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La actividad física como clave en la estabilidad de las personas con alguna discapacidad

Usuarios del Centro de Atención a Personas con Discapacidad Souto de Leixa juegan al fútbol

E.G.

El ejercicio físico es fundamental para la salud, pero no solo la del cuerpo, sino también la de la mente. Especialmente en las personas con discapacidad psíquica, pues necesitan llevar una férrea rutina de actividades y rituales que les permita tener controlado su entorno para mantener su estabilidad. 

Esto, en las residencias dedicadas a personas con discapacidad intelectual o para personas con alteración de la conducta, se ha de respetar a rajatabla, pase lo que pase. Y si lo que pasa es un confinamiento, pues hay que encontrar la manera de continuar con esas rutinas y rituales para que las restricciones y el aislamiento no alteren esa estabilidad ni se produzcan incidencias graves. 

Eso es justo lo que han hecho las nueve residencias públicas que gestiona Clece, distribuidas por todo el territorio español, desde Galicia, pasando por las dos de Madrid, la costa levantina y Andalucía, hasta las tres de Canarias y la de Melilla. 

Clece se ocupa de la gestión integral de todos estos centros, con profesionales que abordan la salud desde distintos ámbitos: enfermería, psicología, trabajo social, nutrición, limpieza e higiene, monitores de ocio y actividades físicas… 

Cuerpo y mente van unidos

Todos ellos procuran activar el cuerpo y la mente de las personas con discapacidad porque “ambos van unidos”, como advierte Arantxa Sobrino. La directora del RESCO Colmenar de Oreja, en Madrid, agrega que “toda actividad física siempre tiene efectos positivos, por ejemplo, a nivel de salud, mejora incluso la diabetes o el sueño y previene la obesidad”. 

De hecho, en el centro, a pesar del confinamiento, no han tendido a coger peso, como la mayoría de la población, porque “hemos hecho de todo e incluso hemos realizado actividades que antes no hacíamos, como clases de relajación, yoga y pilates, estiramientos, etc., que ya se han quedado en la programación para siempre” junto a los partidos de baloncesto o las tablas de ejercicios habituales.

El maestro de taller, las educadoras, las cuidadoras y el educador de fin de semana se han afanado en ofrecer actividades a los 32 usuarios, ya que no tenían posibilidad de salir para ir caminando al pueblo o a la piscina. “Como no podían hacer cosas que a ellos les aportan mucho, como ir sacar dinero del banco, a la farmacia, a recibir un giro postal en Correos o pagar en una tienda, aprovechamos que tenemos un espacio exterior enorme”. 

Y lo acondicionaron para poder salir a disfrutarlo, evitando así sensaciones de claustrofobia,  rescatando del olvido el futbolín, la mesa de pimpón o unos bancos para el patio que han restaurado, pintando de colores unos neumáticos que les donaron, poniendo macetas o pintando un mural y unas vallas... 

El espacio ha quedado de lo más acogedor y colorido, y la directora comenta que la experiencia ha resultado tan positiva que todavía se están “centrando en eso, sin dejar de lado el trabajo en las aulas, pero continuando con el huerto de autoabastecimiento a tope, ya que compramos semillas en cuanto pudimos salir”; algo que también les permite ahora hacer caminatas por el campo circundante en pequeños grupos, siempre con un trabajador del centro. 

A todo eso se suma que los internos ya pueden recibir las visitas de sus familiares, con lo cual, mejoran también a nivel psicológico. 

La mejoría cognitiva

Ese es el objetivo que persiguen igualmente en el Centro de Atención a Minusválidos Psíquicos CAMP Reina Sofía de Las Palmas de Gran Canaria, según Juan Francisco Galván Calderín, el trabajador social del centro. Este detalla que las actividades físicas “suelen estar dirigidas a potenciar y favorecer el mantenimiento de las facultades cognitivas, a través de actividades manipulativas”. 

Y pone un ejemplo muy gráfico: “los más capacitados hacen un coffee break para los que tienen más dependencia, cosa que les hace sentir bastante útiles. También se les anima a colaborar con el cuidado de la zona en las que viven, junto con los monitores, participando en la realización de las camas, tanto suyas como de sus compañeros menos independientes”. 

Al igual que en el RESCO de Madrid, en este CAMP se dan paseos terapéuticos: “un grupo reducido se va de paseo con un monitor por el barrio, para continuar con la socialización y seguir participando en los colectivos sociales con las mayores garantías posibles”. 

Cuentan, asimismo, con dos huertos terapéuticos, “uno cedido por el Ayuntamiento y otro que hemos creado en el centro para cultivar papas, flores y hierbas aromáticas, aparte de trabajar en la decoración, para que vengan las aves a los nidos que les estamos construyendo”.  

En cuanto al deporte, en temporada baja, este centro aprovecha su cercanía al mar y el clima canario, para hacer actividades físicas tan llamativas como surf, piragüismo, equinoterapia o carrovela, que es como hacer surf pero en una explanada, con una especie de chapa metálica con ruedas y una vela, “en la que los usuarios se desplazan de forma autónoma e independiente por un circuito establecido aprovechando la fuerza del viento, lo cual fomenta mucho la autonomía y les encanta porque toman sus propias decisiones en todo momento y ellos eligen hasta dónde quieren llegar, que es algo muy importante. De hecho, a veces se bajan rápido porque no les apetece seguir y otras pueden decidir pasarse horas”, celebra el trabajador social. 

Al aire libre todo lo posible

En el Centro de Atención a Personas con Discapacidad Souto de Leixa, en Ferrol, también disfrutan del exterior lo máximo posible. En el propio recinto, cuentan, según su directora, Monse Rouco, “con un huerto, invernadero y gallinas... Tenemos una pista deportiva y aparatos de gimnasia, organizamos partidos de fútbol y de baloncesto, de bolos o de pimpón, así como talleres con el monitor deportivo”.

El propósito es, por encima de todo, “promover la movilidad”, apostilla Luis Salgado, el psicólogo del centro: “Como quienes viven aquí no tienen visitas familiares durante tanto tiempo como antes y este verano no hay campamentos, todos los trabajadores nos quitamos la mochila de técnicos y nos ponemos la de monitores”. 

Lo cual se traduce en que “priorizamos las salidas al exterior de la manera más segura posible, reduciendo las posibilidades de contagio al máximo. Por eso, como a todos les gusta ir a la playa, ahora vamos a las menos concurridas, las más pequeñas, y a las más cercanas, para poder hacer más viajes, porque hemos de limitar el aforo en los vehículos y formar grupos reducidos muy controlados. 

La directora afirma que “este año nos hemos quedado sin surf, sin campamento, ni kayak, pero nos adaptamos a las limitaciones que impone la Covid19 con otras alternativas, o sea, vamos a la playa, nos acercamos al pinar, merendamos allí...” 

Y así es como se logra, con extraordinarios equipos humanos, que las personas con discapacidades psíquicas más graves lleven la nueva normalidad con la mayor calidad de vida posible.

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Publicado el
13 de agosto de 2020 - 10:54 h

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