Historias de vínculos entre abuelos, hijos y nietos que sirven como ejemplo de vida

Una usuaria de un centro de Clece.

E. García

Carmen Padrós es una mujer que, a sus 92 años, se mantiene activa. Se levanta sobre las siete de la mañana, hace sus “cosas personales” y da comienzo a sus rutinas de toda la vida en su habitación de la residencia CleceVitam Pardo Bazán, en Vigo, esperando a que le tomen la tensión y otras constantes vitales con un innovador dispositivo que digitaliza este proceso. 

Tras este chequeo, desayuna con las compañeras de su unidad de convivencia, lo más parecido a ir a desayunar con sus amigas, y hace ejercicios en el gimnasio del centro, siempre bajo la supervisión de la fisioterapeuta que planifica las actividades más adecuadas para ella, en función de sus gustos y autonomía. 

Eso la mantiene hábil para poder hacer lo que más le gusta, las manualidades: “todo lo que se haga con las manos me gusta, aunque yo ahora no puedo pintar porque el aguarrás no puedo mezclarlo, por los ojos, por lo cual me estoy entreteniendo con un jersey y he estado contando puntos y puntos hasta que he conseguido enjaretarlo”

Una afición de herencia genética

Afición que comparte con su hija y su nieto Fernando Bravo, de 36 años, con quienes va a comer los días festivos. “Comparto con mi abuela la afición a la pintura, las artes en general y, aunque ahora no tengo tiempo, me gustaría hacer escultura también”, explica el nieto de Carmen Padrós. 

Su abuela habla de él con admiración: “mi nieto puede hacer cualquier cosa, dibuja de maravilla, qué dibujos, tiene uno precioso en su habitación que hizo con unos aparatos que él tiene”. Fernando ha sido ilustrador, se dedicó mucho tiempo a la pintura, más bien de infantil y juvenil, y ha hecho arte digital. 

Pero lo gracioso es que Carmen adelanta que su hija también pinta de maravilla y el nieto la complementa con gracia: “se ve que vino por esa rama de la familia y es hereditario, porque mi madre pintó y llegó a exponer, aunque también hace costura y manualidades. A todos nos gustan mucho, si bien tenemos aproximaciones distintas al tema”.

Carmen recuerda: “yo lo que pintaba era en lienzo, porque la acuarela es muy difícil, lo he intentado y no lo sé hacer, me dicen que sí podría, pero yo sé que con pincel y aguarrás arreglas todo lo que quieres, primero hacía el dibujo con los fondos y luego ya dibujaba lo que quería”. Fernando la comprende: “la acuarela tiene miga, es más complicada porque solo tienes una oportunidad de hacerlo bien; no como el óleo, que siempre puedes reparar o pintar por encima. Pero bueno, ella nunca se puso, si no, igual lo habría sacado”. 

Por eso Carmen recomienda a todo el mundo que busque algo que le guste y lo practique, “porque le iría mejor, le serenaría”, como cuando ella se ponía delante del lienzo y se olvidaba de que estaba en el mundo.

En las residencias no les falta de nada

Con Fernando es el nieto con el que más contacto tiene ahora, porque los dos viven en Vigo y él reside con sus padres, pero Carmen dice que cada nieto tiene su peculiaridad y habla mucho con todos por el motivo que él nos desvela: “en su 80 cumpleaños le regalamos un portátil porque quería aprender, es de las abuelas más digitales de su generación, así que hacemos videollamadas familiares y ella se conecta tan tranquilamente por ordenador”.

Curiosamente, el nieto cree que hace más deporte su abuela a sus años y que, con lo hiperactiva que es, está tranquilo porque “tiene libertad de movimientos, pero seguro que hay ciertas cosas que, por edad, no se atreve a hacer o no se atreve a pedir; por actividad en la residencia no será, desde luego”. 

En todas las residencias de Clece también hacen gimnasia mental para mantener y potenciar las capacidades de los usuarios en función de las preferencias y el nivel de autonomía de cada uno de ellos. 

Y, sobre todo a raíz de la pandemia, cuando tuvieron que reducirse las visitas presenciales pero no el contacto con los familiares y amigos, cuentan con soluciones tecnológicas para que lo tengan fácil.

Toda una vida en torno al esquí

Es el caso de Josefa Feo, usuaria de Clece Vitam Otazu, que acostumbra a hacer videollamadas con todos sus nietos desperdigados por la península, especialmente con los que están más lejos, por Alicante y Canarias, que, además, en verano suelen ir a verla. 

Su hija María comenta: “a mi madre la tecnología le encanta, ella nos llama a todos, ve Netflix, tiene Instagram y Facebook, a veces incluso publica historias que me hacen mucha gracia”. Añade que, en la residencia, está muy atendida y los tres hermanos están más tranquilos porque se empeñaba en vivir sola y, aunque ella está muy bien, no deja de cumplir 89 años esta semana. Allí “está como en un hotel de cinco estrellas, va a comer, dormir y a cenar; sale todas las mañanas y todas las tardes y se va a tomar una caña con las amigas a la plaza de las Cortes”. 

María es la hija pequeña de Josefa Feo y Manuel Astorgano García, la que vivió más tiempo con ellos y, por tanto, tuvo más influencia si cabe por parte de su padre, que fue “un gran enamorado del esquí”, rememora Josefa. “Él nos enseñó a todos a esquiar. A mí no me gustaba ni sabía esquiar, pero compramos un apartamento cerca de la estación de San Isidro, en León, y, como se iban todos a aprender con él, no me iba a quedar yo sola, así que me apunté, en torno a los 50”. 

La madre cuenta con orgullo que aquella afición tuviera tanto calado en sus hijos: “mi hija menor, que es profesora, y mi hijo, que es arquitecto, se dieron cuenta de que era una pena que hubiera tantos niños en San Isidro y la mayoría no supieran esquiar con técnica”. Así que María, que ya competía, tras salir del Centro de Tecnificación de Castilla y León, decidió montar el  MAF Esquí Club hace 12 años, con el respaldo de su hermano. 

Su padre, por supuesto, la apoyó, no en vano, junto con un amigo suyo, trabajaron mucho para que los niños de la zona se apuntaran, por eso se les nombró “abridores de honor de la carrera anual del club que lleva el nombre de mi padre”, asegura María, que es formadora de monitores de esquí y de grupos de competición.

Es innegable que el abuelo se empeñó en dejar en herencia a su familia el amor por el esquí para toda la vida, lo cual es un orgullo para su esposa: “a mis nietos también les enseñó a todos desde pequeñines y aún siguen esquiando, menos al menor, que tiene 10 y ya le tuvo que enseñar su madre y ahora es un gran esquiador”. María confirma que “ha sido subcampeón de la Copa Cordillera porque primero fue subcampeón de los autonómicos de Cantabria, Asturias y Castilla y León, tanto de Gigante como de Slalom, lo que significa un premio a la regularidad”.

Al igual que Carmen, Josefa aconseja tener un pasatiempo vital. Para quienes tengan miedo a romperse algo, Josefa compara el esquí con el bridge, que parece muy difícil, pero no es difícil: “yo animo a todo el mundo a que lo intente, que se quite el miedo a caer, te puedes caer en la calle, yo me he caído más veces en casa y me he roto todo; sin embargo, esquiando nunca nos caímos en décadas, y eso que pasábamos meses en San Isidro y subíamos con las raquetas para esquiar nevando a más nevar”. 

De modo que Josefa, para no gustarle, estuvo hasta los 70 y tantos esquiando, hasta los 80 su marido. Ella asegura que todavía podría hacer algún descenso: “quien esquía sigue para toda la vida, yo lo he vivido tanto que forma parte de mi familia, hicimos una vida de esquí maravillosa, tengo unos recuerdos preciosos”. 

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Publicado el
4 de agosto de 2021 - 05:00 h

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