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Contrapoder es una iniciativa que agrupa activistas, juristas críticos y especialistas de varias disciplinas comprometidos con los derechos humanos y la democracia radical. Escriben Gonzalo Boye (editor), Isabel Elbal y Sebastián Martín entre otros.

¿Podemos hacer algo por Grecia?

Joaquín Caretti

La ferocidad de las medidas que las instituciones europeas han impuesto en Grecia es causa de una gran consternación. Aunque  capitaneadas por Alemania han sido alentadas y aplaudidas por el resto de los gobiernos de los países de la Unión Europea. Pero lo que resulta aún más preocupante es que dichas medidas sean aplicadas por un partido que ganó las elecciones con un proyecto radicalmente distinto. Syriza propuso acabar con el plan de recortes y rescates y batalló con denuedo durante varios meses para conseguirlo. A todo esto hay que sumarle la clarísima decisión del pueblo griego de no aceptar los planes de la Troika, tal como fue ratificado por amplia mayoría en el referéndum del 5 de julio pasado.

Increíblemente, a la semana siguiente, el gobierno griego firmaba su rendición y aceptaba el plan alemán, lo cual transformó el Oxi del referéndum -un acontecimiento en la historia democrática que podría haber cambiado el destino de Grecia- en papel mojado que el viento alemán se llevó por delante contando con el consentimiento de los propios convocantes de la consulta popular. Numerosas son las voces autorizadas (ver Krugman, Stiglitz, Varoufakis, informe del Comité de la Verdad sobre la deuda pública griega…) que dicen de forma bien argumentada que es posible otra política que la de aceptar un plan aún más duro de lo imaginable y del cual no se espera, algo ya sabido por todos -incluido el FMI-, que vaya a sacar a Grecia del abismo en el que se encuentra. El plan que firmó el Gobierno griego implica transformar al país en una colonia donde la pérdida de soberanía es absoluta y el saqueo de lo público no tiene freno. Tendría gracia, si no fuera una burla, que la primera medida privatizadora que se conoce sea la venta de catorce aeropuertos -por cuarenta años- a una empresa alemana, medida que había sido frenada al asumir Syriza y que ha sido rápidamente reactivada tras la firma del plan.

Es sencillo avizorar lo que va a suceder en los próximos meses o años: toda propiedad estatal pasará a manos privadas por orden de la Unión Europea. Cuando Grecia despierte ya no tendrá ninguna propiedad de valor, todo lo que interese estará vendido. Sus gobernantes serán -son ya- meros ejecutores de los dictados externos y objeto de la supervisión de toda medida política que se intente tomar, ya sea por el Gobierno o por el Parlamento. La política que se desarrolle tendrá que contar con el acuerdo de las instituciones europeas hasta el año 2050 y en consecuencia nada de nada quedará librado a la iniciativa soberana de ningún Gobierno griego.

Cada vez más deuda y cada vez más pobreza es una combinación que todos saben inasumible pero, a pesar de ello, se sigue actuando como si lo fuera. Hay que mantener el semblante de lo posible aunque el horror del desfalco y la miseria muestren su peor cara. Es en este punto donde era necesaria la presencia de otra política, la emergencia de un acto emancipatorio, de un acontecimiento que impidiera la repetición de lo peor y que transformara la realidad para dar lugar a algo nuevo. Había condiciones para ello y, sin embargo, los que estaban en el lugar adecuado no se atrevieron. Grecia continúa repitiendo -ya van tres rescates- la escena de su sufrimiento bajo el lema de que no hay otra salida: o rescate o suicidio.

Sin embargo, su verdadero suicidio como país soberano es la repetición de las medidas de austeridad y la entrega de su patrimonio. Esta decisión tendrá enormes repercusiones en la subjetividad por el fracaso de las esperanzas puestas en la posibilidad de otra política y por la aceptación de una deuda impagable que perpetúa la culpabilidad en los ciudadanos. La propuesta final del Gobierno es la resignación y la espera de tiempos mejores para la lucha emancipatoria, empezando -¡claro!- por enmarcarse en la senda socialdemócrata europea.

La resistencia de un sector de Syriza, que se opone a aceptar este tercer plan de “ayudas”, ha puesto contra las cuerdas al Gobierno pues ha perdido la mayoría que tenía para gobernar y se ha visto obligado a conseguir el apoyo de los partidos de la oposición para aprobarlo. En una pirueta inesperada los señalados ayer como enemigos políticos, conservadores y socialdemócratas, han devenido los aliados de hoy. En este contexto de debilidad, la convocatoria a nuevas elecciones era imprescindible para sacarse de encima a los veinticinco diputados de Syriza que no aceptan el plan e intentar conseguir una nueva mayoría parlamentaria adicta. Convocar a un pueblo exhausto, atemorizado y acorralado a que refrende el cambio de plan, plan que ya rechazó hace solo menos de dos meses, es un ejemplo de manipulación de la democracia que merece ser llamado de otro modo: hacer comulgar al pueblo con ruedas de molino.

Los voceros de la derecha en España se regocijan del correctivo que ha recibido el movimiento emancipatorio y no dejan de señalar lo que le podría pasar a nuestro país si triunfaran los aliados internos de Syriza. Convocan al miedo como su mejor arma electoral y alinean a España, una vez más,  en la disciplina alemana.

Es aquí y en este momento donde surge la pregunta sobre qué podemos hacer por Grecia, ya que en ello se juega nuestro futuro. Ante el cambio radical de rumbo evidenciado por Syriza ¿qué podría hacer el movimiento popular que apoyó y confió en ese partido y que lo nombró aliado en la ruta emancipatoria?; ¿qué se puede hacer para paliar los efectos de tamaña derrota sobre el proyecto popular naciente en España?; ¿cómo podemos colaborar verdaderamente con el pueblo griego, cómo podemos apoyarles? Quizá diciendo que esto no es sino una derrota más en la larga lucha de los pueblos por una vida mejor, una derrota de sus líderes y de su partido, quienes equivocaron la estrategia y finalmente vendieron humo hundiendo las ilusiones de su pueblo. Se trata a lo mejor de distanciarse de aquellos que vuelven a llevar a su país a la senda de la sumisión y de apoyar sin ambages a los que en Grecia siguen optando por una alternativa a la soga de la Troika y apuestan con fundamento (ver notas al final) a que esta es posible. Desarrollar la verdad de lo que está ocurriendo en Grecia, sin disfrazarla bajo el manto de que se respetan las reglas de la democracia y rechazar la deriva neoliberal del Gobierno griego actual, podría mantener la ilusión en un proyecto -nutrido de otras luchas emancipadoras- que se oponga a la repetición mortífera de las medidas de austeridad.

Podemos hacer esto por Grecia, lo cual es hacerlo también por el conjunto de España. Es fundamental avanzar en el análisis de lo sucedido,  en el porqué del fracaso del gobierno y en el porqué de la ausencia de un debate sobre una salida diferente de la que se firmó. Todo ello contribuiría a construir una alternativa clara al bipartidismo que asfixia la imaginación y la política y permitiría generar un nuevo saber hacer con el poder del neoliberalismo reinante en Europa.

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