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De toros y tauromaquias

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Como cada año por estas fechas se aviva en el Parlamento Europeo la polémica sobre las corridas de toros. Hay que aprobar los presupuestos y nuestro grupo, Verdes-Alianza Libre Europea, volverá a plantear una enmienda para que las subvenciones a la ganadería no incluyan ayudas para criar toros de lidia, animales destinados a morir en un espectáculo público. La discusión está servida y el parlamento vacila: hace dos años la perdimos, el año pasado la ganamos. Pero desde la distancia de Bruselas, el debate sobre los toros se despoja de muchos de los elementos que en España lo perturban y se vuelve bastante más claro.

Aquí no valen los pseudoargumentos que llenan columnas de opinión y minutos de pantallas televisivas en la prensa española. No vale, por ejemplo, recurrir al manido recurso de que “los toros son una tradición”. Nadie lo duda. En la península ibérica y el sur del estado francés se han celebrado desde hace mucho, festejos que incluían sacrificios de toros. ¿Y qué? Ese mismo argumento de la tradición lo utilizan los fascistas polacos para pedir que la mujer no tenga acceso al voto. Las tradiciones no son buenas per se . Las sociedades democráticas deben decidir cuáles conservan y cuáles no.

Más ridícula resulta aún la llamada a “la libertad”. Los toros están ahí, quien quiera que vaya y quien no quiera no… las drogas están ahí, quien quiera que las venda y quien no quiera no… Las sociedades democráticas deciden qué actividades permiten, y cuando alguna se considera inadecuada para el conjunto de la sociedad se prohíbe, y no hay argumento de libertad que la cubra. Vivir en común civilizadamente es eso: aceptar unas reglas, que en ocasiones pueden no gustarnos, en pro de la convivencia. Y las reglas cambian cuando la sociedad lo considera oportuno…

El debate, por tanto, es mucho más sencillo. ¿Queremos mantener las corridas de toros o no? Y aquí los argumentos, los verdaderamente pertinentes, deberían centrarse en el fondo de la cuestión: los valores. Aquí sí hay un elemento claro de discusión. Para los antitaurinos -entre los que me encuentro- los valores que acompañan el toreo son nefastos: se justifica la tortura de un animal para crear un espectáculo. Para los protaurinos, sin embargo, se trata de un arte, la tauromaquia; estamos hablando de cultura, de las creaciones más elevadas de una sociedad. Es precisamente el recurso a la cultura, el que permite que tanto en Francia como en España, que tienen leyes muy claras contra el maltrato animal, la excepcionalidad de las corridas de toros se permita.

Esa “excepcionalidad” ya resulta reveladora. Si en lugar de un toro hubiera cualquier otro animal, un burro, un elefante, un cocodrilo o un avestruz, los promotores del espectáculo serian encarcelados sin excusa. Pero los toros son “cultura”… y deben mantenerse. ¿Lo son? Muchos, también la UNESCO, pensamos que no, que ya no; que en el pasado las corridas de toros crearon un “arte” -en el sentido de una serie de capacidades- para enfrentarse públicamente a un animal encerrado, torturarlo y finalmente matarlo, y que eso provoco incluso una “visión estética”; pero que hoy el espectáculo del sufrimiento de un animal ya no puede provocar sino repugnancia y compasión.

Las dos posturas son muy distantes y el diálogo parece complicadísimo. Se me ocurren pocas valoraciones tan opuestas para una misma actividad: tortura contra arte… ¿Qué debería hacer una sociedad democrática y libre ante un desafío así? Los lectores lo saben tan bien como yo: votar. Sin miedo. Y acatar lo que la mayoría decida, de forma tranquila y responsable. Es obvio que las corridas de toros son polémicas y que los debates se están agriando cada vez más, con faltas de respeto y violencia incluidas. Los referéndums sirven, entre otras cosas, para acabar con eso.

Jordi Sebastià es Portavoz de Compromís en el Parlamento Europeo

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