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Reventar a la derecha

Alberto Núñez Feijóo e Isabel Díaz Ayuso, en el concierto del grupo Hakuna, el 22 de diciembre pasado.
3 de enero de 2026 22:29 h

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Se criticó mucho a Ione Belarra, diputada y secretaria general de Podemos, cuando en noviembre de 2025 se dirigió a Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados y exclamó: “En este momento, presidente, solo tiene dos opciones: o reventamos a la derecha y le quitamos todos sus privilegios o la derecha reventará el país”. Poco después, cuando el fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, fue condenado sin pruebas inequívocas por cinco magistrados de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, la eurodiputada Irene Montero añadió que Belarra se había “quedado corta” y señaló que en España había una mafia judicial, mediática y policial al servicio de la derecha. Montero citó la persecución que habían sufrido los diputados de Podemos, los sindicalistas de la CNT que protestaron contra la pastelería La Suiza, en Gijón, los seis jóvenes de Zaragoza que supuestamente participaron en una protesta contra un acto de Vox, los jóvenes de Alsasua a los se acusó de terroristas por una reyerta callejera. No citó el caso de Juan Manuel Bustamante Vergara, alias Nahuel, un joven que pasó año y medio en la cárcel por escribir el tuit “Goku vive, la lucha sigue” (para el que no lo sepa, Goku es el protagonista del manga Dragon Ball) y por guardar en la nevera de su casa zumo de naranja y col lombarda, dos ingredientes que –según la policía– pueden utilizarse para fabricar explosivos. Se ve que el zumo de naranja, tan popular, es tan peligroso como el napalm o la Goma-2.

Nahuel, que pertenecía al grupo anarquista vegano Straight Edge fue enviado a prisión en 2015 por Carmen Lamela, hoy magistrada del Tribunal Supremo y una de las firmantes de la sentencia que ha condenado al ya exfiscal general del Estado. También se acusó a otros miembros de Straight Edge, un grupo al que se calificó de célula terrorista. Diez años después, la Audiencia Nacional ha absuelto de todos los cargos a Nahuel y al resto de los acusados. Juan Manuel Bustamante Vergara recibirá una indemnización de 54.650 euros. La cantidad es casi una burla, pues nada compensa pasar año y medio entre rejas, soportando durante muchos meses el estricto régimen de aislamiento impuesto a los terroristas.

El caso Nahuel no es tan espeluznante como el crimen de Almería, cuando tres jóvenes fueron confundidos en 1981 con un comando de ETA y fueron torturados hasta la muerte por un grupo de agentes de la Guardia Civil. Nahuel “solo” ha sufrido prisión y aislamiento, pero su peripecia pone de manifiesto que algunos funcionarios del Estado conceden prioridad a las medidas represivas sobre la investigación objetiva de los hechos. No está de más recordar que Lamela envió a prisión a los principales líderes del procés, suscitando la protesta de Amnistía Internacional, que la acusó de restringir derechos fundamentales, como la libertad de expresión y el derecho de reunión pacífica. En 2017, se recogieron 160.000 firmas para pedir su inhabilitación, alegando que “la prisión es un recurso último, es excepcional y ha de ser utilizado mínimamente”, pero “para la jueza Lamela privar de libertad parece ser la regla”.

Solo desde la mala fe pueden interpretarse las palabras de Ione Belarra como una incitación a la violencia. “Reventar a la derecha” es una forma de pedir la movilización de la izquierda para desenmascarar y desmontar el golpismo blando ejercido por una oposición cada vez más agresiva y demagógica. No creo que José María Aznar, falangista en su juventud, haya sido nunca un político de centro, pero en los noventa alardeaba de moderación, pues sabía que era la única forma de conseguir una mayoría parlamentaria. Ahora las cosas han cambiado. Después de la Gran Recesión de 2008, irrumpió una nueva izquierda que consideró inaceptables las políticas neoliberales. Las elites se sintieron amenazadas y la derecha giró hacia posiciones extremistas, explotando el poder de seducción de abstracciones como la patria, la libertad y la seguridad.

Ninguno de estos conceptos es intrínsecamente perverso, pero su carácter difuso se presta a la manipulación. Y es lo que hizo la derecha populista, asociando la inmigración a una supuesta invasión que atentaba contra la seguridad y la soberanía nacional. Al mismo tiempo, prostituyó el concepto de libertad, vinculándolo a la destrucción del Estado del bienestar. El anarcocapitalismo de Milei es un buen ejemplo de esa aberración ideológica. Esta interpretación de la libertad corrió paralela a la idea de que el “movimiento woke” no obedecía al deseo de reivindicar los derechos de las minorías, sino al propósito de demoler los pilares de la civilización occidental: Dios, la patria y la familia.

En España, Díaz Ayuso, también falangista en su juventud, se sumó enseguida a esta oleada reaccionaria. Cuando puso en circulación eslóganes como “Comunismo o libertad” o “Que te vote Txapote” arrojó más gasolina al fuego que ya ardía en los sectores más ultras, como ese chat privado de altos mandos militares que soñaban con el aniquilamiento de 26 millones de españoles. Ayuso es una mujer hueca, con graves carencias intelectuales. Aunque le sobran descaro y belicosidad, nadie ignora que Miguel Ángel Rodríguez y José María Aznar son los titiriteros que mueven los hilos de su discurso. Ayuso ha pretendido investirse de autoridad con declaraciones sumamente provocadoras, como cuando afirmó en una entrevista concedida a El Mundo que el rey, los jueces y ella no permitirían que el gobierno de Sánchez cambiara España por la puerta de atrás. ¿Cómo? Reventando a los que pretenden crear un país más plural e igualitario.

En el caso de Ayuso y sus creadores, reventar no es un eufemismo, sino una feroz estrategia de acoso y derribo. Gracias a medios regados con dinero público, sicarios mediáticos sin escrúpulos y jueces que solo necesitan unos recortes de periódico para admitir a trámite una denuncia, resulta muy sencillo destruir a los adversarios. En una democracia liberal, no hay que sacar los tanques a la calle. Es suficiente tener mucho dinero para controlar los medios de comunicación y las redes sociales, y contar con el apoyo de una “policía patriótica” y unos jueces alineados con las ideas más retrógradas. Con esos recursos, ya no hay necesidad de montar numeritos como los del 23-F. Una Díaz Ayuso lanzado exabruptos dictados por maestros de la intoxicación es mucho más letal que los tiros de Tejero en el Congreso.

No se puede dialogar con quienes pretenden destruirte con bulos, denuncias falsas y amenazas. Hay que reventarlos, como han señalado Ione Belarra o Irene Montero. Y reventar, insisto, en este contexto significa desarmar, neutralizar, desmontar. La derecha ya no tiene ideas, sino prejuicios y hay que mostrarlo claramente. Su meta es miniaturizar el Estado del bienestar, favorecer los intereses de las grandes empresas, garantizar privilegios injustos, amordazar a la ciudadanía más crítica. Si no queremos que la derecha nos reviente, si no estamos dispuestos a que la desigualdad siga creciendo y a que retrocedamos veinticinco años en derechos libertades, hacen falta esa determinación y valentía que siempre caracterizaron a Marcelino Camacho. Su lema “Ni nos domaron, ni nos doblaron ni nos van a domesticar” sigue siendo una poderosa inspiración.

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