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Reportaje

La reconstrucción psicológica, la gran olvidada tras la dana

Psicólogas sin fronteras.

elDiariocv

València —

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Ya ha pasado más de un año desde que la dana sacudiera 75 municipios al sur de la ciudad de Valencia. Más de 300.000 personas fueron afectadas. Los daños materiales han sido minuciosamente cuantificados y la mayoría de ellos están siendo reparados. Sin embargo, poco se habla de la magnitud del daño en la salud mental de la población.

La Organización Mundial de la Salud estimó que el entre el 20% y el 40% de las personas afectadas por la dana podría experimentar estrés agudo y ansiedad en los primeros momentos y entre un 15% y un 20% podían desarrollar cuadros graves de depresión y ansiedad generalizada en los meses posteriores de no contar con ayuda profesional, estamos hablando de cerca de 50.000 personas.

Ante esta situación la ONG Psicólogas sin Fronteras, especialista en atención psicosocial en desastres humanitarios, acudió a municipios que solicitaron apoyo, realizó reconocimiento de afectación, trabajó para tipificar sintomatología evitando patologización, y organizó atención individual y coordinación en mesa de salud mental. En ese balance, la entidad indica más de 300 atenciones en localidades como Benetússer, Paiporta, Massanassa, Sedaví y Chiva, y una demanda superior a 700 solicitudes a través de su dispositivo de atención psicológica en emergencia y crisis.

La clave no es solo el número. Es el enfoque: acompañar, escuchar, sostener, devolver agencia, activar recursos locales, y no entender el trauma como un asunto exclusivamente individual cuando lo que se rompe —también— es el tejido social.

En el terreno, las señales más repetidas no tienen épica: miedo ante la lluvia, hipervigilancia, irritabilidad, insomnio, dificultad para concentrarse, tristeza persistente, sensación de irrealidad, cansancio extremo. RTVE recogía, un año después, cómo incluso una alerta en el móvil podía reactivar el “trauma de la dana” y el temor a que “vuelva a repetirse”.

No todo esto es patología. Y conviene decirlo alto: tras una catástrofe, muchas reacciones son normales. Lo que resulta anómalo sería no sentir nada. Precisamente por eso, una intervención responsable evita dos trampas igual de dañinas: medicalizarlo todo o, en el extremo contrario, banalizar el sufrimiento con el “ya pasó”.

Aquí la evidencia y la práctica humanitaria coinciden: el apoyo psicosocial efectivo no es solo terapia individual; también es seguridad, vivienda, trámites, escuela, redes, espacios comunitarios. La OMS recuerda que, en emergencias, el malestar psíquico es frecuente y los servicios de salud mental suelen verse alterados o tensionados cuando más se necesitan.

El impacto no se reparte por igual

La DANA golpeó sobre un terreno ya cargado de vulnerabilidades. La precariedad, el desgaste del sistema de cuidados, las secuelas de la pandemia y la desigualdad previa funcionan como “multiplicadores” del daño. Por eso, hablar de salud mental tras una riada es hablar también de determinantes sociales: pérdida de vivienda, ingresos interrumpidos, burocracia, endeudamiento, convivencia forzada, duelo, conflictos familiares.

Y también es hablar de género. Un estudio de cribaje citado por la Generalitat situaba, a los 11 meses, una prevalencia de estrés postraumático del 27,6% en población adulta entrevistada, con mayor afectación en mujeres (30,5%) que en hombres (24,6%). En la práctica cotidiana, esto suele traducirse en algo muy concreto: mujeres cuidadoras sosteniendo a todo el mundo mientras lo propio queda para “cuando haya tiempo”.

En infancia y adolescencia, el impacto se cuela por vías menos evidentes: regresiones, conductas disruptivas, caída del rendimiento, miedo a separarse, problemas de sueño. La misma información pública señala que se desplegaron psicólogos en centros escolares y se atendió a alumnado en zonas afectadas. Son pasos importantes, pero la pregunta es si la respuesta será lo bastante sostenida como para acompañar procesos que, por definición, no terminan cuando se seca el barro.

A día de hoy ha quedado patente que el sistema público de salud mental no abarca las demandas de la población. Se observan listas de espera largas que no encajan con la urgencia emocional post-catástrofe, una respuesta demasiado medicalizada y poco comunitaria, falta de recursos específicos para infancia y adolescencia en contextos de emergencia entre otros problemas.

Es por tanto urgente que se ponga el foco en la reconstrucción psicológica de las personas afectadas, se destinen los recursos necesarios para aliviar las listas de espera y ofrecer una atención de calidad para evitar el desarrollo de cuadros graves de depresión y ansiedad entre una población que en muchos casos ya atraviesa por situaciones de vulnerabilidad.

La reconstrucción psicológica no compite con la material: la hace posible. Una comunidad que vive en hipervigilancia, con duelo congelado y sin red, se reconstruye peor, se endeuda más, se enferma más y confía menos. Si algo enseña la dana es que el “después” dura años. Y si algo enseña la psicología comunitaria —la que PSF practica— es que la recuperación se construye con la gente, no solo sobre la gente.

Porque, al final, reparar una calle devuelve movilidad. Reparar el tejido comunitario devuelve futuro.

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