Elogio del grito
El grito de Edvard Munch ha pasado a la historia del arte como uno de los iconos de mayor fuerza anímica. Fue una obra precursora del expresionismo y la intensidad y vibración del gesto de su figura andrógina han pasado a representar en nuestro acervo cultural la plasmación visual del sentimiento de angustia ante algo que no se ve pero que el lienzo convierte en motivo de un sentimiento de desesperación. Munch pintó el espanto humano y con el color de sus pinceles lo congeló en el tiempo.
Mazón seguiría ofendiendo la dignidad de los valencianos de no haber sido por otro grito estremecedor, el que desbordó el inmenso caudal de indignación acumulada por las múltiples manifestaciones convocadas por las asociaciones de víctimas de la DANA acompañadas de dos centenares de entidades cívicas que cada mes, alrededor de su día 29, congregaban a decenas de miles de personas para acompañar en las calles a las familias de las víctimas y recordar solidariamente la memoria de 230 personas muertas por culpa de una conducta negligente presuntamente delictiva.
¡Asesino rata cobarde! este es el otro grito, el que vibró en la inmensa sala de la Ciutat de les Arts rompiendo el silencio durante el solemne funeral de Estado en recuerdo de las víctimas. El grito estremecedor de una mujer anónima dejó a Mazón desnudo ante el mundo. Fue ella la que concentró en un instante y con solo tres palabras un año de rabia y resistencia de una ciudadanía que no salía de su estupor cada vez que se conocían nuevos detalles sobre a qué se dedicó la primera autoridad valenciana mientras a menos de diez quilómetros de El Ventorro las personas morían arrastradas por el lodo de un desastre anunciado desde días antes. Ella y su grito fue quien lo precipitó todo. Desde ese mismo momento era evidente que la suerte del infame estaba echada a pesar de que esa misma mañana había recibido en el Palau de la Generalitat los aplausos y vítores de 160 de sus clones y muy a pesar del apoyo que le brindó durante un año su partido y los socios de la extrema derecha que, en realidad, blindándolo a él se protegían a ellos mismos como hacen los cómplices mafiosos.
Durante un año construyeron un relato lleno de ocultamientos y mentiras que tuvo su principal caja de resonancias en Madrid con los feijós, cucas, ayusos y bendorros para quienes en el caso de la DANA también había que aplicar el manual de construcción de una verdad alternativa que condujera a hacer creer que la culpa es siempre de los otros, incluso de las víctimas a quienes se les llegó a imputar la responsabilidad de no haberse sabido proteger. Venían experimentados de otros desastres como el accidente del del Yak 42 en 2003 (62 víctimas); los atentados de Atocha en 2004 (193 personas muertas y 2000 heridas); o el siniestro del metro de Valencia, en 2006 (43 personas muertas y 47 heridas); o los protocolos de la vergüenza de Madrid en 2020 (7291 personas fallecidas en condiciones espantosas). De ahí la obsesión de Feijoo en pedir a Mazón que controlase el relato de la catástrofe antes que ocuparse de las víctimas según se desprende del intercambio de mensajes que los dos mantuvieron mientras se ahogaba la gente. La política y la verdad no se llevan bien o, lo que es lo mismo, un relato bien manipulado puede ocultar los datos.
Mazón no dimitió, lo echaron y quienes lo echaron no fueron ni Les Corts, ni los partidos, ni ninguna alta institución, fue la sociedad civil organizada y eso les duele mucho, motivo por el que se esfuerzan en vestirlo de dimisión. Por eso se entiende que uno de los rasgos más persistentes del poder establecido con independencia de su adscripción ideológica es su desconfianza estructural hacia la sociedad civil organizada. Los partidos políticos tienden a presentarse como la única vía posible para cambiar las cosas porque les resulta oportuno. Esta concepción ha empobrecido la democracia reduciéndola a un mecanismo electoral periódico, vaciado de participación real donde en ocasiones recalan personajes corruptos que colonizan las instituciones democráticas aun a costa de destruirlas con el descrédito.
Plataformas ciudadanas, movimientos sociales, colectivos culturales, asociaciones ambientalistas, vecinales y de damnificados, de este o de cualquier otro desastre, comparten una característica que los hace incómodos: actúan fuera del control directo de los partidos políticos y, por tanto, les obstaculizan la pretensión de ostentar el monopolio de la representación y decisión sobre lo que ahora toca o no toca. Sin embargo, gran parte de las asociaciones son escuelas de democracia, libertad y un contrapeso frente a los abusos del poder político. Existieron mucho antes que la democracia y los partidos, nacen de un impulso natural primigenio de las personas para agruparse en defensa de sus intereses y para la protección de valores y derechos que constantemente están en riesgo. Allí donde la sociedad civil se organiza, el poder se ve obligado a escuchar y en muchas ocasiones, rectificar o ceder. Precisamente por eso forma parte del relato político desprestigiar, fragmentar o instrumentalizar las entidades cívicas que no se someten al dictado político.
Mazón conjuró a los poderes tradicionales a su favor, las primeras semanas buscó la bendición de la Iglesia con un funeral católico que despreció los credos de muchas de las víctimas y atrajo un alto mando militar a su gobierno para hacer creer que tenía el apoyo del ejército. Con la clase empresarial lo tuvo peor pues algunos reconocidos empresarios estaban entre las víctimas. Pero Mazón seguiría en el Palau de la Generalitat de no ser por la persistencia de las denuncias y las manifestaciones masivas culminadas por el grito asesino rata cobarde y las acciones emprendidas por las asociaciones de damnificados y cívicas que han permitido desvelar las mentiras con las que se intentó encubrir tanta irresponsabilidad y maldad. De hecho, Mazón aguantó un año entero mintiendo y despreciando tanta indignación acumulada hasta que una sola gota, el grito, desbordó el torrente de dignidad que se lo llevó.
En este contexto, resulta especialmente revelador el intento insistente de formular la salida de Carlos Mazón como una dimisión. Mazón no dimitió, fue destituido de facto por la ciudadanía, manifestación tras manifestación, por la acumulación de protestas, por la persistencia cívica que erosionó su legitimidad política hasta hacerla insostenible. El poder intenta siempre apropiarse del relato final: presentar la caída como un acto voluntario, ordenado, casi elegante. Pero la realidad fue otra. La presión social fue constante, creciente y transversal. Y hubo un momento simbólico que condensó todo ese proceso en una sola voz rotunda, moralmente cargada de razón y dignidad que expresó lo que miles pensaban y que ya nadie podía silenciar: “Asesino rata cobarde.”
Ese grito no fue un exabrupto, fue la máxima expresión de dolor en el lugar adecuado. Fue la irrupción de la sociedad civil en un espacio, el funeral de Estado, que el poder considera exclusivamente suyo. Como escribió Hannah Arendt, el poder se sostiene mientras es reconocido; cuando pierde legitimidad, solo le queda la huida o la violencia. O como también recogería Albert Camus, ellos mandan porque nosotros obedecemos. A partir del momento del grito, la ficción se rompió. No fue una dimisión: fue la negación de una legitimidad sustentada en una mentira odiosa, constituyó una expulsión cívica. La democracia no se agota en las instituciones, sino que necesita una esfera pública viva, conflictiva, crítica. Cuando esta se debilita, las instituciones se convierten en estructuras autorreferenciales, desconectadas de la sociedad a la que dicen servir. Mazón y sus correligionarios se valieron de la débil estructura de las instituciones que le debieron de exigir la rendición de cuentas que correspondía, pero recurren a supuestas comisiones de investigación cuya utilidad para desentrañar la verdad está más que en entredicho.
Recordemos que Mazón no dimitió, sino que fue echado, no es una cuestión semántica: es un acto político y moral. Nombrar correctamente los hechos impide que el poder se reapropie de la historia -del relato como ellos lo llaman- y neutralice su significado y cada vez que se la intenta silenciar, desactivar o desprestigiar, conviene responder con la evidencia más incómoda para el poder: si no hubiese sido por la movilización de la sociedad civil organizada Mazón nunca se habría ido. Nada de lo valioso que hoy disfrutamos llegó sin conflicto, sin organización y sin perseverancia. Y cuando se nos dice que “no se puede hacer nada”, conviene recordar que toda conquista empezó siendo negada. También es cierto que las conquistas cívicas no siempre son completas, Mazón nos lo recuerda cada vez que se acomoda en su escaño de diputado, todavía hay camino por recorrer hasta verlo sentado en el banquillo de los acusados.
La organización de la sociedad civil es además de una herramienta de participación política, una exigencia ética. Implica asumir responsabilidad colectiva, salir del individualismo resignado y disputar el sentido de lo público a quienes lo monopolizan. Frente a la cultura de la queja individual tantas veces aplastada y la delegación pasiva tantas veces engañada, la acción colectiva afirma la radicalidad democrática: la ciudadanía no pide permiso ni para existir políticamente, ni para arrojarle a aquel desalmado el grito de ¡asesino rata cobarde!
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