Personas que deciden entrar en una residencia por voluntad propia

Carmen Padrós (92 años), residente de CleceVitam Pardo Bazán (Vigo)

E. García

¿Sabías que hay personas que se van voluntariamente a vivir a una residencia? Sí, por su propio pie. Todos tenemos en el imaginario que la mayoría de los residentes son gente mayor o incapacitada que ya no puede valerse por sí misma. 

Sin embargo, hay personas, como las que os vamos a presentar en este artículo, que están viviendo en una residencia porque en su día tomaron esa decisión en posesión de plenas facultades psíquicas y físicas. Y la siguen manteniendo con alegría y convicción.

Maribel y su madre, un caso ejemplar

Es el caso de Mª Isabel Martín González, de 67 años, que se fue a vivir a la residencia CleceVitam San Antonio (Salamanca) junto con su madre, Hermenegilda González Crespo, de 92 años. Maribel es una mujer formada, soltera, independiente y sin hijos que estudió ADE y formó parte de una cooperativa que fundó un colegio en Granada.

Cuenta que a su madre, hace 15 años, le dio un primer ictus dos años después de fallecer su padre, y se la llevó a vivir a su casa, adaptándola totalmente a sus necesidades con una grúa, un sillón que sube y baja, una silla de ruedas eléctrica, etc. Luego fue teniendo diferentes pautas de enfermedad, y, hará dos o tres meses le regresaron los ictus y hubo que ingresarla cinco veces. 

Así que el médico le dijo que había que tomar una decisión porque a pesar de toda su adaptación en la casa, ya resultaba imposible darle todos los cuidados, y Maribel se internó en la residencia con ella: “yo no tenía ninguna necesidad porque estoy bien físicamente, pero siempre le prometí que nunca le dejaría sola y, como tenía la facilidad de hacerlo, pues si tuviera familia sería mucho más complicado, lo hice, porque a la única que conoce es a mí, no es capaz de llamar al timbre ni a una enfermera”.

La hija confiesa que,: “aquí tengo ayuda, la levantan, la acuestan, la miman, preparan la comida para ambas, teniendo en cuenta que ella come por sonda estomacal y yo soy diabética, pero el cocinero me hace la comida especial”. 

La parte positiva es que en la residencia le han dado muchas facilidades, por ejemplo, le respetan que coma en horario libre en la habitación que comparten, así que le da ella misma de comer en cualquier momento. “Tengo independencia de salir y entrar y, de 18 a 21 horas, se ocupa de mi madre la cuidadora que estuvo en casa con nosotras y la quiere mucho; así yo hago un poco mi vida, porque estoy a gusto, pero no es mi casa, intento suplir lo que tenía afuera quedando con mis amigos, haciendo mi curso de cerámica, etc.”

Maribel está contenta con la decisión porque “hay profesionales muy buenos”.

 

Una viuda con las cosas claras

Por su parte, Carmen Padrós (92 años), residente de CleceVitam Pardo Bazán (Vigo) cuenta que se fue a una residencia con 64 años, cuatro años después de quedarse viuda. Cuando su marido murió, siguió viviendo en su casa, pero no le gustaba estar sola, sobre todo por las noches. Pero, de repente, todo cambió: “una vez, en una merienda, me presentaron a seis señoras que vivían en una residencia de mayores y me llamó la atención que eran muy diferentes entre sí, cada una de su padre y de su madre, pero estaban todas a una. Y pensé: ¿pero cómo es posible que vivan en una residencia?” 

Así que concertó una entrevista con el centro y aquello le gustó. Pensó: “esto es para mí. Arreglé todo sin decirles nada a mis hijos, porque sabía que me iban a poner de todos los colores en cuanto se enteraran. Y así fue”. Cuando se lo contó, le dieron un montón de razones para no ir, pero les respondió que ellos ya eran mayores, que cada uno tenía ya su propia familia y que lo único que ella quería era disfrutar y estar tranquila, como en un hotel. “Nada más llegar a la residencia, hice muchas amigas y no parábamos en casa: entrábamos y salíamos cuando queríamos, íbamos al cine, hacíamos excursiones, viajes… Todo maravilloso”. 

Actualmente se reafirma: “ya estoy más que acostumbrada a vivir en una residencia. Y estoy muy bien. Ahora no me gustaría vivir en un piso sola. Ni pensarlo. Esas que dicen “ay, no, yo en una residencia, no”. Pues hija, lo mejor es una residencia. Y conforme te vas haciendo mayorcita, mucho mejor”, concluye.

 

Una viajera y activista 

Por su parte, Nancy Matamoros (80 años) se fue voluntariamente a vivir a la Residencia y Centro de Día de Campos (Mallorca), gestionada por enEquip y Clece. Nancy ha tenido una vida muy interesante, es de origen cubano y ha vivido en Cuba y Nueva York, ejerció la enseñanza en España, quiso ser misionera (aunque al final no pudo ser) y viajó por varios países sudamericanos tratando de ayudar a gente. Al final, creó una ONG para ayudar a mujeres y niños en Latinoamérica y África. ¿Por qué eligió una residencia de mayores como hogar entonces? 

Matamoros explica que para su madre habría sido un castigo que la metieran en una residencia, pero la sociedad ha cambiado y, según fueron cambiando los derechos de la mujer, cuando ya no había una hija que se quedara en el pueblo cuidando de sus padres, a muchas personas no les quedó otro remedio que internarse. “Y ahí surge la pregunta de ¿qué hacemos con los viejos, almacenarlos? No. Por eso yo decidí que no quería quedarme almacenada, sino que iba a escoger el lugar donde quería estar, y en mis plenas facultades, sin llegar al momento en que quizá no me diera cuenta de lo que me pasaba". 

Como siempre ha sido su costumbre, tomó las riendas de su vida e ingresó en la residencia de Campos: "empecé una vida nueva, conociendo gente nueva y con mis cinco sentidos; muchas amigas que vienen a visitarme se plantean el mismo futuro, es una buena salida para las personas mayores que quieren seguir siendo independientes". En ese sentido, reconoce que en la residencia están siendo muy respetuosos con su libertad, "se dieron cuenta de que si no me dejaban ser yo misma, no podría estar tan contenta, aunque por supuesto haya que respetar unas normas que son para todos".

Con semejante vitalidad, echa de menos viajar, pero ha aceptado que el cuerpo ya no responde y no queda otra: "no obstante, cuando pude, lo aproveché y tengo muchas vivencias positivas que me pusieron en mi lugar: viajando ya no le das importancia a lo que no la tiene, te cambia la lista de valores y te das cuenta de que eres una privilegiada y ya no te quejas". 

Lo que es más, Nancy considera que hay una similitud con la cooperación porque, “cuando ves alrededor a otras personas que están muy mal, ves que puedes hacer muchas cosas por ellas, la residencia me ha dado la oportunidad de seguir mirando hacia el otro", concluye. 

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Publicado el
1 de julio de 2021 - 05:00 h

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