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Dejad a la escuela en paz

Llegó la vuelta al cole, y junto a ella la escena ya tradicional de algunas de las principales asociaciones de padres y madres solicitando medidas que optimicen la conciliación familiar. La demanda parece a primera vista loable. Sin embargo, a poco que nos detengamos a reflexionar comprobaremos cómo el contenido que suele adoptar resulta cuanto menos sospechoso. Me explico: la solución que por regla general tales asociaciones aportan consiste, básicamente, en adelantar el inicio del curso al 1 de septiembre, incluso a finales de agosto (imagino que dotando a las aulas de aire acondicionado). O sea, en modificar el calendario escolar, reivindicación que volverá a salir a la palestra mediática cuando se aproximen los diferentes períodos vacacionales.

¿Por qué semejante propuesta es sospechosa? No tanto porque peque de simplista e implique un desconocimiento absoluto de las dinámicas educativas. Tampoco porque refleje la típica y desinformada hostilidad de buena parte de los progenitores hacia las vacaciones del personal docente (y hacia los docentes en sí mismos, para qué engañarnos). Ni siquiera porque entrañe una concepción instrumental y mercantilizada de la educación, con las escuelas al servicio del mercado y convertidas en almacenes donde depositar a los niños y niñas el máximo tiempo posible. La propuesta es sospechosa porque despolitiza el conflicto que aborda, gesto que la ubica en el modus operandi conservador de la “ideología post-ideológica” tantas veces desenmascarada por Slavoj Zizek.

En efecto, el problema de la conciliación familiar es político, arraigado en las miserias de las relaciones económicas imperantes. Atañe, por lo tanto, a los gobiernos que se abstienen de dictar las leyes para garantizarla y a las empresas que dictan los horarios rígidos y abusivos a los que nos hemos acostumbrado tiempo ha. Los países capaces de enseñarnos algo al respecto (los escandinavos, como casi siempre), demuestran que la conciliación no se alcanza modificando el calendario escolar. ¿Cómo se alcanza entonces? Con jornadas laborales continuas o que terminan a primeras horas de la tarde, con ayudas económicas procedentes del Estado y con una legislación que permite a los empleados de todos los sectores contar con horarios flexibles y escoger días de asueto para ocuparse de sus hijos.

No, el déficit de conciliación que sin duda se vive por estos lares no es producto de los horarios y calendarios escolares, sino de los horarios y calendarios laborales esclavistas desplegados con el beneplácito de las autoridades competentes. Con políticas públicas adecuadas, sueldos dignos y leyes que defiendan el derecho de los trabajadores y trabajadoras a reducir o reestructurar su jornada, conciliar sería más fácil. Son logros así los que deberían estar en la agenda de las asociaciones implicadas en la causa. Lamentablemente, no parece que vayan a movilizarse en este sentido. Prefieren, salvo contadas salvedades, imputar sus males a la escuela antes que a las empresas y gobernantes, exculpar a los auténticos responsables de la situación. Ni que decir tiene que su relato ya ha calado.

            Un ejemplo. En el colegio público de mi barrio, y según tengo entendido en muchísimos otros, hay alumnos que entran a las siete de la mañana y salen a las siete de la tarde. Entre las horas lectivas habituales y las horas no lectivas ofertadas precisamente para satisfacer la demanda de conciliación permanecen… ¡medio día allí dentro! He aquí el modelo neoliberal de conciliación en todo su esplendor, forjado para posibilitar la explotación de la clase trabajadora y su descendencia, para no modificar nada justo donde sí habría que hacerlo.

*Francisco Martorell Campos, doctor en Filosofía y autor de Soñar de otro modo. Cómo perdimos la utopía y de qué forma recuperarla (La Caja Books, 2019)

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