía no se quita de la cabeza a estos chicos.

Iru, el nieto del Olentzero, con un grupo de niños y las cartas que quieren hacer llegar al otro lado de la valla. / FOTO: Olentzero Munduan

Iru, el nieto del Olentzero, con un grupo de niños y las cartas que quieren hacer llegar al otro lado de la valla. / FOTO: Olentzero Munduan

Con este propósito, y con las cartas y videomensajes que grabó en la cámara que siempre lleva con él, "son mensajes muy emotivos", puntualiza, intentó en dos ocasiones cruzar la frontera, pero la policía marroquí lo retuvo más de dos horas, registró sus pertenencias, borró algunos mensajes, y finalmente impidió su paso. Pero no se rinde, "voy a volver. Me han puesto una valla a mí también y no he acabado mi trabajo. Sé que es algo muy simbólico, pero estas personas también tienen necesidades emocionales", remata y pone como fecha finales de enero.

"La valla de Melilla es como legalizar la tortura"

La visión de la valla, "no es una valla, son cuatro que forman una trampa mortal", relata Iru, le ha dejado una marca muy profunda en su conciencia. "Parece que por nacer en otro lugar tienes más o menos derechos. Esta gente está llena de ganas de trabajar y prosperar. Algunos llevan hasta dos años viviendo en condiciones infrahumanas y cuando intentan saltar la policía les rompe los huesos para que no lo consigan, es increíble", rememora, "tienen una fuerza y una esperanza encomiables".

Esta experiencia se ha convertido en la más dura vivida por Iru después de recorrer el Sahara, Mauritania, Centroamérica, o encontrarse con el caos del tifón Yolanda en Filipinas. Todas ellas forman parte de un documental que se encuentra en los últimos días de financiación a través de una campaña de 'crowdfunding' en la plataforma Verkami. A punto de conseguir el presupuesto que necesita, Iru espera poder trasladar al máximo de gente posible una realidad que a menudo se olvida cuando se apaga el televisor: el de tantas personas desplazadas de sus lugares de origen por situaciones de hambruna, epidemias o guerras y que más a menudo encuentran la incomprensión en los países de llegada.

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