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La guerrilla en la provincia de León y el intento de borrar el maquis del pasado

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Una imagen de Francisco Martínez-López 'El Quico' (segundo por la derecha) junto a otros guerrilleros en el exilio en Francia

Una imagen de Francisco Martínez-López 'El Quico' (segundo por la derecha) junto a otros guerrilleros en el exilio en Francia

La guerrilla antifranquista hunde sus raíces en la guerra civil, y, más concretamente, en la represión que efectuaron las fuerzas levantadas en armas contra la legalidad republicana. “La política de la venganza”, la ha llamado Paul Preston. En su conquista del país, los rebeldes se vieron obligados a pacificar la retaguardia y, como no disponían las fuerzas necesarias para ello, utilizaron la violencia como parte de la estrategia militar. Amenazadas sus vidas por trayectorias políticas de izquierdas —o simplemente democráticas—, muchos republicanos optaron por esconderse en sus casas o en los montes próximos a sus domicilios.

Uno de los territorios afectados fue León, y en un pequeño pueblo de esa provincia, Ferradillo, se produjo el 24 de abril de 1942 (tres años antes de la creación de las Agrupaciones comunistas) la fundación de la primera organización armada de la España de posguerra, la llamada Federación de Guerrillas de León-Galicia. La militancia política de los 24 fundadores de la Federación era la siguiente: 6 ugetistas, 5 socialistas, 5 apartidarios, cuatro cenetistas y cuatro comunistas. La dirección del Estado Mayor de la Federación se la repartían socialistas y cenetistas, con mayor presencia de los primeros.

La resistencia leonesa tuvo unas características propias y que implican una ruptura con respecto a los tópicos más al uso en la historiografía sobre la resistencia armada. Uno de esos tópicos se refiere a la hegemonía exclusiva de los comunistas sobre todas las organizaciones armadas de posguerra, excepción hecha de Cataluña, situación que no se produjo en León y zonas limítrofes. Efectivamente, el partido comunista consiguió aglutinar y dirigir desde finales de 1944 a la mayor parte de los combatientes armados contra el franquismo. Sin embargo, la Federación de Guerrillas de León-Galicia no estuvo bajo control del PCE, pues estaba vertebrada como una organización plural y tampoco dependía de las directrices de partido u organización alguno. A partir de 1946, la Federación tuvo que convivir en el mismo espacio (oeste leonés, zonas orientales de Orense y Lugo) con el Ejército Guerrillero de Galicia y León, hegemonizado por los comunistas.

Los desencuentros entre las dos organizaciones eran estratégicos e impedían la unidad de acción. Los federacionistas nunca pensaron que la guerrilla fuera capaz de derribar el régimen franquista y basaban sus esperanzas de cambio en la intervención aliada en España. Consideraban que la resistencia armada era la demostración del problema español y sus actos tenían como objetivo distraer fuerzas represivas y llamar la atención sobre la dictadura. Además de aumentar sus esperanzas de sobrevivir en un entorno tan hostil como eran los años cuarenta en la resistencia armada. Por el contrario, los comunistas eran partidarios de la extensión de la resistencia armada a todo el Estado e intentaban la caída del franquismo con la combinación de acciones guerrilleras y movimientos de masas.

La Federación, como estructura pionera, impuso una estructura paramilitar y la correspondiente jerarquización para hacer operativa la lucha armada, y por vez primera los objetivos eran nítidamente políticos. También creó el Servicio de Información Republicano (SIR) , conocido asimismo como Milicias Pasivas o de Llano, que representó otro salto cualitativo importante. Una parte mayoritaria de los enlaces eran mujeres, generalmente familiares de represaliados republicanos. Y en 1942 se imprimieron los primeros ejemplares de El Guerrillero, el primer periódico de la resistencia antifranquista. Pero la confirmación de que la intervención de las democracias occidentales en España no tendría lugar, pese a la crítica posición diplomática del franquismo, aceleró el desmoronamiento de la Federación de Guerrillas de León-Galicia, y a partir de esa constatación entre el grueso de guerrilleros federacionistas sólo hubo una consigna: escapar al extranjero. La guerra fría había hecho inviable el movimiento armado. En1948 la Federación de Guerrillas de León-Galicia ya era historia.

Los comunistas leoneses que prosiguieron la lucha armada se desplazaron del Bierzo a la Cabrera, donde consiguieron un apoyo significativo de la población. Pero estamos hablando de mera supervivencia, pues era una comarca aislada, políticamente irrelevante. Protegidos por los habitantes de los pueblos, bien por simpatía, bien por miedo, lograron sobrevivir durante más de dos años. El grupo de Cabrera, que pertenecía orgánicamente a la II Agrupación del Ejército Guerrillero de Galicia y León, de obediencia comunista, estaba encabezado por el ugetista Manuel Girón Bazán, al que acompañaban cinco guerrilleros, destacando Francisco Martínez López, comisario político, y una mujer, Alida González, compañera sentimental de Girón. El ciclo de la guerrilla leonesa se clausuró con la muerte del más conocido resistente berciano, el citado Girón, asesinado por un infiltrado en mayo de 1951.

Desde un punto de vista historiográfico, resulta poco comprensible el empeño del partido comunista imponiendo a partir de la transición la condición de invisible para el movimiento guerrillero, cuando la resistencia armada se configuró como la expresión más acabada de su política de los años cuarenta. Aparte de impulsar algunas narraciones ideológicas, el PCE quiso borrar al maquis de su pasado. En su historia oficial, se trata a la guerrilla como si fuera un episodio anecdótico de su trayectoria. El partido comunista, que eligió la vía armada para acabar con el franquismo, se desembarazó de la guerrilla no sólo como opción estratégica —lo que parecía  obligado dada la evolución política del país— sino también como fragmento de su historia y de la historia de España. En lugar de promover su conocimiento, la resistencia armada fue desplazada del discurso histórico para hacer creíbles nuevas tácticas, entre ellas la conocida como “política de reconciliación nacional”. En esas coyuntura, la guerrilla aparecía como una rémora indeseable del pasado. Remitía a prácticas estalinistas que habían tenido su traducción en sórdidos episodios: eliminación física de rivales políticos (los monzonistas), delaciones a la policía de compañeros que defendían planteamientos heterodoxos y maquis ejecutados con el pretexto de una ambigua normativa guerrillera. Fue en ese entorno en el que se produjo la eliminación de Víctor García García El Brasileño por elementos afines al partido comunista, por sus propios correligionarios.

*Secundino Serrano es historiador

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