“Me voy de aquí porque ya no les queda nada más que hacerme”

De izquierda a derecha, Josefa Garcia, adolescente fusilada por un pasquín comunista; Norberta del Olvido, humillada y violada, huyó a Valencia; y Carmen Soriano, fusilada tras dar a luz.

La Guerra Civil llegó a su fin tal día como hoy de 1939. La represión franquista acababa de empezar. De ella habían huido el 28 de marzo desde el puerto de Alicante 2.638 personas a bordo del Stanbrook, una gesta del capitán Archibald Dickson que volvió a ser recordado el pasado jueves. Entre las tripulantes del buque carbonero con destino Orán se encontraban las hermanas Helia y Alicia González junto con su familia. La primera falleció en septiembre del año pasado; Alicia participará este domingo en los actos de cierre organizados por el Consell y la Comisión Cívica de Alicante para la Recuperación de la Memoria Histórica junto con, entre otros, el preso franquista Víctor Díaz-Cardiel

Unas 15.000 personas se habían quedado en tierra sin posibilidad de escapar. Muchas de ellas fueron  recluidas por el bando vencedor en campos de concentración como el de Los Almendros o el de Albatera. pero, ¿qué pasó exactamente con las mujeres que habían pasado la guerra en Alicante provincia, zona de retaguardia, y ahora estaban atrapadas en la España de Franco? Las investigaciones apuntan a que “fueron objeto de una doble represión, política y de género”, expresa el historiador Francisco Moreno. “Fueron castigadas, no solo por su actuación, sino por haber abandonado su papel tradicional de esposa y madre sumisa”, añade el estudio que recoge el Archivo de la Democracia de la Universidad de Alicante

La también investigadora Mónica Moreno, que participó el pasado viernes en otra charla dentro del programa de actos organizados, explica que de los 724 fusilamientos contabilizados en la provincia de Alicante después de la contienda, 18 fueron mujeres. Entre ellas destaca el de Josefa García García, natural del municipio de Dolores, “una adolescente analfabeta y que ejercía la prostitución para ganarse la vida”, cuenta Miguel Ors, historiador ilicitano especializado en la Guerra Civil. “Convenció a uno amigo para que le escribiera con lápiz un panfleto con proclamas comunistas” que pegó con harina a la pared de una casa de Correos la noche del 22 de marzo de 1940. Mientras el autor material no fue condenado a muerte, seguramente por la “capacidad de influencia” de su familia, Josefa y otros dos detenidos más fueron fusilados en Alicante el 4 de mayo tras un procedimiento sumarísimo que dictaba que los hechos, un pasquín con loas al comunismo, eran de “máxima gravedad”.

El nuevo régimen también acabó con la vida de las hermanas de Callosa del Segura Rosario y Carmen Soriano Gambín. Pese a que un tribunal popular de la República las había absuelto, el franquismo las declaró culpables del asesinato de un policía municipal. “No fueron fusiladas a la vez porque se esperaron a que Carmen tuviera una hija que se la pudo quedar el marido, que no le quedó otra que abandonar el pueblo”, asegura Ors.

Lo cierto es que, como en todo el territorio español, el ajusticiamiento de las mujeres “representó en Alicante provincia un porcentaje muy inferior al de los hombres”, insiste Mónica Moreno, “pero no debemos olvidar que el restablecimiento de la visión tradicional del papel de la mujer en la sociedad que llevaron a cabo el franquismo y la Iglesia Católica les perjudicó enormemente”. Sin obviar que sufrieron violaciones, rapado de cabellos, suministro de aceite de ricino, humillaciones, constante desprestigio social o marginación en un contexto, el de los años 40 de pobreza extrema. Es lo que se conoce como represión encubierta.

Aquí aparece Norberta del Olvido Peral Serrano, militante del Grupo Femenino Socialista, había colaborado con periódicos socialistas durante la guerra en Úbeda y cuando llegó a su fin volvió a Elche con su madre donde fue denunciada por su propio padrino ante Falange, según el testimonio de sus descendientes que recoge la cátedra Pedro Ibarra de UMH, que dirige Miguel Ors. Le cortaron el pelo y le obligaron a beber aceite de ricino. Fue violada y su familia recuerda su expresión: “Me tengo que ir de aquí porque ya no les queda nada más que hacerme”. Huyó a Valencia donde murió en 1950 con solo 32 años.

Maestras represaliadas

La doble represión de las mujeres, política y de género, tuvo especial incidencia en las maestras de la provincia de Alicante. “Fueron sancionadas tanto como profesionales como el hecho de ser mujeres”, concluye la docente Isabel Domenech, autora de una investigación que será presentada la semana que viene en la Feria del Libro de Alicante.

La depuración franquista alcanzó al menos a 603 maestras de la provincia, de las cuales 116 fueron castigadas de manera “muy severa” por su comportamiento político durante la guerra y por representar una parte de ellas durante la República “un nuevo estilo de mujer moderna,  educadas, trabajadoras con un sueldo propio y menos sumisas”, recuerda Domenech en su tesis doctoral.

De ella, 12 fueron juzgadas por un Tribunal Militar por delitos políticos y fueron condenadas a penas de cárcel, cantidad inferior a la de maestros, “debido a que su militancia política y sindical había sido menos numerosa”. Antonia Mecha fue una de ellas. Considerada antifascista, pasó casi tres años entre rejas de los seis que le habían condenado. Su familia recuerda que se le cortó el pelo al rape y fue purgada con aceite de ricino. “Siendo como era una mujer muy cuidadosa con su aspecto, así se le sacó a la calle en alguna ocasión”. Una vez en libertad condicional, un incidente con un vecino que le insultó “le hizo perder la cabeza”, recuerda su sobrina en una biografía que recoge la cátedra Pedro Ibarra.

Mecha murió en 2005 en la Granja Psiquiátrica de San Juan de Alicante donde ingresó en 1953 tras pasar por otros centros psiquiátricos. Su familia insiste en recordarla como una “mujer dulce, educada, limpia, extrañada ante los comportamientos de sus compañeros y con idea obsesiva de que seguía en la cárcel o, como ella mismo decía, secuestrada”.

El estudio realizado por Isabel Domenech concluye también que no hubo, como en otras partes del país, maestras fusiladas. Aun así, muchas de ellas se tuvieron que exiliar y “solo a partir de 1953 pudieron regresar a las aulas y algunas ya no volvieron a trabajar en la escuela”. Para poder trabajar después de la guerra tenían primero que pasar el proceso de depuración y luego “estaban obligadas a asistir a cursillos durante años con contenido no pedagógico, sino patriótico y religioso”, explica la autora.

Y es que la eliminación del modelo de escuela republicana, “que favorecía la igualdad entre alumnos y alumnas”, fue rápidamente suplido por el franquista, que se caracterizaba por un “ideal de feminidad que supuso el regreso de las mujeres al uso doméstico y a valores de jerarquía y desigualdad sexual”, concluye Domenech. 

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