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Miren Agur Meabe: “Escribir en una lengua pequeña conlleva que nos miren con cierto desinterés”

Miren Agur Meabe, makila en mano tras recibir el premio de honor del Festival Internacional de las Letras de Bilbao- Gutun Zuria Bilbao

Maialen Ferreira

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A pesar de que Miren Agur Meabe (Lekeitio, 1962) ya fuera una escritora conocida y reconocida en Euskadi desde hace décadas, confiesa, entrecomillando con los dedos, que el Premio Nacional de Poesía que recibió el año pasado por su obra ‘Nola gorde errautsa kolkoan’ ('Cómo guardar ceniza en el pecho'), ha cambiado su carrera. “Ahora recibo multitud de invitaciones fuera de Euskadi para hablar de mi poesía. No te sé decir la lista de lugares en los que he estado donde percibo esa sensación de que piensan '¿esta mujer dónde estaba?'. Yo estaba en mi dulce periferia, porque queramos o no, el hecho de escribir en una lengua pequeña, que no sirve para comunicarse por el mundo, conlleva que los hablantes de lenguas hegemónicas nos miren con cierto desinterés”, explica a este periódico minutos después de haber recibido otro galardón: el premio de honor del Festival Internacional de las Letras de Bilbao-Gutun Zuria Bilbao de Azkuna Zentroa, que se celebra esta semana en la capital vizcaína.

Meabe, quien confiesa que los primeros poemas que escribió en su vida fueron imitaciones de Rosalía de Castro, por ser la única mujer que aparecía en los libros de texto cuando ella estudiaba, ha querido dedicar este premio a todas las mujeres euskaldunes escritoras. “Las mujeres que he ido conociendo poco a poco, que no eran mujeres que estuviesen incluidas en la historia de la literatura, ni de la ciencia, ni del conocimiento en general, se han convertido para mí en referentes que hay que seguir reivindicando porque fueron pioneras en su campo. Reclamar esas figuras y homenajearlas me parece un acto de feminismo”, asegura.

Este martes ha recibido el premio de honor de Gutun Zuria. ¿Qué supone para usted?

Supone un honor al que quiero dar un significado especial porque la makila (bastón tradicional de Euskadi que le han entregado como símbolo del premio) siempre la vinculamos a la figura masculina. Nos vienen a la mente los pastores vascos que la usaban para defender al rebaño, los alcaldes o las autoridades de siglos pasados. Con esto, lo que quiero decir es que quiero añadirle un significado especial a la makila, que de ser una simple herramienta, se ha convertido en un símbolo que nos caracteriza y representa respeto, nobleza, justicia y autoridad. Por eso, considero que recibo este regalo con un mensaje grabado en él, aunque lleve mi nombre: “A todas las mujeres euskaldunes escritoras de ayer y de hoy, que han hecho y hacen de su lápiz la makila”.

Le dedica la makila a las mujeres vascas de la cultura, en su obra también hace referencia a escritoras y pintoras. ¿Cómo han influido esas mujeres en su vida y su obra?

Las mujeres que he ido conociendo poco a poco, que no eran mujeres que estuviesen incluidas en la historia de la literatura, ni de la ciencia, ni del conocimiento en general, se han convertido para mí en referentes que hay que seguir reivindicando, porque fueron pioneras en su campo. Reclamar esas figuras y homenajearlas me parece un acto de feminismo.

Las mujeres tenemos que tener la makila lista, no para golpear a nadie, pero sí para marcar nuestro territorio

Es académica, traductora y autora. ¿Percibe que las mujeres siguen siendo discriminadas en esos mundos?

Las mujeres estamos avanzando mucho para ocupar puestos centrales en cualquier ámbito y para normalizar nuestra presencia en cualquier terreno, pero a base de mucha lucha y no porque se nos haya cedido el paso cortésmente. Eso quiere decir que nos hemos tenido que enfrentar a resistencias o a valoraciones sexistas y, aunque a veces pudiera parecer que esto va decreciendo, no podemos descuidarnos ni bajar la guardia. Las mujeres tenemos que tener la makila lista, no para golpear a nadie, pero sí para marcar nuestro territorio.

Habla de enfrentarse a resistencias. ¿A qué resistencias le ha tocado enfrentarse a lo largo de su carrera?

Principalmente a las resistencias estructurales. Tengo ya 60 años, pero empecé a escribir antes de los 20 y me encontraba con un mutismo destructivo en mi entorno. Las esferas de poder de las editoriales estaban en manos de hombres y los materiales que yo presentaba por aquel entonces, eran materiales incomprendidos, entre otras cosas, porque reflejaban el mundo de la mujer desde el punto de vista de una mujer y eso no tenía cabida en aquella coyuntura. Esa ha sido la primera resistencia que he tenido que superar junto con las otras escritoras de mi generación. Con el tiempo ha habido un cambio a mejor. El otro día estábamos en un debate en Durango Uxue Alberdi, Miren Amuriza y yo, tres mujeres de tres generaciones distintas, y nuestra llegada al panorama literario ha sido completamente distinta por cuestión de edad y de época. A mí me costó mucho salir a la plaza, hasta los 38 años no se publicó mi primer poemario importante, 'Azalaren kodea' y me costó mucho percibirme a mí misma como escritora, por la falta de atención que había padecido anteriormente, mientras que las experiencias de Uxue y de Miren demuestran que ellas, afortunadamente, han encontrado el camino más abierto y una mayor receptividad por parte de los ámbitos de poder de su entorno.

El año pasado ganó el Premio Nacional de Poesía, que por primera vez lo ganaba una obra en euskera. ¿Se lo esperaba?

Me dijeron que iba a ser una de las candidatas y que tenía que traducir el libro en castellano para que el jurado pudiera evaluarlo. Con mucho esfuerzo traduje el material y sabía que tenía alguna posibilidad, pero me parecía muy difícil ser la escogida. Resultó que sí, y eso, en cierta manera, ha cambiado mi profesión en el sentido de que ahora recibo multitud de invitaciones fuera de Euskadi para hablar de mi poesía. No te sé decir la lista de lugares en los que he estado donde percibo esa sensación de que piensan: “¿Esta mujer dónde estaba?”. Yo estaba en mi dulce periferia, porque queramos o no, el hecho de escribir en una lengua pequeña, que no sirve para comunicarse por el mundo, conlleva que los hablantes de lenguas hegemónicas nos miren con cierto desinterés. Creo que ha sido muy positivo que premiaran el libro no por mí, sino por nuestra lengua y nuestra cultura. El premio lo hice extensivo a mi comunidad al igual que la makila la hago extensiva a las mujeres escritoras.

Me entristece ver que en un escaparate en Bilbao todo esté escrito en castellano. ¿Todavía no nos hemos enterado de dónde vivimos?

¿Considera que ese desinterés del que habla está cambiando, al menos entre las personas que viven en Euskadi y no se animan a aprender euskera?

Me gustaría ser más optimista, pero creo que en los últimos años ha habido un retroceso en cuanto a la mentalidad. Una cosa es por qué se estudia el idioma, puede haber una motivación de tipo práctico o económico, pero a veces no funciona la motivación social. La motivación social está muy vinculada al cariño por la lengua y tal vez no somos capaces de transmitirlo suficientemente. Hace falta más compromiso. En el contexto que tenemos el euskera nunca llega a servir para la vida. A mí me entristece ver que en un escaparate en Bilbao, como el que ahora mismo estoy viendo por la ventana, todo esté escrito en castellano. ¿Todavía no nos hemos enterado de dónde vivimos? Hay que tener un respeto por los euskaldunes. Veo que la gente no tiene un verdadero interés, hay poco compromiso. Pasan los años y seguimos con las mismas inercias.

Hay muchas palabras cuya traducción en euskera se desconoce, como, por ejemplo, el término 'bollera'. ¿Como miembro de La Real Academia de la Lengua Vasca (Euskaltzaindia) considera que al euskera le falta adaptarse a los nuevos tiempos?

Esa es una labor que nos va a tocar hacer a los escritores y a las escritoras. El vocabulario, las expresiones y los modismos que tengan que ver con las jergas de todo tipo, las que tengan que ver con raza, con clase o con género es un trabajo pendiente que yo creo que van a saber hacer muy bien las generaciones más jóvenes de escritores y escritoras. Y, si no tenemos la palabra, hay que usar el préstamo y utilizarlo en euskera. Igual que decimos 'telefonoa' podemos decir 'bollera' en euskera. Hay que trabajarlo y ya nos encargaremos de ello.

La edición de este año de Gutun Zuria gira en torno a la traducción. Como traductora, ¿considera que la traducción permite ser creativa o impera la fidelidad al texto?

Traducir es reescribir, la literalidad al texto es absurda. En el momento en el que estás traduciendo, estás reescribiendo. Después, hay distintos criterios entre los traductores sobre hasta qué punto debe ser libre y dónde se deben poner los límites para no hacer una traducción demasiado libre, y ahí, hay opiniones opuestas. Yo, particularmente, tengo tres leyes: la primera, traducir respetando el sentido, aunque me aleje de lo literal; la segunda, tomarme las licencias necesarias para transmitir una atmósfera lo más parecida posible a la original y, la tercera, imaginarme que el autor o autora que estoy traduciendo está confiando en mí y me está dando total libertad, como si me dijera 'haz lo que quieras, tú sabrás qué hacer'.

¿Y cuál es el mayor reto para usted a la hora de traducir una obra?

Hacer una traducción que no parezca una traducción, que fluya el texto con naturalidad y verosimilitud. Se suele decir que el traductor es la voz del escritor, pero no es verdad. El traductor da la palabra al escritor, pero no le puede dar voz porque el escritor tiene su cerebro y sus estructuras mentales y el traductor tiene las suya, con lo cual no puede convertirse en la voz del escritor.

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