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El victimismo socialdemócrata

¿Qué estrategia debe seguir la socialdemocracia ante los retos actuales? ¿Está la socialdemocracia en un periodo de declive estructural ante el cual solo cabe responder reafirmando sus esencias?

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Ignacio Paredero escribía un interesante artículo en Infolibre sobre la socialdemocracia ( La socialdemocracia, ¿cómplice o adversaria?), con dos partes muy diferenciadas. La primera es una descripción magistral y concisa del error cometido por la socialdemocracia al apostar sin apenas críticas internas por el euro (aunque hubo excepciones), cuyas instituciones presentan unos fallos estructurales que Paredero disecciona lúcidamente. Por si fuera poco, Paredero escribe muy bien y esta primera parte está llena de metáforas evocadoras y bien traídas. En la segunda parte, sin embargo, se agria hasta el estilo y la lírica es reemplazada por lugares comunes sobre la derrota de la socialdemocracia. Está bien, no soy objetivo, porque esta es la parte en la que critica mi artículo “ Socialdemocracia, las crisis le sientan muy bien”.

Quizás por ello mi hipótesis es que el artículo de Paredero está escrito por dos autores distintos. La primera parte la escribió Paredero Jekyll mientras la segunda es obra de Paredero Hyde. Los dos son analistas de la socialdemocracia, pero usan prismas opuestos. Paredero Jekyll se apoya en datos, estudios académicos, con argumentos sutiles y contra-intuitivos; y dejando al lector a dos pasos de una propuesta política concreta al complejo problema sobre la mesa. Chapeau.

Por el contrario, Paredero Hyde se apoya en juicios impresionistas (”no acude a la batalla con cartas y voluntad ganadora”), opiniones barrocas de políticos (“como dijo Margaret Thatcher, ‘su mayor victoria no fueron sus políticas sino que Tony Blair no diese la batalla para cambiarlas’”), usa expresiones de brocha gorda (Tsipras “ha vencido a Alemania”) y un lenguaje abstracto (“hay que dejar de legitimar los marcos y las políticas liberales”) que deja al lector a kilómetros de distancia de una solución concreta al complejo problema sobre la mesa.

El lenguaje abstracto (“recuperar la voluntad de hegemonía”; sólo un punto por debajo en la escala de abstracción que el “nucleo irradiador” de Errejón) y guerrillero (“abandonando la capitulación previa y el silencio en la victoria y la derrota”) es una combinación demasiado frecuente en nuestros analistas Hyde de la socialdemocracia. Y un lastre para todos, porque el lenguaje abstracto-guerrillero bloquea el avance de las políticas públicas.

Precisamente, una de las razones por las cuales la socialdemocracia se dejó encerrar en la trampa ordoliberal de las instituciones del euro, que tan bien describe Paredero en la primera parte de su artículo, fue porque se dejó llevar más por los analistas Hyde que por los analistas Jekyll. Como he dejado caer al principio, no toda la socialdemocracia europea se dejó embaucar por el sueño de la gran Europa política y social que, como el flautista de Hamelín, nos metió en un río del que no sabemos bien cómo salir.

Ciertamente, una mayoría de socialdemócratas abrazaron la fe europeísta convencidos, a partir de discursos de gran abstracción (recordad las plegarias colectivas al “modelo social europeo”), de que íbamos a erigir el mayor Estado del bienestar que hubiera visto la humanidad. Pero otros, como los muchos socialdemócratas suecos que votaron en contra de la adopción del euro, le vieron los pies al lobo gracias a analistas Jekyll que dieron un baño de realidad a los sueños europeístas. Los analistas Jekyll pusieron datos y escenarios plausibles a una unión monetaria que, planteada en los términos en los que se planteó, tenía muchos números de acabar como ha acabado.

La segunda parte del artículo de Paredero contiene el tan habitual victimismo de la socialdemocracia. La desaparición de la URSS es un problema para la socialdemocracia porque la ideología liberal ha perdido el miedo al comunismo y ya no hay nada que la detenga en su avance imparable. El victimismo que exhibe Paredero es una réplica del victimismo de los neoliberales, como la escuela de Public Choice, que se pasan el día echando de menos un pasado dorado (en su caso antes de la Primera Guerra Mundial) en el que el gasto público de EEUU apenas llegaba al 7 por ciento del PIB.

Si para los Hyde de izquierdas la socialdemocracia ha encadenado derrota tras derrota durante las últimas décadas, para los Hyde de derechas es exactamente al revés y es la derecha política quien no ha dejado de ceder y ceder más espacio, y más porcentaje del PIB, a un Estado voraz. Los teóricos neoliberales se quejan de que la pragmática derecha europea ha ido concediendo terreno en todas las batallas: primero aceptaron la Seguridad Social, luego una sanidad universal, después una educación infantil gratuita, hasta llegar, en algunos casos aberrantes de capitulación de la derecha, a aceptar bajas paternales de 400 días, como ha acabado tragando la derecha de algún país europeo. Posiblemente cualquier político de derechas europeo de hoy día está más cerca de las posturas de un político de izquierdas en los años de la postguerra que de los de sus correligionarios ideológicos de esos años.

Si nos ponemos el traje victimista, tan legítimo es pues hablar de una constante derrota de la izquierda-socialdemocracia frente a la derecha liberal como de una derrota de ésta. Hasta el bastión más emblemático de la derecha occidental –una sanidad privada en EEUU– está empezando a caer con el Obamacare. No quiero decir que la ideología liberal no haya obtenido victorias, algunas con efectos sociales positivos y que sabiamente han sido adoptadas por socialdemocracias pragmáticas; y otras muchas, como la desregulación de los mercados financieros, la reducción de determinados impuestos progresivos o la propia estructura ordoliberal del euro, con efectos negativos y, que también, inteligentemente, hay que intentar cambiar.

Y para ello hay que utilizar estratégicamente las victorias menos fructíferas de la socialdemocracia. Porque, de forma parecida a la derecha, la socialdemocracia ha obtenido muchas victorias, algunas muy provechosas y otras no tanto. Con un poco de perspectiva, hemos de admitir que el Estado ha crecido de tamaño durante las últimas décadas, tanto en términos de peso sobre el PIB como en términos reguladores. Y, en general, los resultados han sido positivos. Pero, de ello no se deduce que un mayor gasto público sea siempre necesariamente mejor. En ocasiones, hay que recortar aquí y allí para asegurar la “sostenibilidad” del Estado del bienestar, algo que Paredero critica cuando creo que resulta difícil encontrar un Estado del bienestar saludable que no haya emprendido reformas para garantizar la sostenibilidad.

El victimismo empuja a una actitud de confrontación. Paredero urge a “prepararse para la guerra” y, siguiendo la estela de Tsipras, salir “negociando a máximos”. Es, sin duda, una aproximación mayoritaria entre muchos negociadores. Jugar duro. Pero, en una Europa tan fracturada y donde sólo políticas que obtengan un alto grado de consenso podrán materializarse, esta actitud Varufakiana está condenada al fracaso. No podrá doblegar a alemanes, holandeses o, sobre todo, finlandeses.

Paredero concluye el artículo con una idea-fuerza que late en la segunda parte de su artículo: “El objetivo es la igualdad”. ¿Seguro? No lo sé. Me gustaría saber la opinión de los lectores. Personalmente, no creo que el proyecto de la socialdemocracia sea la igualdad. Creo que la igualdad es el resultado de las políticas socialdemócratas. Pero el proyecto socialdemócrata no funciona tan bien cuando se encamina hacia el objetivo de la igualdad como cuando busca la fraternidad, el mutualismo, la construcción de una comunidad sin privilegiados, incluyendo a los “adversarios”.

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Victor Lapuente Giné es profesor de ciencias políticas de la Universidad de Gotemburgo y autor de El retorno de los chamanes (Ed. Península) de próxima publicación.

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