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Malasaña durante 2022: un año más de noticias sobre el cambio del centro de Madrid y sus resistencias

Banderines y farolillos en la calle San Dimas en una de las fiestas del Dos de Mayo de años anteriores

Sacar cada día a la calle un medio de proximidad –a las redes, senda sin suelo que forma parte de la misma realidad– supone ser testigos, durante años, del cambio acelerado del centro de Madrid. Lo contaba hace poco nuestro colaborador Pedro Bravo en su blog Stories Matritensis. Él también ha visto cambiar Malasaña en la última década desde su centro de operaciones vecinal en la calle Espíritu Santo. Relean su artículo: los titulares de prensa de 2022 que hoy revisamos no se entienden sin el contexto a largo plazo que permite entendernos como vecinos. Aquello de las causas, los efectos, las tendencias y, con suerte, los diagnósticos.

Malasaña tiene nombre al margen del nomenclátor del Ayuntamiento porque es una singularidad histórica, un barrio con carácter y un espacio reconocible por todos. Pero no es una isla. Se mueve al vaivén de las mismas inercias que el resto de la ciudad y su centro. Si acaso, fue uno de los laboratorios del proyecto de ciudad terciarizada, espectacular y turística que es, cada vez más, el centro de Madrid. Y no solo, a nadie se le escapa que Chamberí es la nueva Malasaña como Arganzuela parece un nuevo Lavapiés.

En 2022 el deambular despistado de los turistas volvió a ocupar las calles del centro de Madrid después del paréntesis pandémico. Hasta pueden dormir en un hotel cápsula como los de Tokio. Igual que en el resto de la ciudad, cierran residencias de ancianos para dar paso a hoteles; se desahucia a familias sin recursos, como las del Palacio de la Infanta Carlota en la calle de la Luna, o cierran los comercios más reconocibles del paisaje urbano, como Madrid Cómics. El que no se conforma es porque no quiere: a los vecinos que tienen la suerte de ser propietarios les toca la pedrea y los locales comerciales se venden a millón de euros.

Pero no nos engañemos, el Madrid al margen de lo público no es nuevo. Este año contamos un caso que demuestra que es un proyecto de largo aliento: el Ayuntamiento ha decidido prorrogar una vieja concesión franquista que permite a una empresa disfrutar de la explotación de dos edificios municipales por 383 euros al mes. Habla por sí mismo.

Malasaña sigue contando con un músculo cultural envidiable. Hay muchos distritos en Madrid –la mayoría– que no tienen las librerías, bares culturales y tejido cultural que alberga este pequeño barrio. Cuanta con un centro de alta cultura como es Conde Duque y acaba de recuperar una parte del edificio cedido para el Museo ABC para centro cultural. Siguen produciéndose aquelarres culturales como la Semana Kronen, o el festival literario de Marcelo, el editor y librero itinerante de los cafés malasañeros. Renueva cada temporada Pinta Malasaña –perdonen que nos citemos, pero nos sentimos barrio– y los colectivos vecinales siguen sacando cabeza y orgullo en las fiestas autogestionadas del Dos de Mayo.

La última década en Malasaña cuenta una historia de resistencia de los movimientos sociales. El pasado mes de diciembre se cumplieron dos años desde que el Ayuntamiento de Madrid desalojara el Solar Maravillas, en la calle de Antonio Grilo, con la excusa de usarlo para construir un centro de salud. Pese a que los colectivos del barrio pidieron seguir usándolo hasta que se comenzara a levantar el ambulatorio –la promesa de la Administración es ya muy antigua– se les expulsó con desdén y tratamiento de. Hoy, no hay proyecto ni presupuesto, tampoco huerto ni espacio vecinal.

Es difícil negar que la salud del movimiento ciudadano vivió momentos de mayor exuberancia años atrás –algunos tuvieron un breve sobresalto de nostalgia con la okupación frustrada del Patio Maravillas de Pez– pero hay rescoldos, como los que se reavivan en las mencionadas fiestas, en la lucha agónica de los colectivos del barrio por no abandonar la Casa del Cura en la Plaza del Dos de Mayo, o en proyectos vecinales de cariz social como el del Club Malasaña y su proyecto con niños tutelados.

Malasaña sigue siendo. Hay vecindad y relaciones humanas densas un metro detrás del photocall, por más que se empeñen en cambiar los empedrados de las calles por falso adoquinado impreso en asfalto. Y, mientras haya barrio, Somos Malasaña seguirá contando sus historias.

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