Estrategia zombi

No consigo borrar de mi mente la cara que se le quedó al senador Carlos Mulet cuando Risto Mejide arremetió contra él al considerar una manera de “frivolizar con una institución tan seria” como es la Cámara Alta, preguntar sobre el apocalipsis zombi. Con el tono agresivo que acostumbra, el presentador le espeta: “¿me quiere decir a la cara que estas preguntas no son para llamar la atención y tener notoriedad?”.

Lo que la pregunta encierra es una cuestión que trasciende al senador, en tanto que la ansiedad por conseguir el impacto mediático es una fiebre que ha contagiado a políticos de todo el mundo. En el extremo más radical, vemos cada día cómo el pirómano que está al mando del país más poderoso del mundo conduce la sociedad de EEUU hacia los niveles de fractura más altos de su historia reciente. El descrédito de las instituciones, de la política, de los medios de comunicación a golpe de tuiit ha instalado a los estadounidenses en el pesimismo. Gracias a Donald Trump, no confían en su Administración y el desapego hacia la democracia galopa desbocado entre la ciudadanía, agravado por el asesinato de Floyd.

Una persona que se dedica a la política no debería pasar por alto que cuando asume un cargo institucional adquiere una responsabilidad que se sitúa por encima de las siglas partidistas. Un amigo me dijo una vez: la discrepancia es el alimento de los (social) demócratas. Como las formas son garantía de la fortaleza de la democracia, añado yo al recordar un artículo en el que Adolf Beltrán citaba a Norberto Bobbio para advertir que la estrategia de “cargarse las normas” del PP en las Cortes Valencianas, allá por el 2010, ponía en “jaque la sustancia misma del sistema político”.

Hoy la estrategia de la confusión, la falta de respeto y la irresponsabilidad institucional pone en evidencia que sigue habiendo quien, como escribió Beltrán, “entiende la democracia como un frontón y no como una forma de institucionalizar la confrontación política”. Con este comportamiento obvian que, en este tiempo que nos ha tocado vivir, estas estas frivolidades políticas son temerarias. La crisis exige aparcar el partidismo y revisar las tácticas cortoplacistas que polarizan a la sociedad y decepcionan a la ciudadanía.

Sin embargo, esta semana no se ha librado de la polémica. A cuenta de los 800 millones para paliar las pérdidas que ha generado la pandemia en los sistemas públicos de transporte que dependen de las comunidades autónomas destinados al transporte, las redes sociales han sido un hervidero de acusaciones alentadas por confusas declaraciones.

El área metropolitana y la propia ciudad sí que van a recibir recursos y el Gobierno está trabajando con la Federación Española de Municipios y Provincias para que los ayuntamientos puedan compensar las pérdidas de transporte. En ese concepto se enmarcará el debate sobre la EMT de València que es competencia del Ayuntamiento. Francamente, generar confusión a sabiendas solo puede desencadenar el apocalipsis zombi que tanto preocupaba a Carlos Mulet. Y para desestabilizar, ya está la derecha.

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