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Rita Barberá, la fiera que se lleva la riada

La exalcaldesa de Valencia, ahora caída en desgracia, ha sido el animal político más poderoso de una derecha valenciana que combinó el franquismo sociológico y un populismo agresivo

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Rita Barberá junto a Francisco Camps en su etapa en las Corts Valencianes EFE

Es hija de un periodista, José Barberá, que se adhirió al Movimiento Nacional y vivió bien instalado en los engranajes de la dictadura de Franco (fue 30 años presidente de la Asociación de la Prensa de Valencia y también concejal). No se puede explicar sin ese origen sociológico la figura de Rita Barberá (Valencia, 1948), a quien en 1973 declararon "musa del humor", algo así como la reina de la fiesta de un concurso literario convocado por el Ayuntamiento de la ciudad.

Licenciada en Ciencias Políticas y en Ciencias de la Información, Barberá ejerció poco como periodista. Su vocación era la política, una actividad en la que se inició a los 27 años como fundadora en Valencia de Alianza Popular, la organización encabezada por Manuel Fraga que pretendía prolongar en democracia liderazgos reformistas de las últimas etapas del régimen. Apenas una década después, en 1987, ya era cabeza de lista en las elecciones autonómicas. Tuvo que conformarse con ser la portavoz de la oposición frente al socialista Joan Lerma en las Corts Valencianes, una Cámara de la que ha formado parte ininterrumpidamente desde 1983 hasta 2015, y que la ha elegido después senadora de representación territorial, precisamente el puesto del que se resiste a dimitir aunque sea a costa de su militancia de tanto años.

Cuando en 1991 optó a la alcaldía y la alcanzó gracias a un pacto con los anticatalanistas de Unión Valenciana, pese a que la socialista Clementina Ródenas había sido la más votada, Barberá abrió un periodo en la política valenciana caracterizado por un fiero populismo y la prolongación de unos referentes colectivos típicos del franquismo. La fórmula, una combinación de agresividad, maniqueísmo y triunfalismo hiperbólico, la convirtió en uno de los animales políticos más poderosos que ha tenido la derecha valenciana.

De hecho, solo tuvo un rival en el liderazgo del PP, Eduardo Zaplana, con quien nunca se llevó bien. La Valencia de los grandes eventos, que Barberá impulsó por persona interpuesta, el entonces presidente de la Generalitat, Francisco Camps, pupilo suyo como concejal de Tráfico en su tiempos mozos, supuso la apoteosis del estilo Barberá, cuyas consecuencias, en términos de deuda de las instituciones y de casos de corrupción, pero también de mala imagen, todavía está pagando la sociedad valenciana.

Solo la Copa del América se ha librado de protagonizar un caso judicial. La visita del Papa a Valencia en 2006, punto culminante de la borrachera política de Barberá y Camps, la celebración de una prueba de Fórmula 1 en un circuito urbano construido al efecto o los encuentros Valencia Summit que centran el caso Nóos son ahora artefactos destripados sobre la mesa de jueces y fiscales en investigaciones sobre corrupción.

Pero el poder de Rita Barberá se extendía a más ámbitos, como el metropolitano, en el que desmontó el organismo que lo gobernaba y en el que, con el paso del tiempo, acabó produciéndose el saqueo de la empresa pública que gestiona la depuradora de Valencia, en lo que se conoce como caso Emarsa.

Siempre que pudo evitó Barberá los cargos orgánicos. Su poder era fáctico. Su popularidad era la llave de una influencia que empezó a declinar cuando su empeño por prolongar la avenida de Blasco Ibáñez hacia el mar, arrasando el núcleo histórico de El Cabanyal, fracasó por la oposición vecinal. Su locuacidad, cargada de tintes etílicos las noches de victoria electoral, hizo el más grande de los ridículos con el famoso episodio del "caloret", a poco meses de las elecciones de 2015, en el que la opinión pública pasó de cierta condescencia ante el exceso a una clamorosa vergüenza colectiva.

Había conseguido librarse de su implicación en causa judicial alguna, pero Barberá se estrelló en las elecciones.  "¡Qué hostia! ¡Qué hostia!" confesó a Serafín Castellano, otro de los dirigentes del PP hundidos por la corrupción. Había perdido la vara de mando, que se negó a entregar físicamente al nuevo alcalde, Joan Ribó. Y la perdió en un sentido más que simbólico.

Era una fiera herida, cuyos zarpazos ya no daban miedo. El caso Taula, que iluminó la vinculación, también  del PP de la ciudad y de la gestión municipal bajo su mando, a la supuesta financiación irregular del PP provincial, un fragmento por otra parte del problema general de corrupción relacionado con la financiación del PP valenciano desvelada por el caso Gürtel, viene a llevarse, como la riada que una vez inundó la ciudad de Valencia, los despojos de un animal político que se aferra con uñas y dientes al cargo público hasta el final.

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