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CV Opinión cintillo

Criticar la ideología en vano

Teodoro Garcia Egea y Pablo Casado.
3 de octubre de 2020 21:08 h

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“Hay una clara maniobra del PSOE para poner la ideología por encima de la salud, la economía, el crecimiento y la prosperidad”, soltó el hombre. En el demencial episodio de la resistencia de Isabel Díaz Ayuso a adoptar medidas contra la alarmante evolución de la pandemia del coronavirus en Madrid, con el poco disimulado objetivo partidista de convertir al socialista Pedro Sánchez en responsable de lo que ocurra, el secretario general del PP, Teodoro García Egea, ha llegado a contraponer la “sensatez” de su partido frente “a un Gobierno que pone la ideología por encima de la salud”.

No es, ni mucho menos, la primera utilización de la ideología como descalificación del adversario que la derecha hace en su estrategia de alta tensión, aunque adquiera tintes grotescos en plena crisis sanitaria. De hecho, se ha convertido en un tópico discursivo censurar como “ideológicas” las propuestas o las medidas de las formaciones y los gobiernos de izquierdas. Por ejemplo, Toni Cantó, de Ciudadanos, es muy aficionado a arrojar ese anatema sobre Compromís y Podemos, y también sobre los socialistas, que gobiernan en la Generalitat Valenciana. Por lo visto, rescatar hospitales privatizados para la gestión pública es ideológico, pero privatizarlos no. Subir impuestos es ideológico, pero bajarlos no. En fin... Hasta Vox imita el procedimiento para arremeter contra las normas que protegen a las mujeres porque obedecen a lo que denomina “ideología de género”. ¡Lo dice Vox, con su neofranquismo reaccionario! ¡Hasta el más doctrinario hace relojes!

No hay nada nuevo en esa actitud según la cual solo tiene ideología el adversario. Desde que Karl Marx analizó en La ideología alemana cómo funciona la creación de una autoconcepción de la sociedad alejada de la realidad de las relaciones de poder que la atraviesan, y después otros como Karl Mannheim profundizaron en la idea de que no es la conciencia de los individuos lo que determina su ser social sino su ser social el que determina la conciencia, ha habido innumerables intentos de dar por muertas las ideologías.

El sociólogo Daniel Bell, por ejemplo, propuso el fin de las ideologías en los años sesenta del siglo XX (¡todavía no había llegado ni Mayo del 68!). Para ello, trató de convertirlas en un tipo de “religiones seculares” identificadas con cualquier actitud política que no coincida con el sistema, dada la victoria inapelable de la democracia y el capitalismo. Otros fueron más allá para sostener que las únicas ideologías, claro, eran las de izquierdas, según –¡esta sí!– una ideología conservadora que “termina por creerse lo que dice de sí misma”.

A finales de la pasada centuria, Francis Fukuyama pronosticó sin éxito, tras la caída del comunismo soviético, que la historia como lucha de ideologías había terminado. Empezaba entonces la era del neoliberalismo, que ha tratado de presentarse como algo racional, casi indiscutible, y de condenar a quienes lo critican como resentidos y políticamente radicales, cuando no fanáticos antisistema. La tecnocracia, el centrismo y la supuesta moderación se convirtieron en una especie de atributos civiles para proteger esa ideología dominante contra cualquier impugnación que se formulara. Pero en realidad, el centro es solo un lugar en el espacio político y la moderación, una actitud que puede sostenerse desde diversas concepciones. No son en ningún caso garantías de una posición no ideológica. Sin ir más lejos, resulta difícil discutir que el Partido Nacionalista Vasco es hoy un actor más moderado y centrista que Ciudadanos en el tablero político de España, aunque ambos mantengan versiones fuertes de sus nacionalismos respectivos.

El compromiso social y el reformismo no son más ideológicos que el conformismo político, ni tienen por qué resultar más radicales. Todo depende de la exigencia crítica, la vocación de diálogo, la actitud constructiva y el ánimo abierto que cada cual esté dispuesto a aplicarse en el debate público y en la vida democrática.

Pero en todo el ruido creciente que la derecha organiza con todo lo que considera “ideológico” de los demás hay un reflejo defensivo ante el deterioro que la hegemonía del pensamiento único viene sufriendo en los últimos tiempos. Las derechas clásicas han dado paso a populismos y extremismos reaccionarios de todo tipo. La socialdemocracia, como el Partido Demócrata estadounidense, ha visto surgir nuevas corrientes y nuevos movimientos sociales que cuestionan la ideología del statu quo. Y ciertos tics retóricos no llegan a ocultar la desigualdad intolerable, ni lo que es moralmente injusto y políticamente inaceptable.

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